Para cubrir las apariencias –indica Lucas Alamán– el alcalde Ochoa tomó preso a López Arias, en acuerdo mutuo, a las 21 horas del 15 de septiembre de 1810 y en el trayecto al Convento de la Cruz, donde se le contuvo, delató la participación de Ignacio Allende, Miguel Hidalgo, el corregidor Miguel Domínguez, su esposa Josefa Ortiz y la mayoría de los implicados.

Nacido en Yuriria, Gto., hacia 1780, el criollo Joaquín López Arias fue un importante protagonista del movimiento insurgente de 1810-1811. Ingresó a la milicia como muchos de los jóvenes de su generación y su favorecida condición social. Y como la mayoría de ellos, simpatizó con las ideas liberales que marcaron el inicio del siglo XIX.

Así, para 1808 Joaquín era ya capitán del regimiento de Celaya y seguía con interés los acontecimientos de la ciudad de México. Ya entonces la invasión napoleónica a España sacudía al régimen colonial. El virrey en turno, José de Iturrigaray, aprovechaba su popularidad y, apoyado en los criollos intelectuales y ricos, promovía la creación de un gobierno autónomo, al menos mientras el rey español recobrara su trono.

En la contraparte, la Real Audiencia y los peninsulares protegían celosamente la integridad del sistema esperando que la crisis política amainara. Durante algunas semanas la tensión prevaleció, esperando las noticias provenientes de Europa. Pero, sospechando la ambición de Iturrigaray por convertirse en rey de la Nueva España, los peninsulares decidieron adelantarse y en septiembre de ese 1808 aprehendieron al virrey y a los criollos del ayuntamiento capitalino, sus partidarios más entusiastas.

Esta medida, a todas luces ilegal y prepotente, causó el disgusto de los elementos liberales, quienes veían en el conflicto español la oportunidad de ganar influencia. Entre ellos, el capitán López Arias planeó liberar a José de Iturrigaray, no en la ciudad de México –hazaña imposible–, sino en su traslado al puerto de Veracruz, donde sería desterrado.

Los hechos no fueron más allá, seguramente porque una gran parte de criollos aspiraba a logros superiores y para conseguirlos conspiraba en medio de tertulias literarias, en diversas ciudades del altiplano central.

El propio Joaquín pertenecía a los conjurados de Querétaro, tan comprometido que, en los planes, él sería el dirigente del levantamiento insurgente en ese sitio. A su lado había otros criollos que el tiempo convirtió en héroes nacionales: Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, Josefa Ortiz, Mariano Abasolo; además de personas que, como él, obtuvieron menos lustre: Francisco Lanzagorta, Miguel Domínguez, Ignacio Villaseñor, José María Sánchez, Ignacio Pérez, Emeterio y Epigmenio González, como ejemplos.

Sin embargo, el 10 de septiembre de 1810, López Arias se entregó al alcalde de Querétaro, Juan de Ochoa, y denunció a los conspiradores; primero porque la confabulación se había extendido mucho y era ya un secreto a voces, sin que estuviera preparada para transformarse en rebelión. El arrepentimiento parecía así una salida digna ante la serie de aprehensiones que se vislumbraba.

Un segundo motivo expuesto por Joaquín fue su rechazo a cumplir con el degüello de los europeos en la ciudad, etapa inicial de la revuelta, según las ideas de los conspiradores.

Para cubrir las apariencias – indica Lucas Alamán– el alcalde Ochoa tomó preso a López Arias, en acuerdo mutuo, a las 21 horas del 15 de septiembre de 1810 y en el trayecto al Convento de la Cruz, donde se le contuvo, delató la participación de Ignacio Allende, Miguel Hidalgo, el corregidor Miguel Domínguez, su esposa Josefa Ortiz y la mayoría de los implicados.

Con lo anterior, Joaquín se convierte en el principal delator de los confabulados, los cuales son capturados en la noche del 15 al 16 de septiembre, al mismo tiempo que Miguel Hidalgo se dedicaba en Dolores a “coger gachupines”. El corregidor Miguel Domínguez es encerrado también en el convento de la Cruz y su esposa Josefa Ortiz en la casa de Ochoa y luego en el convento de Santa Clara.

La eficaz acción estuvo a cargo de José Alonso, comandante del regimiento de Celaya que estaba de guarnición en Querétaro, quien guió a un centenar de soldados para abortar en esta población el inicio de la guerra por la independencia.

Por otra parte, poco a poco se fue conociendo la magnitud del estallido social que como reguero de pólvora avanzó de Dolores a San Miguel y Celaya. Se supo del infructuoso intento de capturar a Ignacio Allende y Juan Aldama; así como del inesperado liderazgo que asumió el cura Hidalgo.

En Querétaro, mientras tanto, el alcalde de Corte, Collado, que se había trasladado hasta allí para dar seguimiento al proceso de los implicados, recompensa la delación de López Arias poniéndolo en libertad.

Al parecer en la decisión anterior influye también el ofrecimiento de Joaquín para acudir ante los cabecillas insurgentes a convencerlos de deponer las armas; el caso es que Collado le permite salir a Celaya donde se reencuentra con sus compañeros liberales. Ignacio Allende, seguramente ajeno a los pormenores de la traición de López Arias, le brinda su protección e influye para que en la organización que se hace del ejército rebelde en Acámbaro, el antiguo capitán realista y delator, sea nombrado teniente general de los insurrectos.