La estanflación (período caracterizado por alza en precios, estancamiento económico y desempleo), ese fantasma que parecía soterrado y que solo vivía en la memoria de aquellos que transitaron la década de los 80’s, nos acecha nuevamente.

De acuerdo con la última publicación del INEGI sobre la inflación anualizada del 6% al mes de septiembre, no causó asombro. Tanto empresarios como consumidores ya habían percibido el alza de precios de bienes y servicios, sin embargo, la sorpresa es que las proyecciones comienzan a proyectar que la presión en los precios perdurará hasta 2023. Contrarrestar la interrupción de suministros en diferentes cadenas de valor tomará más tiempo del previsto originalmente, lo que le impedirá en algunos casos que nuestro país no pueda beneficiarse del mercado exportador aprovechando la recuperación económica de nuestro vecino del norte, y para ejemplo ya tenemos la industria automotriz, forzada a paros técnicos por falta de insumos críticos.

En la parte de crecimiento económico, las expectativas por el momento permanecen estables proyectando para este año estar ligeramente arriba del 6% y para 2022 alrededor de 3%, lo que apenas nos llevaría a recuperar el nivel económico pre-pandemia.

Esto nos lleva a plantear, ¿Qué medidas se deben emprender para evitar caer en ese bucle negativo?

Lo primero es considerar las fortalezas desde el andamiaje institucional. A diferencia de los años 80’s, ahora la política monetaria es autónoma y tiene el claro mandato de mantener la estabilidad de los precios, lo que garantiza que el banco central no puede financiar al gobierno monetizando los déficits fiscales (imprimir dinero) provocando de esta manera un incentivo para que el gobierno mantenga la disciplina fiscal.

En este sentido también tenemos una economía abierta con 13 tratados de libre comercio que nos permiten tener acceso a 50 países, que integran en conjunto el mercado de consumo más grande del mundo, permitiendo buscar ventas al extranjero, así como poder diversificar cadenas de suministro para nuestra planta productiva.

Lo segundo es considerar las limitaciones de la política fiscal en lo que resta de esta administración pública. La ideología y el clientelismo electoral seguramente estará por encima del pragmatismo económico, lo que descarta la implementación de políticas expansivas que estimulen la inversión generadora de empleos, a través de incentivos fiscales o teniendo como eje inversión pública con alto rendimiento social. A esto habrá que sumar un menor margen de maniobra por un gasto “social” creciente y una mayor necesidad de recursos para el servicio de la deuda pública ante una normalización de las tasas de interés a nivel global, donde la expectativa indica que la FED hará lo propio a partir de 2022.

Con base en lo anterior queda claro que la solución es atraer más inversión privada. Desde 2018 este indicador ha venido cayendo y terminó por hundirse durante la pandemia, su recuperación se mantiene débil ubicándose en el mes de julio en un nivel equivalente a abril de 2011 y todavía 6.2% por debajo del mes de enero de 2020.

julio en un nivel equivalente a abril de 2011 y todavía 6.2% por debajo del mes de enero de 2020.

Finalmente, debemos alejarnos del ruido político, y enfocarnos en las principales oportunidades que yacen en las oportunidades de inversión relacionadas con la innovación tecnológica y la solución a tendencias seculares (de largo plazo). No olvidemos que tenemos un gran mercado de consumo integrado por más de 126 millones de habitantes jóvenes (mediana de edad de 29 años). Quienes apuesten por invertir en el momento actual no solo ayudarán a prevenir otra década perdida, sino que tienen la posibilidad de maximizar sus retornos al igual que lo están buscando hacer los grandes inversionistas institucionales globales al invertir cifras récord en célebres emprendimientos. Algo para reflexionar…