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Carlos Loret de Mola

Historias de reportero

Esos ricachones empresarios que no merecen ningún apoyo

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Esos ricachones empresarios que no merecen ningún apoyo

En México hay un millón de tienditas de abarrotes, 600 mil fondas y restaurantitos para comer, 200 mil salones de belleza y 300 mil papelerías. Todos son datos oficiales, del Inegi.

Todos conocemos a alguien: yo le compro a doña Wendy, me gusta muchísimo comer en la fonda de Mariana, me cae muy bien Tarci que trabajaba en el salón de Guadalupe y no me queda muy lejos la papelería de Elia.

En México hay 4 y medio millones de empresas que no tienen más de diez empleados. De hecho, el 95% de las empresas del país no tienen más de diez empleados: son microempresas. Y en ellas trabajan 10 millones de mexicanos.

Luego están las pequeñas empresas, que emplean a 4 millones y las medianas que dan trabajo a otros 4 millones. En total, existen en nuestro país casi 5 millones entre micro, pequeñas y medianas empresas que emplean a 18 millones de mexicanos. Y esas empresas tienen dueños.

Ninguno de esos empresarios ha sido acusado de delincuente de cuello blanco en las conferencias mañaneras del presidente López Obrador. No tienen aviones privados, a ninguno lo rescató el Fobaproa, sus movimientos de dinero no ponen en riesgo la cotización peso-dólar, no tienen información privilegiada ni se codean con los poderosos. Ninguno forma parte del grupo de cien empresarios a quienes invitaron a Palacio Nacional a cenar tamales para extorsionarlos con una aportación mínima de 20 millones de pesos para salvar al presidente del lío en el que se metió con la rifa del avión.

Esos 5 millones de empresarios ya están pasando aceite y van a pasar más. Les está pegando ya el efecto económico del coronavirus, y saben que hacia adelante sólo se va a poner peor. Les aseguro que ninguno de ellos quiere despedir a un solo trabajador ni dejar de pagar a un solo proveedor: pero no les va a alcanzar el dinero para seguir gastando como si nada pasara, sin ingresar un solo peso.

Este problema mayúsculo no es exclusivo de México. Lo están enfrentando todos los gobiernos del mundo. La diferencia es que la mayoría de esos gobiernos no tienen como presidente a un hombre que cree que todo empresario es un delincuente impune. En la emergencia, el gobierno mexicano ha prohibido a las empresas despedir gente o rebajar sueldos, so pena de juicios. Preservar el empleo es plausible, la diferencia es que en el resto del mundo han establecido ambiciosos planes de apoyo financiero para impedir que se vayan a la quiebra estas empresas y dejen a sus millones de empleados sin nada: cheques directos a cualquiera que sea despedido, no cobrar impuestos para que las empresas puedan respirar durante la pandemia, exenciones fiscales a los que preserven o aumenten el empleo. En México, nada: la pura amenaza.

Ayer el presidente dijo en su mañanera que los empresarios lo tenían que hacer por su propio bien, porque él publicará una lista negra de los que despidan trabajadores y “van a quedar muy mal, y después de qué les sirve una campaña de publicidad de cientos de miles de millones de pesos, si en una emergencia actuaron de manera egoísta”.

¿Una campaña publicitaria de cientos de miles de millones de pesos? ¿La tiendita de doña Wendy, la fonda de Mariana, el salón de Guadalupe, la papelería de Elia?

Las empresas de México están ahí, a la vista de todos, y no son sólo los consorcios gigantescos: son las historias de esfuerzo emprendedor de millones de mexicanos que, sin recibir en ningún sexenio ningún privilegio, han salido adelante y emplean a millones de personas.

SACIAMORBOS

Habrá recorrido los 2 mil 500 municipios del país, pero parece que no se iba fijando.

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Carlos Loret de Mola

Vamos a acabar con la corrupción… ayudados por Bartlett

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Vamos a acabar con la corrupción… ayudados por Bartlett

El presidente acusó corrupción del pasado para justificar la decisión del director Manuel Bartlett y la secretaria Rocío Nahle de recuperar la discrecionalidad para consentir a la contaminante (y cara) generación de energía de la Comisión Federal de Electricidad contra las energías renovables. Escuchamos una argumentación que suena conocida: que si son empresarios abusivos, que si son contratos leoninos, que si es para poner orden porque hubo corrupción, corrupción, corrupción…

Un breve comparativo.

Opción A: la corrupción que acusa López Obrador. No hay duda que venimos de un régimen priista brutalmente corrupto, que rompió todos los récords y límites. Sin embargo, en particular para la asignación de estos contratos de energías limpias se realizaron tres subastas con reglas públicas y criterios de adjudicación que no fueron objetados, se publicó en el Diario Oficial de la Federación el Manual de Subastas de Largo Plazo, las subastas fueron abiertas, los participantes pudieron revisar el algoritmo que seleccionó las ofertas ganadoras y se dieron en eventos públicos que contaron con la participación de decenas de empresas nacionales e internacionales. Entre las 3 subastas hubo casi 1,000 ofertas y sólo 90 fueron adjudicadas. Quizá lo más sintomático de todo: no hubo ni una sola queja de corrupción por parte de las empresas perdedoras. De hecho, los resultados fueron avalados por el Instituto Politécnico Nacional y por Transparencia Mexicana. A esto se atribuye que se obtuvieron precios entre los más baratos del mundo (menos de 20 dólares/MWh en la última subasta) que se traducen en recibos de luz más baratos para los mexicanos. Lo anterior, sin considerar que antes de la reforma energética hubo contratos legados, autoconsumos y productores independientes de energía.

Opción B: la no corrupción de López Obrador: el “golpe eléctrico” del famoso Acuerdo para remonopolizar la generación de energía eléctrica se dio en lo oscurito, por sorpresa, en viernes en la noche, sin participación de nadie, apostando por la generación con carbón porque así lo cabildea un poderoso senador de Morena y deja todo… ¡en manos de Bartlett!

¿Dónde habrá más corrupción? ¿A o B?

Lo que hemos visto con el famoso Acuerdo –el “golpe eléctrico”- es que se toma como pretexto la autoridad moral contra la corrupción y como cortina de humo la pandemia para pasar por encima de la ley y seguir avanzando el plan de renacionalización del sector eléctrico, que sistemáticamente ha ido dando pasos de manera muy planeada desde el inicio del gobierno federal actual.

La numeralia es abundante: el sector eléctrico requiere inversiones por 5 mil millones de dólares, y CFE sólo puede proveer 1,500. ¿De dónde saldrá la diferencia en un momento de crisis en las finanzas públicas?

Si el gobierno quería reforzar a CFE –una gran idea, a la que tenía todo el derecho- sin agraviar a la inversión privada, pudo haber buscado mejorar en aquellas actividades en las que mantiene el monopolio: la transmisión, distribución y suministro de energía eléctrica. Y vaya que hay de dónde cortar: se sigue desperdiciando mucha energía en el camino, por no hablar de los recibos de luz inexplicables, un problema que se ha vuelto más notorio en la pandemia, con recibos de luz carísimos que llegan a negocios… cerrados.

Pero no, optaron por el golpe, por generar desconfianza y lo están logrando: en la última colocación de bonos que hizo el gobierno federal nos dieron tasas de interés de países sin grado de inversión, cuando oficialmente aún lo tenemos.

El problema no estallará de inmediato. Las plantas generadoras tardan tres-cuatro años en operar. Hoy hay luz por las inversiones que se hicieron en el sexenio pasado, pero desde que asumió el poder el presidente López Obrador, no ha habido una planta nueva grande. Esto pone en grave riesgo de escasez de energía eléctrica en la recta final del sexenio actual y el inicio del próximo.

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Carlos Loret de Mola

La buena idea de medir la felicidad y el bienestar

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La buena idea de medir la felicidad y el bienestar

Medir la felicidad, el bienestar, el desarrollo, poner énfasis en el combate a la desigualdad, no es una ocurrencia obradorista. Desde hace muchos años en todo el mundo, intelectuales de primera fila, laureados economistas y respetados académicos, han planteado la necesidad de ensanchar la manera de medir el éxito de las políticas económicas de un país para tratar de retratar mejor el estado de una nación.

Esta idea cobró especial fuerza tras la crisis económica de 2008, símbolo del fracaso del modelo económico neoliberal, cuya implementación no ha tenido los resultados esperados y ha profundizado las desigualdades sociales en muchos países.

¿Por qué entonces nos sentimos timados por el presidente López Obrador cuando habla de esto? Quizá porque, en realidad, nos está timando.

Su búsqueda de nuevas mediciones económicas no parece responder a una inquietud intelectual, sino a la necesidad de esconder sus malos resultados en las métricas que hoy son referencia. Y al atacar incesantemente al neoliberalismo parece buscar empuje para imponer un modelo todavía más viejo y fracasado, en vez de liderar en alguna ruta con sabor a futuro por la vía de la libertad económica y la responsabilidad social, como la que han puesto en marcha algunos países de envidiable estatus.

Cuando era opositor, López Obrador criticaba a los presidentes en función de las métricas de siempre. Sobran tuits y declaraciones para probarlo. Incluso antes de la pandemia, apostó públicamente al crecimiento económico. Cuando inversionistas, analistas y agencias calificadoras le advertían que sus políticas estancarían la economía, y empezaban a bajar sus pronósticos, el presidente apostó que crecería 2%. Resultó ser 0%, besando la recesión.

Íbamos tan mal… y llegó el coronavirus. Ante ello, el presidente de México decidió actuar a contracorriente: como se señaló en la prensa extranjera hace unos días, el de México es el único gobierno del hemisferio occidental que no tiene un programa de subsidios a su población para paliar la crisis económica que trajo la pandemia. Los pronósticos para México son desastrosos: la economía estará cayendo más de 7% este año y la recuperación será lentísima. Ya se nota y ya se siente.

Así, en las métricas económicas tradicionales que se usan para comparar entre países, México será de los peores evaluados en el mundo. Por eso el presidente quiere ver si con otras medidas sale mejor.

Felicidad, desarrollo, bienestar, son métricas que se hacen ya en muchas partes del mundo de manera profesional y especializada. Incluso el Inegi ha avanzado en este tenor por varios años.

No tiene nada de malo tomarle la palabra al presidente y que se ensanchen las métricas del país para tener una visión más completa de la realidad. Sólo que, dadas las motivaciones presidenciales, habrá que cuidar dos condiciones: primera, que los nuevos índices no sean un traje a la medida del presidente, sino que la metodología esté en sintonía con lo que se hace en el mundo y esté avalada por especialistas apartidistas; y segunda, AMLO prometió ciertos niveles de crecimiento del PIB, creación de empleos e inversión, y en función de esas promesas será evaluado.

Y claro, no hay que olvidar que en todo el mundo las decisiones de inversión se siguen tomando con las métricas tradicionales, y sin inversión privada sencillamente México va al colapso, y eso hasta el presidente lo ha aceptado públicamente.

SACIAMORBOS

En el futbol, no está mal determinar cuál es la afición mejor portada, el uniforme más bonito, el equipo que cometió menos faltas, pero gana el que metió más goles y punto.

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Carlos Loret de Mola

El linchamiento de “los arrepentidos”

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El linchamiento de “los arrepentidos”

Uno de los deportes favoritos en las redes sociales es burlarse de quienes votaron por Andrés Manuel López Obrador y ahora critican su desempeño.

El más reciente episodio sucedió la semana pasada, cuando gobierno federal y Morena en el Congreso buscaron desaparecer de un machetazo los fideicomisos, afectando por ejemplo a personalidades del mundo del cine, muchos de los cuales apoyaron la candidatura presidencial de AMLO y ahora se quejaban enérgicamente de la medida anunciada.

Ha pasado también con voces feministas cuando el presidente se lanzó contra las marchas contra la violencia hacia las mujeres, así como con liderazgos pro-derechos humanos que se vieron sorprendidos por el talante militarista de la administración federal, y muchos otros sectores de la sociedad.

Así pues, cuando alguien que votó por López Obrador lo critica por acciones de su gobierno, le llueven sarcásticos “no podía saberse” y otras burlas. Me parece una mala práctica en el debate público por varias razones:

1.- El falso pecado de haber creído en AMLO. Frente a las lamentables gestiones del PRI y el PAN, era perfectamente entendible buscar sacudirse la corrupción y la violencia buscando una tercera ruta. En campaña, AMLO fue lo suficientemente vago en sus definiciones políticas para no perder a los duros y ganar a un buen tramo de los moderados.

2.- El falso pecado de seguir creyendo en él. López Obrador recibió un país al borde del colapso: la economía estable, pero con crecimientos mediocres, la inseguridad desatada y la corrupción en niveles récord. Nadie en su sano juicio pensaría que algo así puede resolverse en un año de gestión (aun cuando el candidato lo haya prometido).

En lo personal, pienso que López Obrador tiene al país peor de como lo recibió, y va en mala ruta. Pero más del 50% de la población, según las encuestas, cree en él y tiene esperanza de que sus medidas resuelvan los problemas. No es gente que está cegada: las mismas encuestas señalan que la mayoría reprueba los resultados económicos y de seguridad. Es sólo que permanece la esperanza.

3.- Votar no es extender un cheque en blanco. Prefiero un país que no piense que la democracia es un ejercicio de diez minutos cada tres años. Prefiero una ciudadanía que participe en los temas, que se entere, que debata. El carácter polarizador del presidente anima esa discusión. Haber votado por alguien no te quita el derecho de reprocharle, exigirle, criticarle; de hecho, a mi manera de ver, le da un peso específico distinto.

4.- De la crítica al arrepentimiento hay mucha distancia. Una crítica, un reclamo o un deslinde ante el presidente, emanado de una voz que le ha apoyado, no necesariamente significa que se retira ese apoyo, o que ya se arrepintió de haber votado por él: hay muchos que se arrepintieron, es cierto, y no tiene nada de malo; también hay desencantados, pero no al grado de retirarle el respaldo; y hay quienes disienten con alguna medida en particular, pero que siguen tremendamente esperanzados en un nuevo rumbo para el país. No merecen la descalificación ni la estigmatización.

Así planteado, sirve que existan momentos de pluralidad dentro del obradorismo que operen como contrapesos (internos) para remodelar la política pública y orillar a corregir.

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