Opinión Otras voces

Hay viene la plaga…

La Plaga, canción que ayudó a poner tanto a Enrique Guzmán como a su hija Alejandra en el nivel de estrellas del Rock and Roll, es de muchos conocido que es una interpretación en español de una versión originalmente escrita en inglés, interpretada por el cantante Little Richard.

La letra original de “Good Golly Miss Molly” no esta relacionada en  nada por la versión en español inmortalizada por los Teen Tops, el grupo musical donde cantaba Enrique Guzmán.

Nunca entendí del todo que significado tenía la letra cuando comienza la canción con la frase: “Ahí viene la Plaga, me gusta bailar…”, y tengo que reconocer que tampoco es algo que me quitara el sueño. Pero fue hasta conocer la historia que voy a compartirles que me volvió a llamar la atención la letra de esta clásica del Rock en español.

Estoy muy consciente que lo que voy a compartir suena a total fantasía, sobre todo en el contexto de nuestra sociedad que, rodeada de grandes descubrimientos científicos y tecnológicos no podría aceptar que algo así podría suceder.

Seguramente muchos pensarán que es una de tantas historias originadas en la imaginación colectiva de una sociedad —alejada de la nuestra por cientos de años—  que no comprendía realmente el mundo y sus misterios. Diferente a la nuestra donde aparentemente ya sabemos todo lo que hay que saber.

Los acontecimientos que quiero compartir con ustedes sucedieron en plena Edad Media, específicamente en el verano de 1518 en el pueblo de Strasburgo.

En un día de Julio como cualquier otro, una mujer de nombre Troffea comenzó a bailar sin razón aparente, moviendo sus piernas intensamente al ritmo de una melodía que solamente se escuchaba dentro de su cabeza.

Su primer baile causó un gran alboroto entre las personas del pueblo que la rodearon para observar con asombro y temor.

Lo que los asustaba es que a pesar de llevar horas bailando, la Señora Troffea no se detenía, aún cuándo su rostro reflejaba gran dolor enmarcado en una mirada ausente y nada más. Después de varias horas de intenso baile, finalmente cayó en un sueño profundo por algunas horas para volver con su rutina nuevamente, esta vez manteniendo el dolor y cansancio extremo por varios días. Para cuando Frau Troffea fue trasladada —al tercer día— a un templo cercano para ser tratada por su aflicción, sus zapatos estaban empapados de sangre, su cuerpo muy lastimado y en shock.

Lamentablemente la condición que padeció Frau Troffea resultó contagiosa, pues al pasar una semana de su primer baile eran cientos de personas —la mayoría mujeres—  las que habían comenzado con este extraño comportamiento, llegando incluso a fallecer a causa del intenso desgaste ocasionado por el baile.

La causa de esta epidemia de baile se comprendió en esa época como un castigo divino, específicamente se pensaba en San Juan Bautista o San Vito, que mandaban ese castigo a las personas que estaban viviendo vidas pecaminosas.

Miles de personas padecieron ese verano la plaga desencadenada por la ira de Los Santos, siendo hasta principios de Septiembre cuando los casos comenzaron a disminuir.

La plaga del baile de 1518, conocida como “choreomania” fue estudiada años después por Paracelsus y es principalmente por él que podemos contar con tanta evidencia histórica de lo sucedido. Sus relatos están confirmados y complementados por innumerables fuentes que aseguran lo ocurrido ese verano en Strasburgo.

Existen otros momentos en la historia en los que esta extraña epidemia también ocasionó estragos en la sociedad medieval, un par de ocasiones en el siglo XIV en Alemania y otra posterior en Italia más cerca del siglo XVII. Ninguno cuenta con tanta evidencia como el del verano de 1518.

A través de los años se ha tratado de entender que sucedió en Strasburgo, sin tener una respuesta clara de lo sucedido. Aparentemente es la combinación de distintas variables, algunas derivadas de las condiciones de la sociedad en ese momento, y otras profundamente arraigadas dentro de nuestro cerebro.

Lo que parece que detonó la plaga del baile, fue una intensa exposición al estrés, generada unos años antes por otra epidemia, la peste negra.

Esta exposición a niveles de estrés excesivo, combinada con una desnutrición crónica —más grave en las mujeres de la época— y una sociedad sumida en la ignorancia y creyente de lo supernatural; proporcionaron el caldo de cultivo perfecto para algo parecido a una histeria colectiva.

Lo que sucede después dentro de nuestro cerebro convierte estos elementos en algo increíble. Cuando una persona es sometida a una experiencia que puede ser traumática, parte de su cerebro, el hemisferio izquierdo — dedicado al análisis racional y a asimilar la realidad— puede bloquearse temporalmente y desconectarse de la conciencia, dejando al hemisferio derecho, creativo e imaginativo a cargo del cuerpo durante este tiempo.

Este trance generado cambia nuestro nivel de conciencia y nos pone a disposición de nuestras creencias, miedos e imaginación.

Por último, entre más convencida esta una persona que le puede suceder, más posible es que “se contagie”.  Si la sociedad cree que es un castigo divino, pues entonces se siente como castigo divino.

En estos tiempos de pandemia, considero difícil que podamos caer en trance colectivo y comencemos a bailar hasta el cansancio; sin embargo hay que estar conscientes de los alcances que puede tener nuestra mente si entra en un nivel de estrés excesivo. 

Te invito a que a pesar de las circunstancias actuales, busques momentos que te hagan sentir tranquilo. No vaya a ser que con la intención de ayudarnos, a nuestro cerebro le guste bailar.

Otras noticias