Indiscutiblemente que vivimos tiempos convulsos, no porque en otras épocas lo hayan sido menos, sino acaso no se esperaba una prueba tan dura para la salud mental, como el encierro, de quienes estaban acostumbrados a la libertad y en alguna medida al libertinaje.

La vida moderna ha dejado manifiesto la enorme cantidad de riesgos que como especie desafiamos, pero el reto que enfrentamos, nos ha dañado la salud mental, convirtiendo a muchos de nosotros, en peligros ambulantes, para otros, de la misma súbita manera, con la que de repente nos encontramos con el encierro.

Hemos de devolver a la política la expectativa que durante siglos estuvo en la mente de millares de gentes que, en la cátedra universitaria de todo el mundo, discutían la mejor manera de encontrar el camino hacia una sociedad racionalmente pacífica, a sabiendas de que en la naturaleza humana luchan tanto el lado violento como el cordial.

Empero se llegó a tener confianza en que los horrores de la segunda guerra mundial; los cometidos en la guerra de Viet Nam y, atrocidades semejantes; nos hubieren convencido de buscar una paz pactada, para que los favorecidos por la naturaleza, gobernaran a quienes no tienen la ambición de prevalecer sobre los demás.

Sólo que la ambición no conoce límites, sino en los torneos de violencia que cada día se gestan hasta en las mentes más jóvenes; de tal manera que, en una proyección al futuro inmediato, se aprecia un panorama negro, para las generaciones que vienen detrás, por más que el optimismo deba prevalecer, patrocinado por las mujeres y hombres de buena voluntad, que pretenden mantener con vida la especie humana, y su potencialidad racional.

No obstante, hemos de redoblar esfuerzos para que, la postración mental, no llegue a victimizarnos como lo hace sobradamente con las nuevas generaciones; a las que afligidas madres patrocinan “centros de recuperación” con pocas expectativas de alcanzar sus anhelos.

Ahí radica con seguridad, el gran desafío que enfrentarán, quienes aún no llegan a sus sitiales de poder; sin embargo, la vida les pondrá frente así, un reto inconmensurable, por más que no lo hayan imaginado. La violencia hará cada vez más difícil el quehacer del gobernante, especialmente, si víctima de la simulación, llegó a la responsabilidad, sin armas para enfrentarla exitosamente.

Se tendrá que hurgar en las doctrinas pedagógicas de todos los tiempos, para encontrar las fórmulas, que factibilicen hacer de la educación, el quehacer fundamental de los políticos; a quienes, durante mucho tiempo, se les mantuvo ajenos a él, pensando que era tarea de poca monta; pues entre la clase sacerdotal, el magisterio y la familia, se llenaría el hueco. Muchos hicieron de la educación un modo de vida, ajenos a la importancia que tiene para el desarrollo de las potencialidades intrínsecas de todo ser humano.

Reeducar, es la tarea fundamental, especialmente cuando se llegue a la conclusión inevitable de que la reeducación debe comenzar desde arriba de la pirámide social. Pues habremos de saber con precisión, qué hacemos con los instrumentos educativos, desde los modestos hasta los encumbrados. Reeducar es tarea de todos, incluyendo a todos y cada uno; sin importar jerarquías.