A todos los monarcas, dignatarios y políticos les gustan las fotografías. Nada más falta sacar la nariz a la calle para verificarlo. En espectaculares, en pancartas, en portadas, de revistas, en las ocho columnas de los diarios nos enfrentamos a hombres y mujeres que sonríen gustosos a la cámara. López Obrador adora las cámaras y como evidencia están sus mañaneras. Lo que pasa es que al presidente le gusta posar para la foto cuando el escenario le es propicio, cuando no, no.

Evidentemente, a todos nos gusta salir bien cuando nos retratan. Mi abuelita solía romper las fotografías en las que no le gustaba su imagen. Winston Churchill mandó destruir una pintura que le hizo Graham Sutherland porque no le satisfizo el cuadro, aunque dicen que era una verdadera obra de arte. En fin, si nos damos una vuelta por el Museo de Invierno en San Petersburgo, por El Prado en Madrid, por El Louvre en París, podremos apreciar salas y salas con retratos de sus monarcas. En todas veremos a hombres y mujeres muy favorecidos, luciendo triunfantes, unos a caballo, otros en familia o en lugares agradables. Las escenas de desastre no son un escenario preferido para que los mandatarios sean perpetuados para la Historia.

Se entiende que López Obrador no haya querido ir a ver lo que sucedió en la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México. ¿A quién le gusta aparecerse en medio de tanta destrucción y dolor? El presidente de la República habrá hecho sus cuentas y de acuerdo con sus cálculos políticos la toma de decisiones era la obvia: entre ir a la escena del desastre o quedarme en la comodidad de Palacio Nacional, lo mejor era resguardarse. A nadie le gustaría llevarse una rechifla y mucho menos ser testigo en primer plano de la irresponsabilidad, mal manejo y triste resultado de una estrategia de Estado.

Claro que se entiende que López Obrador se hubiera exasperado con los medios y hubiera bajado el nivel de expresión al ras de la vulgaridad. Los mandó muy lejos, con una figura retórica que no corresponde al poder que representa. Ni hablar. Nicolás II de Rusia se comportó igual cuando sus asesores le contaron que el pueblo ruso moría de hambre y frío, prefirió quedarse en el Palacio que salir a ver a su pueblo. Luis XVI y María Antonieta se quedaron en Versalles en vez de ir a visitar París. Claro, la tradición llega desde antiguo: Nerón tocaba la lira, mientras Roma se incendiaba. El káiser Wilhelm II, su majestad imperial y real de los reinos de Alemania y Prusia, estaba más interesado en una impronta personal y una promoción de su imagen sustentada en discursos grandilocuentes, lenguaje exagerado, controvertido, falta de tacto y una renuencia total a ser supervisado por los órganos del Estado. Claramente, no tenemos la exclusividad.

Lo que estos monarcas no tuvieron en cuenta fue que el pueblo aguanta mucho, casi de todo, sin embargo, lo que no perdona es la falta de sensibilidad de sus mandatarios. Frente a la desgracia, un verdadero líder se presenta, no para tomarse la foto sino para mostrar solidaridad, para extender la mano y ofrecer ayuda. Un dignatario se sale de su zona de confort y ofrece consuelo. Es cierto, que muchos oportunistas aprovechan para sacarse la foto y obtener beneficios políticos. Más cierto es que en esos casos, la intención se nota. Por supuesto, las víctimas del incidente de la Línea 12 de Metro de la Ciudad de México no necesitan otro político que los use de monitos de cilindro, se vaya a retratar con sonrisa de huarache mientras los demás lloran su dolor. Es evidente que lo que se necesita es alguien que con sinceridad vaya a expresar empatía.

Lo que más desconsuela del exabrupto monárquico de López Obrador es que el es un presidente, no un rey; fue la voluntad del pueblo la que lo tiene en la silla presidencial y no la voluntad de Dios la que le asignó un trono. No se trata de una foto. Ojalá se diera cuenta. No Lo más triste es que, seguramente, muchos de los que murieron en ese incidente, votaron por él.