“Lo cierto es que, sin pretender escudriñar las profundidades de las motivaciones de la conducta humana, es mucho más grato encontrarnos con gente cuidadosa de las formas, que favorece la vigencia de reglas que propicien el respeto al prójimo”

Haber desterrado de los discursos políticos las referencias a valores fundamentales como la justicia, la equidad, la verdad y la bondad, tuvo como consecuencia, la vigencia otros valores, con el fin de exaltar la importancia de los grupos preponderantes. Esa actitud de la mayoría de los grupos sociales vinculados con el llamado mundo occidental, trajo como consecuencia, el abandono de las llamadas normas de trato social, de etiqueta o de urbanidad, argumentando, algunos tratadistas, que propiciaban la simulación.

Lo cierto es que, sin pretender escudriñar las profundidades de las motivaciones de la conducta humana, es mucho más grato encontrarnos con  gente cuidadosa de las formas, que favorece la vigencia de reglas que propicien el respeto al prójimo; que sujetos provocadores de malestar, con impertinencias, lenguaje soez o el uso de palabras altisonantes, generadoras de malestar, conflictos y violencia.

Procurar el uso de palabras, actitudes y conductas capaces de generar condiciones propicias para las relaciones armónicas; además de regular el comportamiento bajo los cánones de la norma jurídica, completan el perfil de  personas capaces de aglutinar voluntades en torno a la práctica de valores, que exaltan la belleza de la persona humana.

El valor es siempre preferible a su oponente. Una persona que escucha a su interlocutor es mejor atendida que otra, incapaz de conceder el uso de la palabra a sus interlocutores.

El poder, entendido como la capacidad para hacerse obedecer, debe complementarse de un sólido contenido ético, en la forma de ejercerlo. Usar la persuasión y el diálogo, resulta más exitoso en el corto y largo plazo. Casi todas las personas que usan esa práctica, son atendidas de mejor manera y se evita el deterioro de la autoridad moral de quienes ejercen el poder, sea público o personal.

El gobierno de cualquier signo, debe fomentar entre los órganos que lo integran, en uso de normas de urbanidad, para evitar en lo posible, el deterioro natural que produce el ejercicio del poder, con apego a la norma.

En condiciones de normalidad, es natural preferir a quien nos trata bien. Empero, es frecuente en la conducta burocrática, ejercer las facultades que les otorga la ley, como forma de compensar complejos derivados de patologías, que el Estadista, debe advertir y solucionar de la mejor manera.

No fomentar el diálogo como forma de preservar o fomentar la armonía social, lleva invariablemente al deterioro de la autoridad moral de los gobiernos. El funcionario, debe ejercer el poder empáticamente, para conseguir las bondades que se propusieron quienes elaboraron la norma.

No es recomendable el funcionario o empleado que busca eludir el conflicto, avasallando al ciudadano; pues aun cuando pareciera que el tiempo ha resuelto el problema a su inmediato superior, sólo lo ha postergado. La falta de empatía del subordinado, lastima lo mismo al ciudadano, que a los jefes con  jerarquía mayor, de quien actuó irresponsablemente.

Los gobernantes y los dirigentes de los partidos políticos, habrán de fomentar el buen trato hacia el prójimo, como forma de prestigiar a sus representantes y a sus gobiernos.

La norma orientada al buen trato social, no es sinónimo de simulación o hipocresía, si está de por medio la buena fe, como un principio arraigado entre la población, con aspiraciones a propiciar la armonía y la paz social.

Todos podemos cooperar para una más sana convivencia. Evitemos ser víctimas de la patanería; de los maltratos a nuestra persona o a quienes amamos y respetamos. Siempre podremos ser mejores seres humanos, si además de cumplir con la ley, tratamos con respeto a los demás.