Hondeando la bandera del semáforo naranja, concluimos noviembre con una seria alerta de movernos al segmento rojo, pues los contagios se encuentran en pleno ascenso desde el pasado domingo 22 que registramos en un solo día 795 nuevos casos. Así las cosas, se vislumbra que estaremos cerrando el año con cifras fluctuantes entre los 800 y más de mil casos por día.

A punto de arrancar el último mes de este tormentoso 2020, con un virus galopante acechando en cada rincón del estado, muy probable es que vuelva el confinamiento riguroso y las medidas restrictivas en todos los rubros de la vida social. Lamentable que la temporada de mayor derrama económica y más intensa interacción humana se vea sometida por el castigo pandémico.

Al parecer llegaremos al fin de año en medio de una muy fría y desolada temporada navideña, con un comercio azotado por las bajas ventas, un turismo contraído y los festejos otrora abrumadores y cargados de algarabía, opacados por los protocolos sanitarios. Este año las campanas y las luces de la esperanza titilarán en calles vacías y plazas desoladas.

Sin embargo, también estaremos comenzando un mes de ilusión y de fe, donde las jornadas decembrinas, preludio de la llegada del Salvador, reavivarán la esperanza del término de este castigo apocalíptico. Ciertamente que seguimos en peligro, pero a pesar de la crisis sanitaria todos deseamos encontrar la paz y la armonía en la Navidad venidera.

Poco a poco el tiempo pasa y entre el temor y el encierro se han consumido ya más de ocho meses de incertidumbre, con una economía socavada, con servicios médicos aterrados y más de cuatro mil hogares enlutados en el estado. Hoy debemos prepararnos para celebrar las fiestas de fin de año de forma cauta y austera, solidarizándonos con quienes derramarán una lágrima por el ser querido que ya no estará más o por el familiar que se debate entre la vida y la muerte en una cama de hospital.

Ciertamente habrá festejos, pero también tendremos una situación artera de una enfermedad que se paseará entre nosotros, que nos espera en las tiendas, en las calles, en las plazas, por lo que no podemos descuidarnos y creer que ya la pandemia está cediendo. Precisamente por la sensación de que hemos soportado largo tiempo, no podemos caer en la indolencia de que a nosotros ya no nos tocó, pues ahora al estar más disperso el virus es más peligroso.

Este último mes del año es más probable que los descuidos nos sorprendan, pues llega la temporada más gélida y la tentación de que el espíritu navideño nos invada y corramos tras las compras, los festejos y el apetito de interactuar con amigos, compañeros y familiares. Pero asimismo es necesario prevalezca la cordura y la previsión para que esta segunda ola de contagios no sea tan fatídica como la de la fiebre española del siglo pasado.

Bajo la condena de que el ser humano siempre repite su historia, nos encontramos en el umbral del escenario catastrófico que tanto hemos temido, la llegada de contagios masivos por el temor a la debacle económica y el consuelo temerario de que un costo hay que pagar para seguir existiendo como sociedad, por eso no nos atrevemos a declarar ya el semáforo rojo y cerrar el año bajo un modelo de mayor restricción.

Hoy debemos resguardar a los segmentos más vulnerables y al futuro de la humanidad, nuestros niños, niñas y jóvenes, dejando en activo únicamente a las fuerzas laborales básicas para la subsistencia, la seguridad, la salud y los servicios de emergencia, aunque con ello declaremos el juego social de la ruleta rusa, arriesgándonos a que caigan los menos.

De este año ya poco se puede salvar, pero como sociedad mucho hemos aprendido y ahora que viene el tiempo del renacimiento, de la esperanza, el amor y agradecimiento a Dios por el nacimiento de su hijo, justo sería dar gracias por la vida y pedir por la recuperación en el 2021.

La fe y la esperanza son el baluarte de la humanidad ante las adversidades del destino.