Ni duda cabe de que al presidente López Obrador le fue muy bien en sus primeras reuniones trilateral y bilaterales con Joe Biden y Justin Trudeau. Contra los pronósticos, que le anunciaban una visita tensa por temas como la reforma eléctrica o su respaldo al régimen de Cuba, el mandatario mexicano tuvo una visita redonda a Washington y logró posicionar no sólo sus temas y su agenda en la cumbre trilateral, sino que además obtuvo compromisos para un plan de ayuda a Centroamérica, con dinero de Estados Unidos y Canadá, apoyo canadiense para rehabilitar plantas hidroeléctricas en México y hasta un posicionamiento importante en cuanto a la necesidad de aumentar la competitividad y la integración económica y laboral de Norteamérica frente a la amenaza China.

Para sus críticos no hubo los “regaños” esperados. Para sus seguidores y propagandistas, en cambio, el buen desempeño diplomático del presidente y los buenos oficios del canciller mexicano, Marcelo Ebrard, en la negociación y cabildeo de la Cumbre Trilateral de Jefes de Estado del T-MEC, que llevó varias semanas, ameritaron adjetivos y calificativos como “éxito total”, y los más fanatizados hablaban del “estadista de talla mundial” en el que se ha convertido López Obrador.

En general, en el punto medio de los extremos de la polarización con que siempre se mide a este gobierno, hubo más o menos consenso sobre una visita productiva, un manejo adecuado y sobrio del presidente, que moderó el tono.

En donde la imagen de éxito en el exterior se descompone un poco es en el retorno del mandatario que volvió al país justo el viernes que terminaba una semana especialmente violenta en varias regiones. Las imágenes de cuerpos colgando en Zacatecas, un estado descompuesto por la violencia creciente del narcotráfico, sumadas a las noticias de nuevos grupos armados de autodefensa en Michoacán y la práctica de levas del CJNG en ese estado para reclutar a jovencitos y esclavizar sexualmente a mujeres adolescentes; ligado a la aparición de cuerpos desmembrados en Acapulco y el creciente fenómeno de desplazamientos en los Altos de Chiapas donde se reproducen también los guardias armados comunitarios financiados por el narcotráfico, dan cuenta de un país que, en varias regiones, vive una violencia tan desbordada y descontrolada que raya en la ingobernabilidad y la ausencia de Estado.

Y dirán los que no quieren que se opaque el reciente éxito diplomático de López Obrador que son cosas distintas, que nada tiene que ver una cosa con otra y que hablar de la violencia que azota a varias entidades del país es no querer reconocerle al presidente sus logros en Washington. Pero fue el mismo tabasqueño el que, en su discurso de toma de posesión, el 1 de diciembre de 2018, proclamó que “la mejor política exterior es la política interior”, frase que no solo hablaba de su desdén y displicencia por los asuntos internacionales y diplomáticos, sino que también quería decir que, para poder presumir en el extranjero, primero había que tener bien gobernado al país.

Así que, aun deseando que los planes internacionales de López Obrador se concreten y que sus buenas intenciones lleven desarrollo y soluciones a la pobreza y marginación de otros pueblos, tal vez es momento de que el presidente mexicano deje de ver menos por el resto del mundo y más por los mexicanos que se están desangrando por la violencia del narcotráfico y la ausencia de un Estado que los proteja y les dé seguridad. Si la mejor política exterior es la interior, entonces primero que resuelva la pobreza y la marginación. Pero lo más urgente y lo que el presidente no quiere ver mientras regresa al país desde el extranjero como un torero al que le lanzan flores, es la sangre, la indefensión y el miedo de los ciudadanos que sigue dominando amplias regiones del territorio nacional.