En febrero de 1924 en una vieja escuela en la Blutenburgstrasse en Múnich, se inició el juicio penal contra Adolf Hitler acusado de haber intentado un golpe de Estado. Pistola en mano encerró y amenazó a los representantes del gobierno, la Armada y la policía de Bavaria, durante un mitin político en una cervecería, la Buergerbräkeller el 8 de noviembre de 1923. Condenado tan sólo a cinco años de prisión, se le conmutó su sentencia a 8 meses, tiempo dedicado a escribir Mein Kampf (Mi Lucha). Ya libre retomó su ascenso al poder facilitado por el presidente de Alemania, Paul von Hindenburg al invitarlo como canciller el 30 de enero de 1933.

Esta doble equivocación, producto de la ingenuidad de la República de Weimar, tuvo consecuencias de dimensiones históricas. Costó al género humano 60 millones de vidas sumados combatientes y población civil. Tan sólo en el Holocausto fueron asesinados 6 millones de judíos, muchos incinerados en hornos crematorios. La grandeza de Alemania con la que Hitler sedujo a su sociedad, acabó en las ruinas de Berlín y otras ciudades, y su cuerpo en cenizas, con un autobalazo en el cráneo. Ese fue el precio de decisiones equivocadas: impunidad y apoyo, a quién de sobra había demostrado de lo que era capaz en su imparable cesarismo, la búsqueda desenfrenada del poder.

El pasado 13 de este mes el Senado norteamericano absolvió a Donald Trump acusado por la Cámara de Representantes de incitación a la insurrección por el brutal ataque al Capitolio el 6 de enero. Reunido el Congreso daba cumplimiento al procedimiento constitucional de certificar el triunfo que ya le había reconocido el Colegio Electoral a Joe Biden, con más de 7 millones de votos populares y 306/232 votos electorales, por lo que ese ataque puede equipararse a un intento de golpe de Estado contra el ya Presidente electo.

El juicio político, fue contundente. Demostró la culpabilidad de Trump tanto en la constitucionalidad del procedimiento (56/44 votos), como en el fondo.

Los fiscales (Raskin, de Gette, Cicilline, Joaquín Castro, y Neguse) probaron que no se trató sólo del discurso del 6 de enero en WDC, sino de toda una orquestación premeditada por Trump desde que empezó a esparcir el veneno de la mentira del fraude electoral, hasta el golpe al Capitolio, pasando por la llamada al secretario de Estado de Georgia para exigirle votos y presionar a Mike Pence, su vicepresidente, para que volteara la certificación a su favor. “Cuelguen a Pence” gritaba la turba trumpista. Los managers evidenciaron que la violencia desatada fue predecible y ya en marcha, contenible, pero el Presidente-Comandante en Jefe que juró velar por la constitución y brindar protección a los ciudadanos, no hizo nada para evitarla y/o detenerla, incluso se regocijó de ella y reconoció a la chusma con “los amamos” y “nunca olviden este día”.

La defensa (van del Veen, Schoen y Castro) inútilmente alegó que el incendiario discurso fue un ejercicio del derecho de libertad de expresión de Trump, y que mediante la manipulación de la evidencia se le negaban las garantías del debido proceso legal.

No obstante la debilidad de la defensa centrada en la forma que no pudo desvirtuar los argumentos de fondo, el control absoluto que ejerce Trump sobre el partido republicano evitó con un 57/43, que se formase la mayoría necesaria (67/33) para impedirle postularse a cualquier cargo público en el futuro. Con elecciones en 2022 los senadores republicanos se venden a cualquier precio por el voto de los 74 millones de simpatizantes de Trump. El hombre que ya demostró de lo que es capaz para procurar el poder, al igual que Hitler, sin duda regresará a la arena política para conseguirlo. “Nunca subestimemos la estupidez humana como una poderosa fuerza en la historia, -aconseja desde Oxford Yuval Noah Harari (Sapiens y Homo Deus)- una y otra vez enfrentados a una decisión, se toma la decisión equivocada”.