Estrictamente personal

estrictamente_personal Raymundo Riva Palacio

El futuro de Manlio

El PRI perdió dos millones de votos en la elección intermedia del 7 de junio y dejó de gobernar a 10 millones de mexicanos. Perdió capitales y congresos estatales importantes, y sufrió dolorosos descalabros en Nuevo León y Querétaro. Logró el control en el Congreso, con el peor resultado en votos y porcentajes en su historia gracias a los 20 diputados ‘sandía’ –que compitieron bajo la bandera del Partido Verde-, y a la fragmentación causada por Andrés Manuel López Obrador.

La lectura de la elección es compleja y llena de matices. No puede verse en forma reduccionista, como parecería ser la visión del presidente Enrique Peña Nieto, al enfocar en la conquista de la mayoría en el Congreso como un referéndum a sus reformas. Pero al ser esta la realidad del poder, esa visión es lo que dominará el escenario presidencial sobre qué hacer con su equipo en el corto plazo y, en particular, con Manlio Fabio Beltrones, sobre quien hay tantas expectativas sobre dónde se acomodará.

El aún diputado Beltrones, reconocido nacionalmente como uno de los políticos más sofisticados, que recientemente en Sonora se colgó una medalla que se pensaba perdida, al manejar la campaña de Claudia Pavlovich y llevarla a la victoria en la gubernatura de Sonora, dijo antes de las elecciones que aspiraba a presidir el PRI. Era el único que quedaría vacante tras la elección, que fue a donde colocó su mira con lo cual, en forma paralela, buscó distender la relación con el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, para cuyo cargo también lo ‘candidateaban’ en la prensa política.

La ecuación de Beltrones, sin embargo, era una antes del 7 de junio y otra después de la jornada electoral. El diputado decía públicamente que habría que hacer ajustes en la dirección del país para estar a la altura de los nuevos retos. Si el fondo de lo que planteó puede argumentarse que sigue siendo igual –visto el microcosmos de los resultados electorales-, no es ni el ánimo ni la manera como el presidente Peña Nieto ve la realidad, con esa mayoría legislativa que le permitirá consolidar las reformas que logró en los primeros 18 meses de su gobierno. En este contexto, Beltrones pierde en el tablero político.

La mayoría en el Congreso y el ‘spin’ presidencial le quitan fuerza al diputado. Ya no le alcanza para plantarse como el candidato natural al PRI, cuya llegada al partido podría ser sólo de una decisión unilateral del presidente. “¿Al PRI?”, dijo un funcionario cercano a la casa presidencial, “¡ni locos! Pero tampoco lo podemos dejar suelto”. Beltrones tiene la capacidad política para jugar de rebelde, y la percepción generalizada seguramente le daría muchos seguidores. Pero es tan grande su capacidad como su institucionalidad. Es impensable un Beltrones que decida jugar la carta independiente, como también es altamente improbable que rompa con el presidente.

Beltrones, educado en la cultura priista de la institucionalidad y respeto a la figura presidencial, seguramente irá a donde Peña Nieto le diga que le ayudará en la segunda parte de su sexenio. El presidente tampoco lo humillará, porque entiende –lo ha demostrado a lo largo de los años- que en la política no hay suma cero. El PRI, sin embargo, no parece estar en la mente del presidente como el destino de Beltrones. Hasta ahora, de acuerdo con lo poco que trasciende sobre este tema, Peña Nieto no le ha dado ninguna señal que el partido podría ser donde más lo necesite. De hecho, después de los resultados electorales y la necesidad de comenzar a perfilar la sucesión presidencial, a Peña Nieto podría convenirle más llevar al PRI a quien pueda incorporar en la terna final de sus sucesores. Beltrones definitivamente, hoy en día, no está en ella.

“Manlio aceptará lo que le proponga el presidente”, dijo un operador político que lo conoce hace décadas. ¿Lo que sea? “Lo que sea”. No será cualquier cosa, pero uno puede preguntar, ¿podría el presidente incorporarlo en una dependencia de alto relieve, donde sus resultados lo ayuden y, al mismo tiempo de que no sea un lugar donde lo pongan a jugar inmediatamente en la ‘República de las Opiniones’ dentro de la sucesión presidencial, estar en la reserva estratégica de Peña Nieto? Tan puede ser, como puede no ser.

Pero en la lógica de los escenarios, en función de los relevos y las necesidades que se avecinan en el corto plazo, ¿podría ser Beltrones el que concluya la reforma en el Seguro Social cuando su director actual, José Antonio González, una de las mentes técnicas más sofisticadas en el gobierno, salte a una posición mayor como se plantea en los escenarios generales de los ajustes? ¿Podría ir a la Secretaría de Educación, dentro de una eventual reformulación en donde la ventanilla del magisterio disidente regresara a esa dependencia al clausurarse la que actualmente tiene en Gobernación?

Estas dos ideas no dejan de ser elucubraciones. Las meditaciones de Peña Nieto son suyas y de nadie más. El presidente es él y será quien decida a quién cambia, por quién y cómo. Así lo hizo en el estado de México para su sucesión y así lo hará ahora. Al final, el poder no se comparte. A veces presta un poco y deja que se deleiten en su entorno. Pero él es quien tiene el mandato constitucional que le permite, entre muchas otras cosas, decidir en dónde quiere a Beltrones durante el resto de su sexenio.

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