Óscar Jiménez

León.- Sayetzi lleva todo el partido merodeando el área. Le pega de tres dedos, de zurda y defiende la posesión ante cualquiera que sea el niño que se le acerque. El desgaste que, se comprueba con sudor en la frente, le ha premiado con un gol sobre el final del ‘interescuadras’; con un zurdazo a la horquilla contraria ha vencido a Roberto, el arquero. El tanto que cayó en el ángulo es uno de los muchos que caen cada tarde en el peculiar Estadio Tijuanita.

Dos calles al costado del bulevar Juan José Torres Landa, enclavado en el mero corazón de Fracciones El Guaje en León, dos colonos con visión, Rosendo Rangel y Juan Canchola, comenzaron a limpiar un terreno común de unos 35 metros que antes fungía como basurero de plásticos y escombros. Tenían hace dos años la intención de adoptar una idea que habían visto en Tijuana: construir a partir de llantas.

Mientras Sayetzi intenta driblar por el centro y Mateo -con la playera de la Juve- arrastra el talento que dicen que tiene por el rectángulo, Rosendo recuerda que le llamaba la atención cómo, en la ciudad fronteriza, hay una zona de casas en los cerros, que necesitan de llantas para endurecer la tierra y permanecer firmes. Así comenzó la aventura de levantar al que pudieron llamar ‘El Glorioso del Guaje’, el ‘Monumental Llanta Park’ o cualquier nombre rebuscado, pero al que decidieron nombrar como ‘El Estadio Tijuanita’ para homenajear su historia.

Ahí, esta tarde se están peleando el balón más de dos docenas de niños colonos, y otros visitantes de las zonas aledañas que ya se unen. En la grada, hecha con la novedosa relación de las llantas pintadas, les observan sus familiares, y hasta arriba, ya se ha colocado un puesto de frituras y chicharrones.

En el Estadio Tijuanita, sin duda, se sabe vivir el futbol.

En la calle perpendicular, una camioneta Volskwagen grande y de modelo reciente, una Nissan, y un auto Hyundai gris se han detenido, para con sumo interés, no perderse ni un detalle del partido. Como si fuese el Barcelona de Messi, aunque en realidad es el equipo que entrena ‘Chava’, el estudiante de Educación Física que también llegó a la colonia con una idea: entrenar a las promesas del barrio.

“He visto muchos cambios; niños que nunca en su vida habían tomado un balón o habían hecho actividad deportiva y en estos meses ya tienen un cambio abismal”, dice Chava García, tras 8 meses de entrenar a un numeroso equipo vespertino que va desde los 4 hasta los 13 años. Ahí está Sayetzi (su sobrina), Roberto, Mateo y otros que considera los más destacados.

“Ese niño llegó y no sabía ni caminar, y ahora es muy coordinado y más eficaz en su movimiento. Ya es mucho mejor corriendo”, señala Chava sobre un niño de 5 años que también está en el campo.

Las mujeres son las protagonistas

Está tarde sólo hay dos chicas en el campo; ambas visten de una forma similar, con una blusa de tonalidades pasteles, y también juegan muy iguales: hacen los mismos gestos técnicos, son las más correlonas… y son las que mayor preocupación le están generando a Roberto, el portero bajito que hoy viste de azul, pero se arremolina sobre todos los balones.

Las dos chicas son de las más jóvenes de una generación femenil pujante. En el mismo estadio, a partir de las 7:30 de la tarde, se acaban las actividades de los menores y entran ante el resplandor de las cuatro lámparas de estadio que se han instalado, los equipos contendientes del gran torneo de la zona; el torneo femenil que agrupa a nueve equipos.

Ahí juegan la chica que ahora está sentada en la última fila de la llantera viendo con atención a los equipos de ‘Chava’. También juegan madres de familia y jóvenes que dicen, tienen “muy buen semblante para el futbol y le saben al tema”.

La colonia se ha transformado

Hasta hace unos dos años (antes de la apertura del Estadio Tijuanita), Fracciones El Guaje, era considerada una colonia altamente delictiva, con problemas de robos, peleas y demás. Ahora, lo que se cuenta entre los vecinos es que la delincuencia es mucho menor; “Está bien, así ocupan su mente y no andan en la calle solamente”, dice Gabriela Barajas, la tendera que está a una cuadra del pequeño recinto deportivo.

Sin embargo, a Rosendo y a Juan no les gusta que se justifique que los problemas vecinales y de las colonias aledañas se han reducido desde que se usa la cancha. Pero eso sí, tampoco niegan ‘la cruz de su parroquia’; “Se han salido mucho de las drogas, porque se la pasan ahora con esto del deporte. Se quedan hasta en la noche con las lámparas y se han motivado a hacer equipos”, dice Rosendo.

Aún así, el trabajo no está terminado. Juan mantiene el sueño firme de seguir invirtiéndole tiempo a la canchita que ha quedado al centro de la colonia; se piensa en traer más llantas de las vulcanizadoras para rodear toda la cancha, emparejarla aún más y pintar la totalidad del llanterío. También, para convertirse en un campo que le pese a la visita, porque en el último año, ya se juegan roles de visitantes con equipos de Manuel Doblado y municipios aledaños

“Terminado no está, aún le faltan cosas”, asegura Juan

– ¿Qué se les ocurre?

“Que tenga unos arbolitos alrededor, que de sombrita y que esté todo cerrado con las llantas”

– ¿Cómo un estadio chiquito?

“Sí, con todas las llantas”

“No porque iniciamos con esto es que nos sintamos dueños, al contrario, es de todos”, finaliza Juan que no se cansa de recalcar que la idea surgió al ver cómo sostenían las bases de las casas del cerro en Tijuana; “Que puedan sostener una casa, que no puedan sostener a una persona sentada ahí”.

Acá las llantas no sostienen una casa. Mantienen firme un estadio, e incluso, a una colonia donde Sayetzi se ha convertido en goleadora.