La imagen del exdirector de Pemex, Emilio Lozoya, cenando relajado y quitado de la pena en un restaurante en las Lomas de Chapultepec, es la representación gráfica de dos verdades y una gran mentira. Las dos verdades que desnuda esa fotografía son la impunidad que sigue reinando en México para políticos pudientes e influyentes y el fracaso rotundo de la primera fiscalía autónoma que resultó tan ineficaz como comprometida políticamente. Y la gran mentira es la que repite, como merolico todas las mañanas, el presidente desde Palacio Nacional: “Ya no hay corrupción y se acabó la impunidad”.

Porque no es sólo el hecho de que el principal mexicano implicado en el escándalo internacional de corrupción de Odebrecht —que confesó haber recibido 10 millones de dólares de directivos de la compañía brasileña, los mismos que confirmaron haberle dado los sobornos a cambio de contratos— se pueda pasear tan tranquilo a pesar de tener varias denuncias penales y un proceso judicial abierto en su contra; la impunidad de Lozoya Austin representa también la impunidad de todo el gobierno de Peña Nieto, cuyos integrantes, empezando por el presidente y siguiendo por sus hombres más cercanos, no han sido tocados ni sometidos ante la justicia, a pesar de las evidencias de la grotesca corrupción del sexenio pasado.

El único peñista al que la FGR pudo detener y extraditar ni siquiera pisó en ningún momento la cárcel y obtuvo un trato privilegiado a través de acuerdos que nunca hizo públicos el fiscal Alejandro Gertz Manero, pero que claramente han resultado mucho más ventajosos y beneficiosos para Emilio Lozoya que para la justicia mexicana y para la fiscalía que no ha podido armar un solo caso coherente y sólido a partir de los dichos y afirmaciones del exdirector de Pemex que le dio a la Fiscalía más saliva y paja que evidencias sólidas de corrupción de los casi 70 políticos a los que acusó en sus declaraciones judiciales.

En ese sentido, la fotografía que tomó y viralizó la periodista Lourdes Mendoza la noche del sábado es también un golpe seco contra una Fiscalía General de la República porque su titular, Gertz Manero, ha fracasado burdamente en procesar, perseguir y materializar el que llegó a ser llamado “el principal caso en la lucha contra la corrupción de la 4T”.

Y ahí viene el otro gran exhibido y desnudado por una imagen que, en las redes sociales, la opinión pública y hasta en la opinión de miembros del actual gobierno fue calificada como “una afrenta”: el presidente Andrés Manuel López Obrador. El mandatario que ha repetido hasta el cansancio que “ya se terminó la corrupción” a partir de que inició su gobierno y que asegura todos los días que “ya no hay impunidad para nadie, porque ya no son los tiempos en que se protegía a los corruptos”, hoy tiene que tragarse sus palabras ante la ineficacia de un fiscal que, aunque la ley lo considera autónomo, actúa claramente bajo consigna de la 4T.

¿Cómo explicará el presidente ante la imagen de Lozoya cenando en un restaurante de lujo que la “cloaca” de corrupción de la que él habló en este caso sigue tapada y apestando a tres años de su gobierno y a casi año y medio de que extraditaron y trajeron de España al exdirector de Pemex?

“La impunidad es siempre una afrenta”, escribió ayer en su cuenta de Twitter Santiago Nieto, titular de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda. Y la impunidad que quedó plasmada en esa imagen de una cenita de sábado en la noche, es lo que está marcando la realidad de este gobierno a la mitad del sexenio. Emilio Lozoya no sólo se cenó un pato a la ciruela que tiene fama de ser de los mejores en la Ciudad de México, también masticó, deglutió y transformó en desechos, el discurso de que en este gobierno se terminó la impunidad. La suya es la imagen viva de lo que es hoy la 4T: más discursos que hechos.