Confiados en pisar territorio liberado, en contar pese a todo con una fuerza de 1 mil 500 hombres y en poseer caudales suficientes para comprar armamento en los Estados Unidos, marchaban los insurgentes por el desierto sin mayor precaución, en grupos aislados, formados según su velocidad y fortaleza.

La derrota de Puente de Calderón el 17 de enero de 1811 provocó la huida de los insurgentes hacia el norte y el consecuente abandono de la Nueva Galicia en manos de los realistas. Félix María Calleja al frente de los suyos entró a Guadalajara el día 21, recibiendo de las autoridades una gran bienvenida que buscaba ocultar su pasada actitud frente a Miguel Hidalgo. La represión militar, no obstante, se dejó sentir con todo su peso, en primer término contra los promotores directos de la insurrección.

Mientras tanto, el cura de Dolores acompañado de las tropas de Rafael Iriarte y con los fondos económicos que habían sido salvados por López Rayón, se dirigió a la región de Zacatecas y San Luis Potosí. En la hacienda de ‘El Pabellón’ fue alcanzado por Ignacio Allende y la fracción del ejército que con él había escapado. Allí, con la aprobación de sus amigos militares, Allende destituyó a Hidalgo de la jefatura del movimiento, luego de culparlo de los fracasos en el campo de batalla.

El cambio en el desarrollo de la guerra trajo así mismo un reacomodo en los sectores influyentes de las Provincias Internas (dígase clero, milicia y gobiernos locales) los cuales, en defensa de sus intereses, desecharon su simpatía hacia los insurgentes y se preocuparon ahora por quedar bien con el virrey. En Coahuila este cambio de actitud llevó al oficial Ignacio Elizondo a apoyar la restauración del mando colonial y a urdir una traición a los insurrectos que justificara su defección al ejército del rey, al que originalmente había pertenecido.

Al respecto, indica el informe redactado por Ramón Herrera, quien tuvo un papel principal en la intriga: “Tratose inmediatamente de tomar las medidas oportunas para aprehender a Allende y su comitiva, y sabiendo que éste había de llegar, según el itinerario que traía, el día 21 de marzo a las Norias de Baján o Acatita de Baján, por ser el único aguaje que había en toda aquella comarca, se dispuso que Elizondo le fuese al encuentro con todas las apariencias de un recibimiento obsequioso…”.

Confiados en pisar territorio liberado, en contar pese a todo con una fuerza de 1 mil 500 hombres y en poseer caudales suficientes para comprar armamento en los Estados Unidos, marchaban los insurgentes por el desierto sin mayor precaución, en grupos aislados, formados según su velocidad y fortaleza.

“En tal disposición – agrega el parte de Herrera – esperó Elizondo (con 342 soldados veteranos) la llegada de los jefes insurgentes, que se verificó a las 9 de la mañana del 21. Presentose desde luego el padre Pedro Bustamante, mercedario, con un teniente y cuatro soldados de los de aquella provincia; que se pasaron a (Mariano) Jiménez en Agua Nueva: saludáronse mutuamente sin recelar cosa alguna y siguieron hasta el cuerpo que quedó a la retaguardia, donde se les intimó se rindiesen, lo que hicieron sin resistencia”.

“Seguía a estos un piquete de cosa de sesenta hombres con quienes se practicó lo mismo, desarmándolos y atándolos sin demora. Venía en pos de ellos un coche con mujeres, escoltado por doce o catorce hombres, los cuales intentaron defenderse y fueron muertos tres de ellos y cogidos los demás”.

“En este orden siguieron llegando hasta catorce coches, con todos los generales y eclesiásticos que los acompañaban, que fueron aprehendidos sin resistencia; excepto Allende que tiró un pistoletazo a Elizondo llamándole traidor, y éste, escapando el cuerpo de las balas, mandó a sus soldados hacer fuego sobre el coche, quedando muerto de resultas de él el hijo de Allende que era teniente general, y malherido Arias… el cual murió poco después… Jiménez que acompañaba a Allende en el mismo coche, se arrojó de él dándose preso y suplicando cesase el fuego, lo que se hizo, y atándolo a él mismo y a Allende, fueron remitidos a la retaguardia”.

“El último de todos – escribe Herrera – venía el cura Hidalgo, escoltado por Marroquín, con veinte hombres que marchaban con las armas presentadas; intimósele que se rindiese como a los demás, lo hizo sin resistencia”.

Así, el bribón Ignacio Elizondo hería de muerte la sublevación surgida en el Bajío, pues lograba la captura no sólo de sus dirigentes máximos, también de sus oficiales medios y aun de la soldadesca. El destino de los primeros y los segundos, hasta el grado de sargento, fue el paredón de fusilamiento; la soldadesca fue a prisión o terminó condenada a la servidumbre en las haciendas cercanas, en Coahuila y Chihuahua.