La estancia del virrey en Guanajuato se prolongó hasta el jueves 24 de junio y así pudo visitar las dos minas más productivas de ese momento: Valenciana y Rayas, donde prometió solicitar a España más azogue para atender el requerimiento de la industria local. Supervisó el avance de la construcción en la Alhóndiga de Granaditas. Estuvo en las presas y escuchó sobre el constante problema del agua, manifestado en sus extremos: sequía o inundación. Recorrió los templos, oficinas principales y cárceles de la ciudad, y en todos los lugares recibió atenciones extraordinarias.

El domingo 19 de junio de 1803, la ciudad de Guanajuato lucía engalanada: el arreglo de las casas consistoriales y de los principales vecinos se había efectuado con toda anticipación, lo mismo que el arco triunfal sobre el Puente de Nuestra Señora. Los cuerpos de infantería y caballería estaban preparados para cumplir como guardia y escolta, respectivamente. La banda de música esperaba la oportunidad de interpretar lo mejor de su repertorio y sobre los cerros había cajones de cohetes listos para ser lanzados al cielo.

Al mediodía de aquella memorable fecha, el virrey de la Nueva España, don José de Iturrigaray, motivo de toda esta algarabía, hizo su arribo, siendo recibido en la llamada cuesta de Jalapita por el Ayuntamiento y los más destacados personajes eclesiásticos y civiles de la localidad, encabezados por el intendente Juan Antonio de Riaño.

Bajo un ensordecedor repique general, los mineros de Valenciana desengancharon en Pardo las mulas de la carroza virreinal y mostrando su gran respeto tiraron de ella hasta el lugar de alojamiento destinado a Iturrigaray, la casona de Antonio de Pérez Gálvez, en la Plaza Mayor.

Don José de Iturrigaray y Aróstegui era para entonces un hombre de sesenta y un años, muy activo y de carácter alegre, dado a convivir con la gente aprovechando las fiestas tradicionales o las diversiones cotidianas, como eran las corridas de toros. Tenía escaso medio año de haber empezado a gobernar como el quincuagésimo sexto virrey; pero ya había impuesto una política con tintes liberales y se había ganado el cariño de quienes le rodeaba.

Originario de Cádiz, durante el reinado de Carlos III había participado en la guerra contra Portugal y la de Gibraltar. Más tarde, cobró fama de buen estratega en los enfrentamientos contra Francia y nuevamente contra Portugal, en 1801, donde fue Comandante del ejército de Andalucía. Entonces su superior era el generalísimo Manuel de Godoy, quien luego ejercería como primer ministro de Carlos IV, y desde allí impulsó a su amigo como gobernante de la Nueva España, la colonia más rica del imperio.

La estancia del virrey en Guanajuato se prolongó hasta el jueves 24 de junio y así pudo visitar las dos minas más productivas de ese momento: Valenciana y Rayas, donde prometió solicitar a España más azogue para atender el requerimiento de la industria local. Supervisó el avance de la construcción en la Alhóndiga de Granaditas. Estuvo en las presas y escuchó sobre el constante problema del agua, manifestado en sus extremos: sequía o inundación. Recorrió los templos, oficinas principales y cárceles de la ciudad, y en todos los lugares recibió atenciones extraordinarias.

El día de su despedida, Guanajuato mostró su tristeza a través del luto que vistieron los operarios de Rayas, a quienes correspondió llevar el carruaje del virrey a la salida de Pardo. En medio del afecto popular, una gran cantidad de personas encaminaron a Iturrigaray hasta la Calzada de Jalapita, en Marfil, por donde se alejó para cumplir, cinco años después, con una importante cita histórica: su intento por independizar la colonia por medios legales, intento que le costó el cargo y lo tuvo luego en prisión.

Atrás, nuestra ciudad se quedó con el buen sabor de aquella visita política —excepcional en aquella época– viviendo una bonanza que, dadas las condiciones sociales, sería en breve arrasada por la violencia, por el fuego libertario ciertamente –pero también destructor– de la guerra por la independencia.