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El viaje de Scrooge y su lección de vida

Juana Adriana Rocha

Capaz de helar cualquier habitación donde pusiera un pie. Así describe Charles Dickens a Ebenezer Scrooge, protagonista de ‘Cuento de Navidad’ (1843). 

“La frialdad que tenía dentro había congelado sus viejas facciones y afilaba su nariz puntiaguda, acartonaba sus mejillas, daba rigidez a su porte; había enrojecido sus ojos, azulado sus finos labios; esa frialdad se percibía claramente en su voz raspante. Había escarcha canosa en su cabeza, cejas y tenso mentón”, es el retrato del avaro y amargado personaje.

Perfil de un usurero

Scrooge desprecia las fiestas navideñas, vive en una casa oscura en la que sólo duerme porque pasa los días en su oficina. Aunque el usurero ha amasado una enorme fortuna, vive alejado de todo lujo, pero no por humildad sino por tacañería.

La única familia que le queda es su sobrino, de cuyo entusiasmo se burla. El socio que tenía, Jacob Marley, muere, y la tragedia no parece entristecerlo. Su empleado Bob Cratchit recibe de él sólo indiferencia, malos tratos, y un pésimo salario.

En la víspera de Navidad, en su lúgubre hogar, el viejo Scrooge recibe la fantasmal visita de Marley, quien se le manifiesta arrastrando cadenas.

“Está ordenado para cada uno de los hombres que el espíritu que habita en él se acerque a sus congéneres humanos y se mueva con ellos a lo largo y a lo ancho; y si ese espíritu no lo hace en vida, será condenado a hacerlo tras la muerte”, es la advertencia que lanza la aparición. Le anuncia también la visita de otros tres seres, que podrían evitarle la condena.

La infancia solitaria

Al día siguiente (aunque es difícil precisar, pues el tiempo se vuelve una masa imposible de medir, donde todo es posible), Scrooge recibe al primer espíritu. Es pequeño y luminoso, y lo acompaña al lugar donde creció.

Ebenezer contempla su infancia, como si viera una película. El niño retraído, al parecer rechazado por el padre y muy querido por su hermana, se refugia en la fantasía de los libros. Una infancia solitaria, una juventud alegre pero ambiciosa, son los comienzos del avaro que conocemos al inicio del relato. Scrooge sufre al recordar cómo rechazó el amor por el dinero, cómo el mismo espantó toda oportunidad de ser feliz.

El lado oculto del presente

Un segundo espíritu, enorme y rodeado de vida y abundancia, lleva al personaje a rincones que desconoce por su trato indiferente y egoísta. La casa de Bob Cratchit es el primero; presencia la humilde pero alegre cena de la familia. Conoce a Tiny Tim, el hijo enfermo de su empleado, que corre el riesgo de morir debido a sus carencias. Scrooge se sabe en parte responsable. El espíritu lo lleva a la fiesta navideña de su sobrino, donde los juegos y la música le recuerdan su propia juventud. Pero la alegría es pasajera cuando escucha al joven burlarse de él, de su necedad y amargura.

Muerte en soledad

Scrooge ya está preparado para sufrir cuando recibe al tercer y último espíritu, oscuro y silencioso. En efecto, le muestra un futuro donde nadie lo acompaña en su lecho de muerte, nadie siente piedad o dolor por él, algunos incluso sienten alivio. Descubre también las fatales consecuencias de sus actos, la repercusión de sus malas acciones en la vida de las pocas pero buenas personas que lo rodeaban.

Hasta el final del cuento sabemos si todo fue un sueño, o si de verdad el frío Scrooge tendrá una segunda oportunidad: “el rumbo de la vida de un hombre presagia cierto final que se producirá si el hombre persevera. Pero si se modifica el rumbo, el final cambiará”.

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