Para contener el movimiento que amenazaba con desbordarse, no bastaba el ejército que ya seguía los pasos de los insurrectos, sino también el ataque religioso, tan destructivo como las armas de fuego.

Un mes después de que Miguel Hidalgo y Costilla iniciara la rebelión de Dolores, el 13 de octubre de 1810 para ser exactos, el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición dio a conocer un edicto en el que se lanzan graves acusaciones contra el cura; entre las cuales textualmente se lee:

“Negáis que Dios castiga en este mundo con penas temporales; la autenticidad de los lugares sagrados de que consta esta verdad; habéis hablado con desprecio de los Papas y del gobierno de la Iglesia, como manejado por hombres ignorantes de los cuales uno que acaso estaría en los infiernos, estaba canonizado”.

“Aseguráis –agrega el documento– que ningún judío que piense en juicio se puede convertir, pues no consta la venida del Mesías; negáis la perpetua virginidad de la Virgen María; adoptáis la doctrina de Lutero en orden a la Divina Eucaristía y confesión auricular, negando la epístola de San Pablo a los de Corinto, y asegurando que la doctrina de este sacramento esta mal entendida, en cuento a que creemos la existencia de Jesucristo en él”.

“Tenéis por inocente y lícita la polución y fornicación –dice otro párrafo– como efecto necesario y consiguiente al mecanismo de la naturaleza, por cuyo error habéis sido tan libertino que hicisteis pacto con vuestra manceba de que os buscase mujeres para fornicar, y que para lo mismo le buscaríais a ella hombres, asegurándola que no hay infierno ni Jesucristo…”

Este ataque del Santo Oficio se daba como respuesta del sistema colonial al crecimiento de la lucha insurgente. 15 días antes miles de seguidores de Hidalgo habían tomado la opulenta ciudad de Guanajuato, habían asesinado al intendente Riaño y a decenas de peninsulares, se habían apoderado de los caudales de la provincia y saqueado la población.

Para contener el movimiento que amenazaba con desbordarse, no bastaba el ejército que ya seguía los pasos de los insurrectos, sino también el ataque religioso, tan destructivo como las armas de fuego. En este sentido, el primer golpe lo había asestado el obispo electo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo, otrora amigo muy cercano del cura, y quien el 24 de septiembre de aquel año decisivo lo había excomulgado junto con sus “secuaces” por haber atacado y hecho prisioneros a varios religiosos.

En este mismo terreno del enfrentamiento no bélico puede ubicarse la recompensa de 10 mil pesos que el virrey Francisco Javier Venegas ofreció a quien diera muerte a los principales líderes de la insurrección, dato intrascendente ya que no hubo quien quisiera o pudiera ejecutar tal acto; pero que revela una arista más de la contrainsurgencia.

Regresando al Santo Oficio, no era esta la primera vez que tenía en la mira al cura inconforme; ya en 1800, en Valladolid (Morelia), había atendido la denuncia hecha por fray Joaquín Huesca sobre el pensamiento herético de Hidalgo, y sobre su comportamiento escandaloso.

En el primero de los casos, los testigos afirmaban que hacía una libre interpretación de la Biblia, cayendo en afirmaciones condenables: como la negación de la virginidad de María; el considerar la castidad como contraria a la naturaleza; el tener a los apóstoles por ignorantes; el burlarse del infierno y el poco respeto que solía mostrar a la divinidad de Cristo.

También se le criticaban sus conceptos políticos, su afrancesamiento y el expresar sin cautela su admiración por las ideas liberales y por el régimen republicano. Según se dijo, consideraba a los monarcas unos déspotas, guardaba en su biblioteca libros prohibidos y tenía a la población americana por esclava de los europeos.

Consecuente con sus valores, más propios de un filósofo que de un sacerdote, Hidalgo mostraba también un espíritu libre en su comportamiento, mismo que era tachado de escandaloso por su afición a las tertulias, el juego y los deslices amorosos.

La causa siguió su curso. El cura, ya para entonces en nuestra intendencia (primero en San Felipe y luego en Dolores) moderó sus declaraciones y el fulgor de sus representaciones teatrales y festividades. Con el tiempo, el expediente pasó al olvido, de donde fue desempolvado a raíz del levantamiento popular de 1810.

No se sabe con precisión la influencia que estos ataques políticos tuvieron sobre los seguidores del párroco Miguel Hidalgo; seguramente en una sociedad sin mayores medios de comunicación, el daño causado a su prestigio no fue mucho. Quizás los únicos que pudieron llegar hasta la población en general y causarle un perjuicio grave fueron los voceros del clero, principalmente los sacerdotes simpatizantes del régimen colonial.