Con frecuencia se nos olvida el peso que tienen las palabras en las personas. Y es que no tenemos un lenguaje, somos lenguaje. Existimos porque nos nombran y después nos nombramos.

Al inicio de la vida el niño y la niña son lo que sus figuras de cuidado dicen de él o ella; principalmente, mamá y papá.

La dependencia natural de la infancia hacia los padres/madres impulsa al niño o niña a confiar ciegamente en quien le cuida. No puede ser de otra manera.

La palabra del padre y de la madre es verdad plena para el niño o niña, ley fundamental, su poder es total.

Si al niño le dices que es lindo, encantador, tremendo, travieso, insoportable, carismático, alegre, inquieto, tierno, observador, sensible, destructivo, peleonero, desordenado, soñador, creativo, pronto lo será: “Si eso dices de mí, eso crees sobre mí, entonces, me guste o no, eso es lo que soy; porque tú eres el grande, tú eres mi referente, tú tienes la razón, yo apenas estoy llegando al mundo”.

Sobre ese piso de palabras se construye la identidad. En la adolescencia aparece la posibilidad cognitiva para replantearse todo lo escuchado acerca de sí. Esto en la medida que el o la adolescente cuente con otro tipo de palabras que lo definan gracias a que otras personas le ofrecen una mirada diferente. Este es el gran beneficio de la socialización en la adolescencia, la posibilidad de encontrarse con gente nueva –pares u otros adultos distintos a los que le han criado en la infancia–, los cuales pueden ver aspectos diferentes de su persona que sus figuras del pasado no reconocían.

Por ejemplo, el docente sensible que tiene el tacto para mirar, nombrar y reconocer los aciertos y los talentos en lugar de los errores, permite que aquel adolescente que viene de un hogar donde el criterio de papá y mamá ha sido el contrario (sancionar las faltas y no reconocer los aciertos) pueda contar con nuevos elementos desde donde ampliar, modificar o corregir su autoimagen, dinamizando así, los bordes de su identidad.

Lo trágico ocurre cuando ese o esa adolescente no logra encontrar en la comunidad miradas sensibles, respetuosas, amorosas, validadoras de la existencia humana de un o una joven que siempre está haciendo lo mismo que cualquier persona adulta: lo mejor que puede con lo que tiene.

Cuando a un niño o niña en casa le han dicho que es tonto y posteriormente un docente, instructor deportivo, catequista, familiar, vecino o cualquier otra persona de la sociedad con la que entre en contacto le trata como tonto, será muy difícil comportarse de otra forma. Las palabras encarcelan.

Pero, cuando lo que encuentra fuera de casa son personas que le tratan como persona, como un semejante en proceso de crecimiento y aprendizaje (tal y como lo estamos todo mundo mientras estamos vivos), confiando en su potencial, y, ante todo respetuosa de su dignidad, entonces las palabras que emergen son liberadoras.

A psicoterapia llegan personas adultas para superar malestares, dolores y síntomas, para comprender conflictos que suelen tener su raíz en la larga infancia y adolescencia, los cuales son anudamientos de vivencias desagradables, confusas para una mente infantil o adolescente.

Feo, tonto, malagradecido y demás palabras peyorativas, suelen ser dardos que se anidan en el fondo del corazón (metafóricamente), del cerebro (anatómicamente) y que desde ahí sueltan su veneno de manera constante y paulatina a través de los años hasta convertirse en síntomas o malestares. Su fuerza y permanencia son grandes como grande es la figura de papá y mamá ante los ojos de un niño, niña o adolescente cuya vida depende de aquellos.

Pensar nuestras palabras, sabiendo que se convertirán en el motor que impulse la vida de nuestros hijos o hijas, es una tarea cotidiana y sostenida que, si se utilizan suficientemente bien, proporcionará los elementos para la construcción de una autoimagen positiva, confiable, agradable, digna, que traerá como resultado una identidad sólida, saludable.

Tonto y listo tienen la misma cantidad de letras, pero trascienden de una manera muy diferente en la vida de nuestros hijos o hijas. Nos tardamos lo mismo en enunciarlas, pero su efecto es diametralmente opuesto. Seamos responsables con el lenguaje. Pensemos antes de hablar (y de actuar), sobre todo cuando se trata de dirigirnos a un niño, niña o adolescente.