Las situaciones en Haití y en Cuba se han trasladado rápidamente al escenario de la política en Washington. El tema de Haití, para Estados Unidos, entre otras cosas, toca las delicadas fibras de la inmigración. El tema de Cuba enciende ánimos apenas se menciona. Biden tenía otras prioridades y ahora se ve obligado a mirar al sur. Veamos:

Cuando Obama inició el proceso de acercamiento con Cuba, el entonces presidente tuvo que enfrentar el huracán provocado por todo el sector que se oponía al deshielo, no solo en el partido republicano, sino también entre demócratas. Biden aprendió la lección. Luego vino Trump, y revirtió varias de las medidas ejecutivas que había implementado su antecesor y aplicó nuevas sanciones a La Habana. Su argumento era que el deshielo con Cuba solo había empoderado al régimen.

Biden lleva seis meses en el poder y no ha tocado esas sanciones. Tampoco ha hecho intentos por recuperar el acercamiento que Obama había iniciado. La realidad es que Biden había elegido mantener a Cuba como asunto marginal y no tener que enfrentar a la oposición en ese tema. En otras palabras, Biden había escogido sus batallas y Cuba no era una de ellas. Pero el tema cubano se inserta, como siempre, en la agenda de política interna de su país y los recientes sucesos en la isla le obligan a tomar postura. Así, Biden decide mantener la línea tradicional de la política exterior estadounidense respecto a La Habana. Adicionalmente al discurso que reproduce, ahora posiblemente tendrá que añadir otro tipo de medidas como pudieran ser sanciones frescas u otras que terminen de revertir las que Obama puso en marcha.

Por otro lado, tras los sangrientos hechos en Haití que terminaron con la vida del presidente Moïse, el gobierno a cargo del país solicitó a EU enviar tropas para ayudar a controlar el desgobierno. Y hay voces en Washington que favorecerían esa medida. La cuestión es que Biden tiene a su país en fase de repliegue, no de expansión. En esto no solo influye su postura política personal sino una cuidadosa lectura de la opinión pública estadounidense, la cual está, por amplísima mayoría, en contra de intervenciones internacionales.

No obstante, el tema haitiano puede ser particularmente sensible pues se cruza con otro de los talones de Aquiles de Biden: la inmigración. La situación de Haití, el país más pobre de América, hoy incluye el impacto de la pandemia en salud, una brutal crisis económica, desabasto, crimen rampante, una debilidad institucional y ahora, un presidente asesinado y una lucha entre poderes fácticos. En Washington se recuerda cómo es que situaciones así, han producido olas de migración masiva de haitianos hacia EU.

En ese sentido hay que considerar dos factores: Primero, que el tema migratorio sigue siendo, en distintas encuestas, una de las cinco mayores preocupaciones de quienes en un año regresarán a votar. Segundo, la cuestión migratoria es precisamente uno de los rubros más débiles en el desempeño de Biden. De manera tal que, si a los cuellos de botella que ya se han producido en la frontera sur ahora se añadieran decenas de miles de haitianos huyendo de la violencia y el hambre, Biden tendrá que tomar decisiones. Esto incluye, por ejemplo, lograr el difícil balance entre conducirse de manera humana ante la situación dramática que se vive en Haití, y contener el riesgo político que le representa una nueva fuente de migrantes.

En fin, en toda gestión ocurren situaciones imprevistas. Lo que pasa es que la agenda de Biden ya estaba realmente saturada y él hubiese preferido tenerse que concentrar en otras prioridades. Ahora, Cuba y Haití le brincan como dos temas que simplemente no puede evadir.