Con el apoyo incondicional de ‘El Amo’ Torres y los cañones de San Blas capturados y trasladados por el cura Mercado hasta Guadalajara, Miguel Hidalgo revivía como el ave fénix. Se sentía tan firme que incluso organizó un gobierno encabezado por él y compuesto además por un ministro de Estado y Despacho, y de Justicia.

Pese a la desbandada de Aculco que dispersó al ejército insurgente tan rápido como se había reunido, el movimiento no perdió su pujanza. La frase de Miguel Hidalgo redactada en su retorno a Valladolid (hoy Morelia) es el reflejo de aquel momento: “La nación, que tanto tiempo estuvo aletargada, despierta repentinamente de su sueño a la dulce voz de la libertad: corren apresurados los pueblos y toman las armas para sostenerla a toda costa”.

Y en efecto, pese al fracaso que significó no tomar la ciudad de México, la lucha se había extendido, pasando de una multitudinaria columna rebelde, dueña sólo del terreno que pisaba, a un dominio por regiones en manos de jefes comisionados por el párroco de Dolores.

Uno de estos caudillos, José Antonio ‘El Amo’ Torres, pudo recobrar la fuerza militar e influencia política de Hidalgo al cumplir con su encomienda de sublevar la Nueva Galicia y ocupar su capital Guadalajara. ‘El Amo’ fue guanajuatense, originario de San Pedro Piedra Gorda (hoy Ciudad Manuel Doblado).

Enterado Hidalgo de tan afortunado suceso, dejó Valladolid, desoyó el llamado de Ignacio Allende que desde Guanajuato le pedía refuerzos para enfrentar a Calleja y enfiló hacia el poniente. El recibimiento en Guadalajara fue fastuoso, las autoridades civiles y eclesiásticas le rindieron honores de “alteza serenísima”, el ejército insurgente allí reunido se puso a su disposición y los distintos gremios y corporaciones le manifestaron sus parabienes.

Con el apoyo incondicional de Torres y los cañones de San Blas capturados y trasladados por el cura Mercado hasta Guadalajara, Miguel Hidalgo revivía como el ave fénix. Se sentía tan firme que incluso organizó un gobierno encabezado por él y compuesto además por un ministro de Estado y Despacho, el licenciado Ignacio López Rayón, y por uno de Gracia y Justicia, el también abogado José María Chico. Nombró así mismo un Ministro Plenipotenciario ante los Estados Unidos de América, Pascasio Ortiz de Letona, quien para su desgracia no pudo llegar a su destino.

Hidalgo también dispuso la abolición de la esclavitud en todos los territorios liberados; suprimió el pago de tributo por parte de las castas y los indios, así como el uso de papel sellado, y autorizó el libre beneficio de la pólvora. La difusión de estos decretos y en general de la ideología insurgente se hizo a través del “Despertador Americano”.

El 5 de diciembre de 1810 instruyó a los jueces de distrito para recaudar las cuotas vencidas a los arrendatarios de las tierras comunales y restituir éstas a los naturales, sus legítimos dueños.

Estas medidas de innegable carácter popular le distanciaron, sin embargo, de la poderosa clase criolla. Ella aspiraba a sustituir a los españoles en el poder; pero veía en toda revolución social un peligro para sus intereses. Así, en sus colaboradores criollos y en la gran cantidad de simpatizantes del mismo origen, surgió la desconfianza ante los mandatos de Hidalgo.

A la vez, la oposición creció debido a sus abusos. Sin más razones que el odio, la sospecha y la condescendencia con la plebe, el párroco aprobó el asesinato injustificado de decenas de prisioneros españoles, primero en Valladolid y más tarde en Guadalajara.

El 12 de diciembre, Allende y sus compañeros militares se reencuentran con Hidalgo. Aparte de reproches por no haber sido apoyados en Guanajuato, traen consigo la derrota y, lo peor, las tropas realistas de Félix María Calleja que les persiguen.

Las discrepancias entre los dos principales caudillos no pueden ser superadas, menos aun por el protocolo y boato que ahora rodea a Hidalgo; no obstante, se posponen ante la cercanía del ejército virreinal. Los preparativos para el enfrentamiento ocupan a todos y en mayor grado al clérigo, quien decide salir con todos sus efectivos para atacar a los contrarios confiando en la superioridad numérica de sus hombres y sus piezas de artillería.

El 17 de enero de 1811 se libra aquella batalla decisiva en el Puente de Calderón. Pese a la confianza de Hidalgo y a que los suyos detienen dos veces las embestidas dirigida por Manuel Flon, el estallido de un depósito de municiones y las escenas atroces de mutilados y quemados provocan el desorden y la huida del mayor contingente rebelde que se haya reunido a lo largo de la Guerra de Independencia.

Una vez más la impericia militar de los líderes insurrectos daba al traste con los planes libertarios. Hidalgo y los suyos se ven obligados a marchar buscando refugio en el norte, con la esperanza de llegar a los Estados Unidos, un país ya independiente.