León Ruiz

Admirando el caos que el coletazo de la pandemia está aplicando al mundo, no podemos evitar que la desolación y tristeza nos invada. Hoy se esparce cual fétida estela de enfermedad y muerte, lo que parece ser el cierre del último azote apocalíptico que ha colapsado a la humanidad, semejante al momento más obscuro antes del amanecer.

Hoy nos amanecemos con noticias por demás devastadoras del avance de Ómicron, como la variante que lanza el latigazo feroz del paso final del coronavirus. Con los sistemas sanitarios de prácticamente todos los países en alerta máxima, con el aroma y el dolor de la fatalidad campeando por las calles, hoy se siente la oleada virulenta de una pandemia que llegó puntual a la cita bíblica de la historia del final de los tiempos.

La exégesis del libro sagrado y los acontecimientos de la vida de la humanidad, parecen indicar que la historia revelada en el Apocalipsis nos llevará a un destino ineludible para el que nunca estaremos preparados. Sin embargo la lección de los riesgos de la vida sometida por un organismo microscópico, aún nos brindará una dura experiencia antes de su retirada, por lo que debemos volver a la prudencia y restricciones sanitarias al menos por otro mes y medio.

Pero asimismo vale reflexionar sobre ¿Qué pasará una vez que se disipe la ola enfermiza del coronavirus? ¿Cómo habremos de retomar la vida en sociedad? ¿Qué estrategias psico-educativas habrán de adoptar nuestras autoridades para resarcir a nuestros niños, niñas y adolescentes el sentido de vida y las enormes brechas académicas que la pandemia nos deja?

Hoy las demandas y exigencias sociales se lanzan, cual garras predadoras, sobre una administración gubernamental que evade asumir un papel visionario y divergente, perdida entre los matices discursivos de su realidad paralela e indiferente que se niega a reconocer y atacar la violencia descontrolada que sacrifica y masacra familias enteras, que siembra muertos en nuestras calles y acribilla impunemente. No es posible que ante las desgracias sufridas en colonias y comunidades de varios municipios del estado, sólo mensajes de solidaridad y condolencia se emitan desde la Secretaría de Gobierno, cuando su responsabilidad es precisamente encabezar las acciones contundentes que hagan valer el estado de derecho como garante de la paz y seguridad interior.

Cosa similar ocurre en el resto de las áreas de gobierno, donde las acciones realmente significativas debieran ya estar fraguándose desde un plan emergente y disruptivo de recuperación de la vida en sociedad, pues el sistema educativo por ejemplo, ha sido desestimado en la verdadera dimensión de su estado catastrófico y simplemente se ha vuelto a montar sobre el viejo y descontinuado andamiaje, sin actualizaciones ni innovaciones. Las adecuaciones elementales en cuanto a trayectorias curriculares, la medición de daños de los aprendizajes, el estatus socioemocional tras el confinamiento, las secuelas de la inexistencia de recursos didácticos de la etapa en línea o a distancia, el esquema inoperante de competencias profesionales y técnicas de los docentes, lo anquilosado del modelo escolar y otros factores de alto impacto para nada han sido tema de las autoridades educativas.

De igual forma, ya debiera estarse desarrollando un programa integral de detección de riesgos y amenazas para la recuperación educativa tras la pandemia, documento que bien sustentado y con visión restaurativa permitiera reconocer con humildad el estado real del sistema educativo, los lastres, ventajas, desventajas y desde luego el proyecto de recuperación trascendente que el momento demanda, pero para eso Jorge Enrique Hernández tendría que poner los pies en la tierra y echar a andar lo que nadie en 30 años de gobiernos panistas ha hecho: activar un Centro de Inteligencia Educativa.

La ética gubernamental demanda capacidad e imaginación futurista, para construir el escenario ideal de la sociedad a la que sirve.

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