Se entiende la prisa que tiene el presidente López Obrador porque el motor educativo se ponga en marcha. También, queda claro por qué hay gente que lo puede considerar como una insensatez. Y, en esta dicotomía en la que como digo una cosa digo la otra, habría que considerar los dos extremos que marcan las direcciones opuestas en torno a las clases presenciales. Por un lado, el presidente está consciente del descenso en la matrícula, hay un decremento en las inscripciones a educación superior de más quince mil estudiantes, y no le gusta. No quiere que la cifra se inscriba en la 4T y sirva de foco rojo. Por otro lado, hay un alza en el índice de contagios superior al 150% que causa alarma. Parece que el mal manejo de la pandemia no le mortifica nada. En medio de la realidad y los pareceres, estamos los profesores, estudiantes, familiares y población en general que ya no sabemos si es peor el encierro o la posibilidad de contagio.

Imperan el miedo y la desinformación. Desde siempre hemos sabido que estar vacunados no nos exenta de caer enfermos, sólo aminora el riesgo de muerte. Es un hecho que el esfuerzo que se llevó a cabo por vacunar a integrantes del sector educativo fue para reactivarlo y no para otra intención. Pero, no todo lo que brilla es oro. Ya se conocen casos de personas que han recibido el programa de vacunación y se han enfermado. Además, los estudiantes no han sido inoculados. También, la información muestra datos de contagios entre la población joven que tienen síntomas fuertes y consecuencias graves. Y entre lo mucho que ignoramos y las enormes ganas que tenemos de retomar nuestros ritmos de vida, se abre una brecha en la que se albergan todas las dudas.

Las clases remotas están desgastando la calidad de la educación, una gran fracción de la población estudiantil dice estar en clase con la cámara apagada y sabemos que ni ponen atención, es más, lo más seguro es que ni estén. No son pocos los profesores que pasan lista y al terminar, se queden con un porcentaje muy bajo de alumnos, porque los demás se vuelven a dormir o se distraen en videojuegos. La mayoría de las universidades particulares están dando opciones a sus alumnos de optar por clases presenciales, en línea o híbridas —cualquier cosa que eso implique y que parece que algunos alumnos estarán en el salón de clases virtual y otros en el aula escuchando como un maestro da cátedra con cubrebocas y careta—.  Quieren volver a clases antes de morir. Además, muchos rectores piensan: si los chicos salen de fiesta—y lo hacen—, deben regresar a clases. 

Sálvese el que pueda y no sienta que se está metiendo el dedo en una llaga supurante que, además de las complicaciones que le son inherentes, también ya se le mezcló el tema político. Marko Cortés manifestó que ya han acudido a instancias nacionales e internacionales para denunciar al gobierno federal por arriesgar la vida de las personas por negligencia criminal. “Es irresponsabilidad que no se tenga vacunados a adultos y niños para que de esa forma no se expongan a más familias con el regreso a clases”, afirmó Cortés luego de que el presidente López Obrador informara que se regresará a clases presenciales el 30 de agosto.

También es cierto que un amplio grupo de jóvenes prefirieron no matricularse en universidades por la pandemia covid-19. La cifra es considerable ya que representa el 3% del total de la matrícula escolar de las universidades autónomas de los estados. Y si eso es en las universidades estatales, en las particulares la gente prefiere no inscribirse por el pago de las colegiaturas. La gente está dispuesta a hacer un sacrificio para pagar si el esfuerzo vale la pena: sí, los jóvenes tendrán una vida universitaria, sí gozarán de las instalaciones, sí serán capaces de ver a sus profesores, sí conocerán a sus compañeros. La cosa cambia cuando los chicos no pisan el campus. Lo peor es que ya tenemos una generación de universitarios que nunca han puesto un pie en las instalaciones de sus universidades.

En medio de este embrollo, está el interés legítimo de que los estudiantes y los profesores encaucen la vida educativa del país. La decisión es difícil y requiere serenidad para tomar el sendero correcto. El ruido mediático no ayuda, los intereses que están en juego son de gran envergadura, pero lo importante debiera estar por encima de la mezquindad. Volver o no volver, responsabilidad o mezquindad, serenidad o precipitación. El péndulo sigue oscilando y parece que las clases presenciales debieran esperar a que los muchachos en edad universitaria ya estén vacunados.