Las quiebras

La opinión expresada hace un par de semanas en el diario Financial Times por Jude Webber, respecto a la carencia de “pensamiento económico sofisticado” en el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, podría considerarse extremadamente dura, pero muy cercana a la realidad. Los antecedentes del mandatario y su articulación de ideas en torno a cómo es o debe ser la economía, son el mejor argumento para llegar a esa conclusión. 

Mediocre en sus estudios universitarios, los cuales abandonó para asumir puestos burocráticos del gobierno federal y políticos en el PRI, en sus años de juventud, su ascenso al poder fue tangencial a la comprensión de la economía y hasta de la economía política, focalizando su interés en la lectura de la historia mexicana de la segunda mitad del siglo XIX, haciendo eco de los dogmas nacionalistas acuñados en la posrevolución, cuando, desde el poder, se buscó dotar de una renovada identidad nacional a México en torno al proyecto de la revolución institucionalizada, muy fundada en la dicotomía de héroes y villanos y lejana a la propia interpretación de la historia que, de manera paralela, emergía entre sus contemporáneos, donde el ethos y otras motivaciones importan, Adolfo Gilly dixit.

Ello explica que, siendo politólogo de profesión, no salga de la lógica de la existencia de dos lados en la lucha política mexicana: liberales y conservadores, cuando el asunto es mucho más complejo que esa simpleza interpretativa del quehacer político de una sociedad como la mexicana que pasó por una guerra sanguinaria -la revolución mexicana, a la cual sigue por episodios de personajes- para avanzar hacia los derechos sociales y su incorporación al capitalismo industrializado en la primera parte del siglo XX y de ahí a la globalización

Todo esto va porque Andrés Manuel López Obrador demeritó la observación hecha por Agustín Carstens, exsecretario de Hacienda, exgobernador del Banco de México, y hoy en día gerente del Banco de Pagos Internacionales, cuando advierte que “muchos sectores que sufren ahora, no se van a recuperar (…) muchas tiendas sencillamente no van a sobrevivir”, señalando que ante la prolongación de la pandemia de COVID-19 y una lenta recuperación económica, lo que sobrevendrá será la quiebra de muchas empresas.

El presidente de México de plano dijo que eso no pasará en el país y que seguramente Carstens estaba haciendo su comentario para explicar que, a pesar de los apoyos dados por los gobiernos al sector privado en otras partes del mundo, habrá estas quiebras y los gobiernos de paso quedarán endeudados. En el país, por el contrario, ya vamos en recuperación de empleos y levantando la economía. Vaya hasta no soportó el escenario de dificultad económica que prevé CEPAL, a quien de plano dijo que sus técnicas de evaluación están en desuso… porque no emplean la de López Obrador, la que quiere medir felicidad y no Producto Interno Bruto.

Pues alguien de su equipo debiera informarle a AMLO que en todos estos meses miles de empresas quebraron, no pudieron sostenerse. Y muchas más quedaron tan debilitadas que no les ha quedado margen para nadar solos si se llega a nuevos confinamientos o restricciones por la continuidad de la pandemia o su aumento o la economía no se dinamiza lo suficiente para que el consumo se eleve. El presidente debiera bajarse de su nube.

El Banco de México confirmó que la situación será difícil para los próximos años: tras el paso de la pandemia de Covid-19, la recuperación económica del país será difícil y prolongada, además de que estará sujeta a incertidumbre. Estimó que la etapa de la recuperación podría durar de dos a seis años o incluso hasta una década si se considera el PIB per cápita. Incluso prevén rebrotes, pronto, porque no hay disciplina para evitar contagios.

Para acabarla de amolar, hemos visto que el gobierno federal ha estado concentrando recursos, debilitando a los estados y apostando a los proyectos que cree AMLO que le funcionarán: el asistencialismo indiscriminado, donde se ha reportado corrupción entre sus propios funcionarios; y dos, destruyendo todo el andamiaje de financiamiento para todo tipo de actividades, como lo ha hecho eliminando fideicomisos sin ton ni son. La cosa era que él tuviera el dinero a la mano.

Y sobre el no endeudamiento, qué me dice de la emisión de bonos por mil 500 millones de dólares a cinco años, a una tasa de 6.9 por ciento, por PEMEX; dinero prestado a una tasa muy alta, porque no es una empresa rentable. Ya ni decir de todos los préstamos que le ha hecho el Banco Mundial al gobierno de AMLO.

Ahora le pregunto. Usted a quién le cree.