Al subir al avión vi a un niño como de cinco años de edad, sentado en mi lugar. Se estiraba entusiasmado para alcanzar a ver por la ventanilla. “¡Mira, mira papá, el ala… una grúa… mucha gente!”, le gritaba al hombre que estaba a su lado.

“Ya llegó el señor, córrete a tu asiento”, le dijo el padre al verme cerca. El niño me escaneó con su vista, luego miró a su papá con un dejo de tristeza.

“Si desea puede quedarse ahí”, dije.

“¿De verdad? ¿No hay problema?”, preguntó el progenitor un poco apenado.

“Está bien, puede quedarse ahí, veo que le gusta ese lugar”, no pude hacer otra cosa ante el entusiasmo de un niño que goza ver a través de una ventana del avión. El pasillo estaría bien para mí.

Fue un buen acomodo para todos: el niño en el asiento elegido por él mismo, el papá al lado de su hijo curioso y yo al lado de dos seres felices.

El avión comenzó a moverse lentamente para perfilarse a la pista de despegue.

“¡Ya nos vamos!”, dijo el niño con cierto nerviosismo.

El avión tomó velocidad para despegar, con las vibraciones correspondientes que aumentaron su nerviosismo del niño. Pero en cuanto tomó la mano de su padre su risa fue aumentando de manera proporcional a la velocidad del avión mientras su pequeño cuerpo quedaba pegado al respaldo ante la velocidad alcanzada por el aeroplano. Ahora las vibraciones le divertían, pues hacía vibrar su voz con un “aaaaaah”, que sólo se veía interrumpido por la risa que esto le provoca, para después repetir el “aaaaaah”.

Ya en el aire, el papá le ofreció la tablet.

“No le des eso, pues ya no va a ver nada sino sólo la pantallita”, ordenó cariñosamente la abuela del niño desde la misma fila de asientos, pero del otro del pasillo.

“Es verdad”, reaccionó el padre, “mejor disfruta del vuelo”.

A partir de entonces el niño se mantuvo atento y divertido ante cada estímulo: la luz que se intensificaba y luego desaparecía en la cabina cuando el avión atrasaba una zona nubosa: “¡Wow, cuánta luz!”, “Se fue la luz”, “Ya llegó la luz”, repetía entusiasmado ante la aparición de las luces y las sombras.

La reacción ante las turbulencias: risas nerviosas y un “¡no manches!” espontáneo

La estabilidad del avión favorecía su espíritu explorador: “¡Papá, mira un dragón invisible!”, “¡Papá, mira un monstruo!” …, decía señalando las figuras en las nubes.

Para él todo era sorpresa, novedad, gozo, expresado con toda libertad. Su voz sobresalía entre el silencio de los adultos de aquella cabina

“Si gusta le cambio mi lugar para que mi nieto no lo moleste, no va a dejar de hablar, así va a ir todo el viaje”, me dijo la abuela del niño con cierta pena.

“No me molesta. Al contrario, me alegra su alegría”, respondí con honestidad.

Momento después el piloto anunció que en breve comenzaríamos el descenso.

“¿Ya vamos a bajar?”, le preguntó el niño a su padre.

“En un ratito más”, respondió este.

“Pero me agarras la mano, ¿eh?”, replicó el niño.

“Sí, claro”, fue la respuesta del padre.

Sí, para el niño todo fue motivo de festejo, asombro, novedad, alegría. Miraba para un lado, para el otro. Todo lo que pasaba por su vista es motivo de comentario. Todo esto en medio del silencio de los adultos que dormían, escuchaban música, veían una pantalla, leían un periódico, perdiéndose el espectáculo del cielo y su pincel que iluminaba la cabina, adultos que miraban al vacío, como haciendo cálculos, como planeando algo, o sea viviendo en el futuro, ninguno con el entusiasmo del niño que gozaba al vivir en consciencia plena el presente con toda su belleza.

“¿En qué momento dejamos de sorprendernos, de divertirnos, de gozar, de movernos, de jugar, de imaginar, de expresarnos libremente, de tomarnos de la mano? ¿Por qué ya no buscamos, exploramos, jugueteamos, reímos? ¿Por qué dejamos de ver dragones y monstruos en las nubes?”, me pregunté. “Porque crecimos, y le dimos la espalda a lo bueno de la infancia, la dejamos atrás, renunciamos a ella en lugar de integrarla a nuestra personalidad adulta”, me respondí mientras me ponía de pie para bajar del avión y el niño me decía: “Gracias señor”.

Un niño experimentando la seguridad que la protección del padre le proporciona, no sólo activa su capacidad de exploración, imaginación y sorpresa, sino también de gratitud.

Le di el paso a él y a su papá. Salieron del avión previa inspección de la cabina de pilotos que el niño quiso conocer.