Dos años de pandemia, la reflexión obligada

Una vez que arribamos a diciembre, no podemos dejar de relacionarlo con la aparición nada gratificante de una pandemia terrorífica que aún domina nuestras vidas. Este mes estaremos celebrando, con entusiasmo y grandes emociones, la llegada cada vez más cercana de la Navidad y el Fin de Año, pero también celebraremos que… ¡Estamos vivos!

Bajo este contexto de acoso de enfermedad y muerte, que el coronavirus ha traído a la humanidad, este cierre de año hará obligado un momento de profunda reflexión y de toma de conciencia acerca de lo que la pandemia nos está dejando. Ahora más que nunca sentiremos la congoja y añoranza por los vacíos en la mesa de la cena navideña, el tormento por los recuerdos y sonrisas de los seres queridos que la enfermedad arrebató y para muchos hogares, incluso, el dolor por el empleo perdido.

Diciembre siempre se ha caracterizado por ser tiempo de ilusión y esperanza, por ser tiempo de mayor sensibilidad y disposición solidaria para con los demás, por ser tiempo de familia y de bondad, tiempo de recuento de lo bueno y lo malo que la vida nos dejó. En este mes, sin lugar a dudas que el espíritu de las fiestas de Navidad y Año Nuevo se salpicará de sentimientos de ausencia, de vacío en el corazón, de miles y miles de hogares hundidos en la orfandad.

Y precisamente en este recuento de daños y pérdidas por las restricciones sanitarias, no podemos dejar de pensar en las afectaciones económicas que el cierre de actividades productivas registró, como los empleos que varias fuentes de trabajo se vieron precisadas a disminuir o los daños colaterales que el confinamiento provocó. Triste será recordar cómo nos vimos obligados a dejar las calles, las plazas, la oficina o el taller, cómo debimos cerrar las escuelas y dejar a nuestros chicos y chicas en casa, cómo nos aislamos del mundo.

Hoy a casi 24 meses del primer caso de coronavirus en Wuhan, China, el virus se vuelve en nueva embestida amenazando la vida social, laboral y escolar, con la aparición prácticamente en todo el mundo de la variante Ómicron, gestada en el sur de África. Nuevamente se han encendido las alertas en todos los países, por la advertencia de la Organización Mundial de la Salud al calificar de “muy preocupante” a la nueva mutación, sobre todo por su aparente resistencia a las vacunas conocidas y su capacidad de dispersión y contagio.

En Europa y Estados Unidos ya se han anunciado restricciones de vuelos y de actividades sociales, al parecer se visualiza una vuelta al encierro en tanto se determina el grado de fatalidad de la variante y la gravedad de los daños a la salud. Esperemos que el relajamiento de las medidas sanitarias no amplié el espectro de riesgo y ponga en peligro la vida de nuestra sociedad, pues ya el registro de muerte por causa de la pandemia supera los 13 millones de caídos en el mundo, en México casi 300 mil y en Guanajuato ya más de 13 mil 500.

Lamentablemente también son tema de obligada revisión los vacíos o pérdidas educativas, el retroceso en los aprendizajes y las inconsistencias técnicas y metodológicas del sistema escolar, pues no se puede estar pensando y operando los procesos de enseñanza, bajo el mismo esquema curricular, como si la escuela nada hubiera cambiado, siendo que la escuela de los tiempos previos a la pandemia ya no existe y hoy la realidad escolar amerita una redefinición metodológica, de estatus de contenidos y de personalidad de estudiantes y maestros.

Este fin de año amerita que los estrategas gubernamentales integren la mayor cantidad de información que les permita estructurar un diagnóstico situacional muy realista y certero, para que se pueda diseñar un paquete de estrategias y proyectos disruptivos que enruten a los sectores productivos, sociales, culturales y educativos hacia los cambios radicales que las afectaciones demandan.

La capacidad de un estadista consiste en ejercer el poder con sabiduría para consolidar una sociedad exitosa y culta.