Doña Lucía dio a la historia de Guanajuato, ejemplo de que la empatía es una virtud que late en el corazón de la mujer que enseña

La sensibilidad de una mujer que no solamente cuida la vida que nació de sus entrañas, sino que aprendió a devolver la salud y siente cada día palpitar el motor de la vida en sus manos, cuando atiende la aflicción que produce el dolor; dio a la historia de Guanajuato, ejemplo de que la empatía es una virtud que late en el corazón de la mujer que enseña que el amor es cuidado pero también empatía y solidaridad.

Tomar el lugar de quien le infligió el dolor más grande que una madre puede recibir, es una conducta que devuelve la fe en que la humanidad que cultiva el valor y lo asume con toda su crudeza; mostrando que aún en el sufrimiento más agudo, debe mostrarse amor a la gente, a la memoria del ser amado y de manera especial, a las instituciones que tienen la elevada misión de engrandecer el espíritu, para que haya luz en la conciencia y el corazón.

Que mejor tributo puede ofrecer un corazón lacerado, que recibe el cariño sincero de quienes desearan con el aliento aliviar la inconmensurable pena, que el joven grito desgarrador que llama contra la tragedia, que inmoviliza y llena de dolor. Doña Lucía sabe que el tormento que le lastima, hiere también a otros seres, que ven destrozada una joven existencia producto de su amor a la vida.

Aún en el inmenso dolor propio, le mueve la aflicción de un semejante que también, en la flor de la vida, tiene la desgracia de perder la libertad y generar pena, a causa del sufrimiento que inflige, con el arrepentimiento que no devuelve lo perdido.

 Lo que más conmueve, es la grandeza en la adversidad de doña Lucía; la vocación solidaria con el semejante y el llamado maternal de quien tiene ahora, por el sacrificio de su hijo, la oportunidad de ampliar el destino de su amor a cientos, quizá a miles, que aprenderán de la grandeza de su alma.

Con gran serenidad, habló del perdón del alma; de la pasión por la universidad y su elevada misión. No destruir, respetar y amar el legado que los guanajuatenses, miles de ellos anónimos, han entregado, para que sus hijos aprendan a amar en paz y, a honrar la virtud,  con que esa mujer ejemplar, nos hace estremecer.

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