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Cuca Domínguez

Salamanca.- En la comunidad Mesa de los Aguirre, del municipio de Salamanca, viven don Gabriel Valtierra Yépez y sus 35 chivas. Cuando era joven, llegó a tener un centenar de ella. Ahora, a sus 88 años de vida, cree que “se le está acabando el recorrido” y no podrá cuidarlas más.

Don Gabriel no puede atender la cuarentena por el coronavirus porque sus animales tienen que salir a pastar y alimentarse.

“Tengo rato que no bajo, por lo mismo que ya no me dejan salir solo. Y faltan recursos económicos (…) Yo creo que ya vamos a dar por terminado porque ya no podemos seguirle, yo creo que nada más esta temporada, si Dios me da licencia”, explica mientras no pierde de vista al rebaño.

Don Gabriel es beneficiario del apoyo federal para adultos mayores. Pero fue la venta de sus chivas la que le permitió mantener a sus 15 hijos desde la muerte de su esposa.

“Hubo necesidad de venderlas, de darles un buen baje cuando murió mi esposa (…) Cuando dan fruto, dan, pero como ahorita que es tiempo muerto, es difícil, no alcanza para nada”, reconoció Don Gabriel, y agregó que la vida está cada vez más cara.

Mesa de Aguirre se encuentra a más de 15 kilómetros de Salamanca. Hasta la comunidad han llegado las medidas de prevención, la advertencia de quedarse en casa, porque como dice don Gabriel, “viene la peste”.

“Según es muy fuerte, pero qué vamos a hacer. Lo único es encomendarnos al todopoderoso, al que nos dio la vida. Si ya el destino es así, pues ni modo. (…) Tenemos la necesidad de salir, yo con estos animales, ¿tenerlos encerrados?, no”, manifestó firme.

Pese a su edad y la pérdida parcial del oído, Gabriel Valtierra aún se siente con fuerza para seguir trabajando. Luego de que sus hijos crecieran y dejaran el pueblo, sus animales son lo único que le queda.

DM

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Interacción humana en tiempos de COVID-19

Su vecina, la señora Ana María dice que lo urgente es que personal médico le haga una valoración pues está solo, casi no ve y le duelen mucho los pies

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Fotos: Cuca Domínguez

Cuca Domínguez

Salamanca.- Don Pánfilo Amezquita, es uno de los miles de casos que hay en el país de abandono de adultos mayores. Cada uno con su historia, con su pasado, con su difícil presente y futuro que hoy la pandemia del COVID19 hace más evidentes. Este hombre de 82 años habita un viejo camper que se moja cuando llueve y donde carece de los más elementales servicios.

De acuerdo al INEGI, en el país hay poco más de 15.4 millones de personas de 60 años o más; de las cuales, 1.7 millones viven en solitario; de acuerdo al Consejo Nacional de Población, existen por lo menos 13 millones de personas de más de 60 años que sufren abandono.

Don Pánfilo es un hombre que trabajó en diferentes empresas, incluso cotizó para el IMSS, al que estuvo afiliado; pero hoy no se sabe si pudiera tener derecho a una pensión, porque “nunca puse atención; hoy no tengo ningún papel, antes incluso me cambie el nombre, me llamaba Rogelio y luego me puse Pánfilo”, narra el hombre sentado al borde del bordo del río Lerma.

Admite que tuvo varias mujeres, pero solo se casó una vez, allá en la unión americana, donde tuvo un hijo, una familia, de que ya no supo, luego de que la mujer se fue con otro.

La empresa para la que trabaja como velador desde hace 2 años le prestó un camper, que con el paso y las inclemencias del tiempo se ha deteriorado y ahora vive hacinado, apenas con el apoyo de familias vecinas que le llevan alimento y las visitas de los niños que recorren la zona en bicicletas y a lo lejos le saludan.

Hoy don Pánfilo recibió la visita de un grupo de jóvenes de la asociación civil ‘Juntos Más Fuertes’, de Celaya, Gto, entre ellos Jorge Enrique Velázquez, ingeniero civil de profesión y Alejandra Gutiérrez, originaria de Salamanca quien ubicó las malas condiciones en las que habita este señor y por ello iniciaron la limpieza de su camper del que sacaron cosas que no tenían uso y estaban generando problemas; ahora requiere de impermeabilizante, material para construcción y artículos personales como ropa pantalón talla 32, zapatos del número 27, entre otras cosas para mejorar su hábitat y su persona.

Por su parte la señora Ana María Muñoz, vecina del adulto mayor y quien hizo pública su situación, dice que lo urgente es que personal médico haga una valoración a don Pánfilo, porque aunque no es diabético, ni hipertenso, hoy le duelen mucho sus pies, al parecer está reteniendo líquidos, pero no ha ido al médico y no saben qué medicina tenga que tomar, por lo que espera que algún profesional de la medicina pueda atenderlo.

“Él casi no ve desde que dice que le picó una araña, tampoco se atendió y no quisiéramos que pase a mayores porque está solo la mayoría del tiempo, no tiene a nadie a quien acudir”, aseguró.

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Interacción humana en tiempos de COVID-19

Lisandro y Cristela planeaban un viaje por Europa tras su matrimonio en Argentina, pero el virus les frenó todo. Ni siquiera su aniversario de boda pudieron celebrar juntos, quedaron varados en distintos lugares

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Óscar Jiménez

León.- Para este día, Lisandro Luque y Cristela Garnier estarían ya, ‘degustando’ de la nueva vida que tanto les había costado planificar. Quizá estuviesen frente a la Basílica de la Sagrada Familia o frente a alguna de las grandes obras de Gaudí de Barcelona. Pero no, se han tenido que quedar en casa… y separados.

Hace 5 años, Cristela y Lisandro se conocieron; hace justo 3, se casaron, y desde hace un tiempo, habían considerado un viaje sin retorno: dejaron todo en Argentina para cruzar el océano y llegar a asentarse a Barcelona. No había de por medio, tickets de regreso.

Pero cuando la cuenta regresiva ya taladraba las entrañas, se recibió la peor de las noticias: la pandemia por coronavirus había arreciado y se había extendido por el mundo de tal manera, que en las provincias argentinas ya estaba ocasionando cerrojazos. De los aeropuertos y sus conexiones internacionales, ni hablar.

“Ya veníamos proyectando un viaje sin retorno. Nos queríamos instalar en Europa, con fecha de salida el pasado 24 de marzo. Obviamente, nuestro vuelo se canceló y nos tuvimos que quedar en Argentina”, cuenta Lisandro tras conocer que la aerolínea había cancelado de momento, el vuelo con el que pensaban llegar a instalarse en el Viejo Continente.

Según las estimaciones, el viaje no podrá concertarse antes del mes de junio, cuando se podrían reabrir los vuelos intercontinentales. Eso también lo supieron Cristela y Lisandro de manera paralela al caer en cuenta de que, además, su aniversario de bodas (el pasado 01 de abril) no lo pasarían ni en España, ni tampoco juntos.

Y es que las restricciones del gobierno argentino se dirigieron al cierre de las fronteras también internas, y de la visita que Cristela había planeado con su familia a Entre Ríos y Lisandro con los suyos a Corrientes, ya no pudieron regresar. A cada uno le tocó el cierre del paso en sus pueblos de origen, por lo que no pudieron reencontrarse en Buenos Aires para volar, tal como lo habían planeado.

 “Con la particularidad de que días antes habíamos quedado de cada uno visitar a su familia. Pero el gobierno cierra las fronteras y no se puede cruzar de provincia a provincia o de estado a estado. Estoy aquí separado de mi esposa”.

“Mi mujer está en la casa de su madre, también sin poder salir, pero al menos hay tiempo para pasar con la familia”, narra de la manera más optimista, Lisandro.

A partir de entonces, ha surgido la comunicación mediante los medios digitales e incluso, con posteos que les recuerdan fechas especiales de pareja, como aquel del pasado 24 de marzo, donde Cristela Garnier contaba por Instagram lo que ha significado otra dura espera; “Hoy tenía un vuelo programado y era quizás el más especial de todos. Este pasaje sería lejos y sólo de ida, algo para lo que me estuve preparando por mucho tiempo”.

Al final, la espera podría valer la pena porque todo se resume al volar, según Cristela; “Descanso en mis raíces, tomo impulso porque quiero volar alto, muy alto”.

DM

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Interacción humana en tiempos de COVID-19

Sofía es originaria de Guanajuato pero vive en Holanda; hace unos meses fue mamá y ya tenía planeado viajar de regreso con su familia para presentar a la nueva integrante, pero la pandemia no se los permitió

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Óscar Jiménez

León.- Cuando llegue el momento de poder ponerle fecha a los boletos rumbo a México, la hija de Sofía ya será mayor; no de edad, porque seguramente ni siquiera habrá cumplido el año de vida, pero sí dará ‘un estirón’. Lucirá más grande, y entonces, sus abuelos en Guanajuato, podrán conocerle. De paso, le regalarán a Sofía uno de los días más felices de su año.

Desde hace dos años y medio, Sofía se mudó con su novio a Holanda, dejando todo lo que pudiese dejar quien opta por no temerle a los desafíos de la vida. Hace casi cuatro meses fue mamá, y ahora, la pandemia de coronavirus que ha arrasado en el mundo, también le arruinó los planes.

Sofía y su pareja habían acordado viajar a México luego del nacimiento de su hija, con el único fin de que la otra parte de la familia pudiera ‘jalarle los cachetes’ o juguetear con las manos (o cualquiera de esas cosas que hacen las tías y abuelas) ante la emoción de conocer a un nuevo integrante del árbol genealógico. Sin embargo, a partir del 27 de febrero pasado, la oportunidad se desquebrajó… y tendrá que esperar con boletos abiertos de avión.

“Fue realmente triste. Me pesó mucho y ya lloré demasiado porque yo ya me hacía en México y me urgía que mi familia ya abrazara a mi bebé. Nos marcamos todos los días, y yo les marco cuando allá son las 7 de la mañana y mis papás despiertan con un video de la bebé y platican con ella”, cuenta Sofía sobre lo que ocurrió luego de aquel día en el que el gobierno holandés anunció medidas mayores para frenar la expansión del virus. En pocas palabras se cerraba todo: restaurantes, tiendas… y aeropuertos.

Luego vino la travesía de gestionar el cambio o bonificación por los boletos de avión; Sofía fue víctima de la saturación con la que ahora operan distintos servicios de atención a clientes por teléfono. En alguna ocasión tardó más de una hora y 20 minutos en la línea, y sería hasta después, tres días antes de la fecha acordada de vuelo en la que recibirían una respuesta ‘decente’: no habría vuelos pronto y la mejor opción era tener boletos abiertos. Así, tendría que esperar el añorado acogimiento de unos abuelos para con su nueva nietecilla.

“Ahora dejamos nuestros boletos abiertos, pero no sabemos para cuándo. Acá todo puede acabarse en dos meses, pero quizá en México la situación se alargará dos meses y medio más o tres”, señala Sofía, que vio a su madre por última vez durante cinco semanas que le apoyó en el proceso de dar a luz.

Ahora, sólo resta encarar con firmeza el paso del tiempo en medio del caos por el virus, intentando evitar toda posibilidad de contagio que pudiese afectar a su hija… y esperar, esperar y esperar, para cuando las conexiones aéreas vuelvan a la normalidad. Hasta entonces, no habrá pasado el mejor día del año para Sofía; “Ya llegará el momento que nos veamos… cuándo, no sé, pero cuando me confirmen el vuelo será uno de los días más felices de mi año”.

DM

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