Para que las instituciones sigan en ruta continua, la culminación del proceso electoral, llega a su fin y, con él, es deseable que se abra un compás de espera a favor de la paz social, para que la reflexión tome el lugar que le corresponde y comenzar, un proceso realmente evolutivo en la vida social.

Aún cuando el proceso de desarrollo de toda sociedad, está determinado por el cambio como constante de la vida cósmica; en lo que podemos advertir, suele suceder que las modificaciones en la vida social y, en el mundo material, son en ocasiones más aceleradas, como ocurre con el progreso científico y tecnológico que nos toca gozar o sufrir, o ambas cosas.

Empero, es indispensable pensar que aun cuando se afirma que la guerra es la madre de todo cuanto existe, los humanos requerimos de algún espacio de paz, para continuar como seres vivos, experimentando el curso de la realidad.

La violencia trastoca el curso considerado normal de la vida individual, lo mismo que los accesos a la libertad y la felicidad, consustanciales a la naturaleza humana. Vivir en los márgenes tolerables de la irracionalidad, sin perder totalmente la cordura, es indispensable, para reanudar el ciclo vital que corresponde a la actual generación que, en ocasiones, parece decidida al suicidio.

Qué hacer con la pérdida de racionalidad en el número creciente de hombres y mujeres, es un problema que nos atañe a todos, por más que no hayamos tenido la desgracia de sufrir las consecuencias, cuyos efectos, por más que lo ignoremos, están cada vez más cerca de lastimarnos.

Las escenas de violencia, que nos muestran cada día con mayor crudeza los medios de comunicación, parecen impactarnos cada vez menos y, ello, contribuye a colocarnos cada vez más cerca de perder la cordura y llegar a excesos que en otras circunstancias nos parecerían reprobables e indignos de protagonizarlos.

Debe crecer la convicción en la sociedad, de lo que significa la paz social y el esfuerzo común necesario, para revertir una serie de tendencias destructivas; de lo que hemos dejado de las “buenas costumbres”, que llegaron a regular la conducta social. No debemos creer sin límites que todo tiempo pasado fue mejor, pero ser conscientes, de a dónde nos lleva el camino por el que distraídamente caminamos.

Quienes se dedican a la política y aspiran a conducir los destinos de la sociedad, habrán de darse un respiro y hacer un examen, a conciencia, de lo que se debió hacer y por incapacidad o negligencia, se abandonó. Tomar conciencia de lo el deber nos manda, con humildad, pero con suficiente conocimiento, de la trascendencia de las faltas cometidas, por acción u omisión, en nuestra conducta ciudadana.

Más aún, tomar el trabajo de fomentar la ciudadanía militante e impulsar y no combatir, el acceso de los mejores ciudadanos, a los cargos de dirección social. Este puede ser buen tiempo para que, sin abandonar la vocación, nos exijamos la práctica constante de la autocrítica, con el fin de superarnos como miembros de una comunidad, lastimada severamente, con muchos de nosotros, al borde de la insania o en camino de ella.