En inteligencia, autoridad moral, congruencia, cultura y en muchos otros valores y capacidades, hay mucha diferencia en ver a Andrés Manuel López Obrador en el balcón de Palacio Nacional dando El Grito, o en el templete observando el desfile militar, que si estuviera en esos mismos pódiums, Carlos Salinas, Vicente Fox, Enrique Peña Nieto o Felipe Calderón. Solo las miradas obnubiladas por algún sectarismo ideológico, algún privilegio perdido, o por intencionalmente olvidar la historia nacional de las últimas décadas podrían negar esa realidad.

Tan solo aquí en Guanajuato, de donde uno es oriundo, y además por el seguimiento que desde este oficio del periodismo por deber profesional se tiene que dar a personajes públicos, sin mayor dificultad se puede aseverar lo que cualquier persona sensata sabe: que entre el primer mandatario nacido en Macuspana, Tabasco, y el expresidente de San Francisco del Rincón, no hay comparación alguna. A la vuelta del tiempo los hechos muestran lo deshonroso que alguien como el señor Fox haya sido investido con la banda presidencial, erigido como jefe supremo de las Fuerzas Armadas y proclamando vivas a los héroes y símbolos patrios.

Sin embargo, aun cuando entre el actual presidente de la República y sus antecesores inmediatos hay alturas y distancias insalvables, al observar la  transmisión televisada del desfile militar este 16 de septiembre, así pueda haber menos acartonamiento, ya no  pongan voz de conductores de noticieros que antaño eran  tratados como dioses por  gobiernos y audiencias, se perciba más sobriedad institucional, o intento de dar  mayor frescura a  las formas, hay un trasfondo del pasado que  sigue instalado en el presente.

Ese despliegue espectacular de soldados, vehículos todo terreno, aviones, helicópteros, tanques, fusiles, fuerzas especiales con camuflajes para selvas y desiertos adiestradas en descensos y ascensos inverosímiles, lanzagranadas que penetran blindajes, acrobacias aéreas, paso marcial preciso, uniformes pulcros, coros castrenses de arrojo y amor por la patria… hacía recordar tiempos en los  que la televisión era el púlpito nacional, y a través  de ella se formaban los grandes mitos y  se divulgaban las percepciones que el poder civil necesita masificar en la población para sostenerse y legitimarse. Hay quien me ha relatado lo que es contemplar desde abajo del balcón presidencial el desfile y describen lo impresionante de esa pasarela del poder militar.

Sin embargo,  en tiempos cuando la TV ya no  consigue  monopolizar el discurso de lo que es nuestra realidad, ese apabullante poderío bélico termina siendo una especie de película escénicamente atractiva, pero ajena a lo que vivimos todos los días, y al final de la cual buena parte del auditorio se pregunta ¿Y todo eso qué tiene que ver con nuestra tragedia en materia de seguridad? ¿Cómo es que tenemos todo eso y somos uno de los países más violentos del planeta?

Y es que resulta muy difícil de comprender como teniendo tanto arsenal, tanto adiestramiento, tantas tropas,  tanta infraestructura, el sentimiento que prevalece entre los ciudadanos es que la delincuencia y el crimen organizado  tienen doblegados a los gobiernos.

Cualquier televidente mínimamente informado y preocupado por lo que pasa en su entorno, lo primero que se pregunta es en donde están todos esos elementos  y arsenales a la ahora de las ejecuciones, de las masacres, de los desaparecidos, de los muertos inocentes, del tráfico de armas, del crecimiento exponencial de adicciones y fanatismos por el dinero fácil.

Quizá se contesta que esos soldados están haciendo aeropuertos, transportando vacunas, refugiados, médicos, edificando cuarteles de la Guardia Nacional, o ayudando a reconstruir viviendas en zonas de desastre. Pero el punto fino es que mientras se fortalecen esas funciones sociales del ejército,  al mismo tiempo no se muestra suficiente eficacia en el combate a la inseguridad y en detener el avance del crimen organizado que controla territorios y se enquista en instituciones y poderes locales.  

Quienes en la televisión describen los contingentes, hacían mucho énfasis en algunos detalles de corte humano, como que en algún despliegue del Plan DN-IIIE se rescató del naufragio a un niño,  eso es altamente significativo, pero la expectativa  que se tiene de la institución castrense, siempre en el marco del respeto a los derechos humanos, no se reduce solo a que las tropas obtengan logros como buenos rescatistas.

López Obrador, tiene en el tema de la seguridad quizás uno de sus flancos más desafiantes. Su compromiso de ‘serenar el país’ es uno de los que  muestran menos avances. A tres años de apostar a que becando estudiantes, subsidiando muchachos desempleados o a que la inserción de comunidades en programas como ‘Sembrando vida’ ataquen las causas de la delincuencia e inhiban la cooptación de jóvenes a ese mundo sórdido, tal parece que no está dando los resultados esperados, más allá de las estadísticas oficiales eso se percibe en el pulso de la vida diaria.

 Al arrancar la segunda mitad de su mandato pronto sabremos cuál es en definitiva el legado que alcanzará a dejar el presidente en esa materia. Lo que ya resulta claro luego de tres años, es que  tratándose del tema duro y complejo de la inseguridad y la delincuencia organizada, ese ‘pueblo’ en el cual él deposita su fe, no atiende salmos bíblicos, ni exhortaciones al abrazo…