Un día antes de la marcha, un globo aerostático sobrevoló la Ciudad de México con un mensaje: “10 feminicidios diarios. Ninguna en el olvido”. En la mañanera de López Obrador la pregunta fue quién estaba pagando ese zepelín.

Se prepara una megamanifestación de mujeres exigiendo sus derechos y el presidente dice que son títeres de grupos conservadores que quieren hacerle daño a su gobierno, cuando solo en enero de este año 75 mujeres fueron víctimas de feminicidio y el año pasado se registraron más del doble de mujeres asesinadas que en 2015.

Desde dos días antes de la marcha feminista, el presidente López Obrador y su jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, infunden mensajes de miedo para disuadir la asistencia a la manifestación, diciendo que habrá violencia y terror. 75 mil mujeres llenaron el Zócalo. No se dejaron amedrentar.

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En los minutos previos a la manifestación, el secretario de Gobierno de la capital del país, Martí Batres, atiza el fuego y tuitea que mujeres policías “aseguran un conjunto de cohetones que llevaban algunas personas embozadas para introducirlas a la marcha”. Eran de los que sacan humo de colores y se usan en las fiestas para conocer el género de los bebés.

El palacio presidencial de Ucrania no tiene la protección que instaló López Obrador en su Palacio Nacional. Generales del gabinete de seguridad supervisaron personalmente la imponente muralla de acero levantada con motivo del 8-M. Uno, en Kiev, está en medio de los bombardeos rusos. El otro, en Ciudad de México, sólo tenía una manifestación de mujeres.

Del tamaño de la valla es el tamaño del miedo, rezaba una de las consignas en la marcha del martes 8 de marzo. Nunca mejor dicho. Andrés Manuel López Obrador ha levantado dos vallas de proporciones mayúsculas con respecto a las mujeres en este país.

La primera, física, real, una valla “alta y fuerte” como la describió el propio presidente, que protege Palacio Nacional y ya se hizo costumbre los 8 de marzo. Las mujeres la convirtieron en un gigantesco lienzo, en un espacio en blanco para plasmar frases, fotos de mujeres asesinadas, desaparecidas. La convirtieron en el espacio de expresión que el gobierno ha intentado limitarles a toda costa: “México Feminicida”, en letras gigantes frente a la puerta Mariana de Palacio Nacional.

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La segunda valla, la más sólida, es la inaccesibilidad del Presidente. López Obrador ha decidido amurallarse. Para él no existe el movimiento feminista. No existe una legítima demanda. No escucha sus voces. No vio los ríos de mujeres pidiendo seguridades básicas. Para él, las mujeres son parte de una corriente con un objetivo único: desestabilizarlo. De ahí no hay quien lo saque. Voltea para otro lado, contesta con frases preparadas, lleva la conversación a su zona de confort. No existe interlocución, ni con él ni con su gobierno. De ese tamaño es el miedo.