Opinión Parentalidad

Dejar de presionar en medio de la pandemia

Estamos a un año de la pandemia de la Covid-19, un virus que nos tomó por sorpresa, desatando escenarios antes sólo imaginados en novelas y películas. Todo se trastocó. La situación obligó al despliegue de recursos de adaptación activa a la nueva realidad en todos sus ámbitos.

A un año del comienzo de esta pandemia, una de sus caras que me preocupa en mi rol de profesional de la salud mental es escuchar a más de un adolescente padecer la carga académica, malestar que apareció desde el primer momento en que la educación viró del formato presencial al virtual y que un año después no logra ser calibrado por los equipos docentes.

Les escucho decir que el formato online resulta cansado, poco motivador y excesivo. La carga del desempeño académico parece colocarse sobre sus hombros y si dicho desempeño es deficiente, son ellos mismos quienes han de cargar con la culpa, pues la responsabilidad del sistema educativo se queda de lado. Es decir, la falta de reconocimiento explícito por parte de quienes enseñan, acerca de su propio proceso de aprendizaje de los nuevos métodos que tienen que aprender para enseñar, se traduce en culpabilización –voluntaria o involuntaria– hacia el alumnado.

En espacios de diálogo caracterizados por la libertad, respeto y confianza le he escuchado decir a más de algún adolescente no sólo que la manera en que les enseñan no es la mejor, sino que el exceso de actividades y tareas extra académicas no sirve para nada. Y explican por qué razón: porque la presión que viven es mucha, porque el estrés llega a niveles tóxicos, llegando a quitarles el sueño; esto aunado a los propios retos, problemas y pérdidas múltiples por las que están atravesando (fallecimiento de gente significativa de su entorno, pérdida de empleo o riesgo de perderlo por parte de sus padres/madres, efectos dañinos propios del encierro y la imposibilidad de una vida social luego de un año, etcétera). Tienen razón, pues un cerebro estresado no está listo para aprender.

Me preocupa, también, escuchar decir a más de una mamá que su hija o hijo adolescente está cada día más irritable, impaciente, explosivo y que la fuente de su explosividad tiene mucho que ver con la presión que experimenta, sobre todo cuando se avecinan los periodos de exámenes.

Pero no sólo eso, sino que, en los grupos de WhatsApp, las mamás, más que los papás, suelen reportar crisis de angustia, signos y síntomas de trastorno de ansiedad, colitis, gastritis, dificultades con el sueño y la alimentación en sus hijas o hijos.

Parece ser que la cultura del rendimiento imperante tiene la expectativa de que estas y estos adolescentes sigan aprendiendo la misma cantidad de contenidos, a la misma velocidad y con la misma eficiencia que lo hacían antes de la pandemia, cuando el formato era presencial y no existían la gran cantidad de factores estresores que existen hoy.

No todas las y los adolescentes sufren y hasta enferman, pero algunos sí. Es urgente interpretar la sintomatología de estos como un lenguaje que busca comunicar que las cosas no van bien.

Cada adolescente tiene un canal de aprendizaje: visual, auditivo, quinestésico, etcétera. Algunos se han podido adaptar al formato online gracias a que coinciden con sus canales de aprendizaje, pero otros no. El problema es que la conclusión de algunos de estos es que son incompetentes o lentos por no poder cumplir con lo que el nuevo sistema online, con la nueva didáctica. Alguien debe decirles que la responsabilidad del desempeño no es sólo suya, sino también de sus adultos alrededor (docentes, padres, madres), y que las condiciones para el aprendizaje no están dadas de manera plena ante la adversidad que transitamos.

Necesitamos no perder de vista que la pandemia no se ha ido, sigue viva y con el agregado del desgaste, pérdidas, cansancio, hartazgo producto de un año de su vigencia. Necesitamos escuchar a las y los adolescentes (lo mismo que a las niñas y niños) para saber qué necesitan y construir junto con ellas y ellos los espacios, sistemas, métodos y dinámicas de vida cotidiana que promuevan su desarrollo posible en medio de la adversidad. Necesitamos ajustar las expectativas, donde la principal hoy debe ser: aprender lo necesario para salir vivos de la pandemia.

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