El fin de semana atestiguamos lo que hasta hoy queda registrado como el sótano de la degradación del debate público en México: en redes sociales se agredió personalmente a Jesús Ernesto, el hijo menor de edad del presidente de México. No hay manera de justificar los repetidos y crecientes embates contra un adolescente al que se le somete a un ataque permanente. 

Tras la embestida, en vez del deslinde, encontré muchas voces críticas del presidente intentando endulzar lo que a todas luces era la pública violación de los derechos de un niño, casi como sugiriendo que los errores de un adulto (el presidente) abrían la puerta para cobrárselos a un menor (su hijo). 

Nada, absolutamente nada, justifica el escarnio contra un adolescente. No importa cuál sea la motivación. Si su papá, el presidente de México, ha sido un mal gobernante, no es culpa de su hijo. Que López Obrador haya despreciado las quejas de los niños con cáncer no otorga licencia para vulnerar los derechos de otro niño. Si hay quien considera que la esposa del primer mandatario ha sido poco empática con la desgracia que sufren las familias que perdieron a sus hijos frente al covid, o frente a los niños que perdieron a sus familias por lo mismo, el reclamo no debe traducirse en hacerle bullying a su hijo. Si el papá cerró las estancias infantiles y las escuelas de tiempo completo, si el régimen ha fracasado en proteger a las niñas víctimas de violaciones y feminicidios, si la torpe estrategia de seguridad del gobierno ha generado episodios de tragedia infantil como la masacre de los niños Lebarón, si la 4T ha ensalzado a abusadores de menores como Naasón Joaquín, eso no justifica el ataque contra un menor. Si el obradorismo fue salvaje en sus agresiones a las hijas del expresidente Peña Nieto, tampoco eso valida la venganza. 

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Si el presidente y los suyos han perdido la brújula moral, lo peor que puede hacer la oposición y la opinión pública es acompañarlos por esa ruta. Hay tantas razones para formular una crítica sustentada que, como país, no podemos y no debemos caer en este juego sucio. Se puede ser un juez agudo de la gestión de López Obrador, denunciar sin concesiones sus fracasos y corruptelas, exhibir a los hijos mayores de edad del mandatario en sus vínculos políticos y económicos, sin tropezar en la bajeza de golpear a un menor de edad sólo por ser hijo del presidente. Eso incluso ofrece a López Obrador el beneficio de la cortina de humo y la oportunidad de la victimización. Con toda razón de padre indignado el presidente exclama: “el problema es conmigo”. 

El embate del fin de semana contra Jesús Ernesto no llega aislado. Porque si bien la mayoría de la crítica al presidente navega dentro del marco del respeto y los derechos humanos aun cuando enfrente no les acompleja rebasar esas fronteras, también es cierto que se ha creado una creciente ala radical antiobradorista que ha perdido el complejo de exhibirse racistas, clasistas, violando derechos y discriminando, negando desigualdades estructurales y cerrando los ojos ante una realidad lacerante para demasiados. Al hacerlo, terminan dándole la razón al discurso polarizador del presidente. Es la crítica que él quiere, es la oposición que él quiere. 

La imagen, de hecho, surgió de un video propagandístico, de culto a la personalidad, armado con producción y estrellas invitadas y difundido en medio del naufragio de la estrategia de seguridad para exaltar al presidente como héroe beisbolero mientras resonaba por todo el país la indignación por los jesuitas asesinados en la sierra Tarahumara. Al final, la inadmisible andanada es el mundo ideal para que López Obrador pueda seguir sin hacer nada, hablando de lo mismo.