De Paso

El PAN, la vergüenza de haber sido…

 

“Yo sé que no volverá más.

Tan torpe conducta puso en su inocencia

la altivez y el rencor.

¡Yo sé que no volverá más!

¿Por qué reprochármelo, palomas,

clamando allá arriba por la mano

que no retorna a acariciarlas?

“La vuelta al día en ochenta mundos”. Julio Cortázar.

 

En cuanto se supo la noticia del último arresto de Luis Armando Reynoso Femat, exgobernador de Aguascalientes, el PAN expidió un comunicado para intentar sacudirse a uno de sus militantes más conspicuos.

“Que cada militante sea responsable de sus actos”, dijo.

Pero eso no impide que a Reynoso se le identifique como partícipe de la cultura de este partido. Ni suprime el hecho de que buena parte de sus actos delictivos los haya realizado cuando gobernaba Aguascalientes a nombre del PAN.

La corrupción de panistas en el poder es uno de los principales problemas que tiene este partido y se niega, ya no digamos a resolver, ni siquiera a confrontar. Voltea la cara, tuerce la nariz y prefiere hacer como si no tuviera sus propios corruptos. Parece pudor, pero no pasa de ser disimulo.

En los últimos meses, el PAN le ha dado la guerra al PRI con eso del “Sistema Nacional Anticorrupción”. Primero, porque fue el que lo propuso para que se legislara, y luego porque Enrique Peña Nieto decidió adoptarlo.

Esto último, los líderes panistas lo han querido hacer pasar como “triunfo moral” del panismo, pero en realidad lo es del priismo. Así consigue éste un cómplice de calidad, el de mayor antecedente moralista, en la larga historia de simulaciones en el combate a la corrupción.

El PAN ha querido que esto le sirva para acreditar su compromiso con la honestidad en la tarea pública. Pero sólo ellos lo creen.

Los ‘moches’, comisiones y ‘diezmos’, así como el trafique de licencias para casinos, por sólo citar algunos de los hechos más vistosos, ilustran que en cuanto pueden algunos panistas son igual de corruptos que los priistas. Y a veces peores. No sólo negocian con el poder público, también le meten mano al cajón.

Ahora, cuando el PAN está frente a dos definiciones cruciales en su coyuntura, la renovación en las dirigencias nacional y estatal, antesala de la definición de los candidatos a presidente de la República y a gobernador, vuelve a vacilar con el asunto de la corrupción.

Dejar irresuelto este conflicto, sin atreverse a analizarlo colectivamente, a hacer un “mea culpa”, a asumir una dura política anticorrupción contra sus militantes que hagan mal uso de la representación pública, mantendrá débil al panismo. El PRI puede darse el lujo de no fijar una política como ésta, pero el PAN no.

Porque el panismo como doctrina fue la mala conciencia del priismo corrupto. Era un alma pura que acabó perdiendo la inocencia.

Antes de acceder al poder, que todo lo mancha, era la opción de la moralización de la política. Pero de eso hace ya más de 15 años. Dejó de serlo con Vicente Fox, el pragmatismo personificado, a quien la moral nunca le ha inquietado.

También está convertido en un problema de ‘moralidad’ el uso del puesto público que se ostenta para ir por el siguiente, conseguir más poder o conservar el que se tiene. Aunque parece recato, más bien se trata de un problema de publicidad. Es como la infidelidad: no existe mientras no se note o se haga ostentación.

Entre otros casos, está el del gobernador Miguel Márquez. Ahora que sus buenos resultados electorales lo ratificaron como dueño del PAN en Guanajuato y como probable candidato presidencial, procura no mostrar sus manejos e intenciones… aunque están a la vista de todos. Él pone al nuevo presidente estatal de su partido y mantiene sus giras proselitistas, día con día.

La cuestión que el panismo no resuelve es si quiere volver a ser la conciencia moral de la política mexicana. Peor, todavía, si puede. La mayoría entiende, más o menos, el carácter intrínsecamente corrupto de la política, y perdona menos la hipocresía.

Por lo pronto, está como en el tango ‘Cuesta abajo’, entre “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.

 

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