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José Argueta

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Los mendrugos de la política social

“Sarita me sacó del fango, porque antes de conocerla

el porvenir de la Humanidad me tenía sin cuidado.

Ella me mostró el camino del espíritu,

me hizo entender que todos los hombres somos iguales…”.

“La ley de Herodes”. Jorge Ibargüengoitia.

Al propio presidente Enrique Peña Nieto le asaltó el pudor, y se sintió obligado a desmentir a su secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles, a propósito de la lucha contra la pobreza.

Ella había dicho, con el aburrido reflejo del oficialismo, que su política social está funcionando, “y debemos seguir por ese camino”.

Pero no es cierto. Los datos del Coneval son abrumadores.

Fue por ello que Peña tuvo que decir que “es evidente” que la política social no ha servido más que para contener el avance de la pobreza. Pero ahora resulta que ni siquiera eso.

A despecho de la gran cantidad de dinero canalizado por los gobiernos panistas y priistas, la pobreza no sólo no disminuyó en el bienio 2012-2014, sino incluso aumentó, del 45.5 por ciento al 46.2 por ciento de la población.

Teníamos 53.3 millones de pobres y hoy tenemos 55.3 millones. Un incremento al cuádruple que en el bienio previo, 2010-2012, cuando el aumento de pobres fue de medio millón.

La política social no sólo se muestra fallida, sino ahora también irracional. Con aumentos presupuestales consistentes, resulta que a más recursos da peores resultados.

Entre  1990 y 2015 se han invertido 825 mil millones de pesos en los programas ‘Solidaridad’, ‘Progresa’, ‘Oportunidades’ y ‘Prospera’. Y mientras en aquel año el porcentaje de pobres era del 41 por ciento, ahora es cinco puntos porcentuales mayor.

El priismo no puede escapar de su propia trampa. Concebida desde el principio como estrategia para lograr un amplio apoyo político, la política social quedó atorada en los estrechos márgenes del asistencialismo.

Los panistas, en sus 12 años de gobierno federal y en los gobiernos estatales, han comprado la fórmula completa, buscando los mismos resultados clientelares. Por eso ahora comparten el fracaso.

El asistencialismo no es más que la reproducción de la dependencia de los pobres de la caridad oficial, y esto también reproduce la desigualdad política al crear una relación de superioridad favorable a quien tiene el poder de dar.

Por eso los pobres siguen siendo pobres. Sus hijos nacen condenados a reproducir el ciclo.

Además está el problema de la corrupción. Los programas oficiales destinados a combatir la pobreza, aparte de torcerse en busca de votantes y “acarreados” para los actos oficiales, son objeto de grandes rapiñas.

No sabemos en qué porcentaje hay robo de funcionarios de varios niveles desde que un peso sale de Hacienda hasta que llega a los pobres.

En el curso de la historia, todo se convirtió en una gran mascarada nacional. Al mismo tiempo que la pobreza crecía silenciosamente, los discursos oficiales se hacían más triunfalistas. Incluso con Fox y Calderón, le íbamos ganando a la pobreza…

De ahí la creación del Coneval, que mide la eficiencia de los programas sociales para evitar que los gobiernos nos siguieran mintiendo con sus estadísticas. Hoy, al menos, tenemos la ganancia de que nos encara con la crudeza de nuestra realidad.

Con más sorna que solidaridad, el Consejo Coordinador Empresarial señala que al ritmo en que va el combate a la pobreza se van a necesitar 200 años para acabar con ella.

Los más ricos de México también repiten su ciclo, esta vez el de la riqueza. Defienden una estructura política y económica que les conviene, e impide una repartición más equitativa de la riqueza y los recursos del país.

Sin asumir responsabilidad alguna, le dejan otra vez toda la carga al gobierno.

Ahí es donde el presidente tendría que hacer la diferencia.

El salario mínimo debe definirse conforme al supuesto constitucional de la suficiencia. Decidir el incremento fiscal a los que más tienen. Combatir la corrupción oficial. Reformar a la administración pública para elevar su  eficiencia…

Esta es la gran reforma del Estado que hace falta. Peña tendría que arriesgar ahí el capital político que le queda. De atreverse, podría ser su salvación.

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José Argueta

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Morena, puñal en mano

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Morena, puñal en mano

“El que no quiera ver fantasmas que no salga de noche”

Dicho popular.

Con los más clásicos recursos de la picardía política, Ricardo Monreal, líder senatorial de Morena, tumbó a su correligionario Martí Batres en su pretensión de reelegirse como presidente del Senado, y lo que sorprende es que éste salga a quejarse de ello.

Es de sobra conocido que en política no hay santos, y quien crea lo contrario debería cambiar de profesión. Tampoco es cierto que un movimiento, con un líder que hasta levita, como Morena, puede ser moralmente tan fuerte que incluso podría purificar a la política, sucia por definición.

Batres ha querido hacer valer el argumento moral contra Monreal maniqueamente, “así no hacemos las cosas en Morena”, bajo un supuesto a todas luces falso: que en Morena hacen política “buena”, nueva, en contraste a la “mala”, vieja.

Hay episodios morenistas de política tramposa y cínica que podrían hacer sonrojar a muchos de los peores políticos mexicanos, como Carlos Romero Deschamps, por mencionar uno.

Mientras Batres ha andado en esa cruzada de un morenismo romántico, estérilmente, Monreal hizo lo que tenía que hacer para dejarlo fuera de la Mesa Directiva del Senado. Así es la política, a secas.

La diferencia, ahora que Morena tiene el gobierno, mucho por repartir y perspectivas de un predominio político de largo plazo es que llegó la hora de la política. Antes de su triunfo electoral, los morenistas jugaban a hacer política, mientras Andrés Manuel López Obrador se hacía cargo de todas las decisiones importantes.

Entre Batres y Monreal hay diferencias abismales, las que marcan el contraste entre una política eficaz y una que no lo es, que es lo que al final importa.

Sus currículos lo ilustran: Monreal se hizo gobernador de Zacatecas por el PRD contra su antiguo partido, el PRI, ya ha sido senador, diputado federal, delegado en la CDMX…Martí, en cambio, apenas ha sido diputado federal, secretario de Gobierno en la CDMX y presidente de Morena.

Así, el choque entre ellos es representativo de dos modos de ver y hacer política, pero también es simbólico: Monreal asumió que al morenismo le llegó la hora de la verdad. Ya instalado en el gobierno debe plantearse con crudeza qué hacer con el poder que ya tiene y cómo administrarlo para conservarlo, con perspectiva de largo plazo.

En este affaire a Martí se le escapó que en el fondo lo que ha estado en juego no era la presidencia del Senado, sino, nada menos, la sucesión presidencial de 2024.

De ahí que carezca de sentido la especulación sobre si Andrés Manuel López Obrador sabía o no de su remoción, pues él y Monreal, políticos pragmáticos ambos, tienen un entendimiento que incluye un absoluto respeto a las competencias y ambiciones de ambos.

Monreal forma parte de un entramado de personajes que incluye al canciller Marcelo Ebrard, con quien eventualmente competiría por la candidatura presidencial de 2024, y a Mario Delgado, el líder de los diputados federales de Morena. Es decir, son los políticos con mayor poder en la 4T.

Por eso, el siguiente capítulo en el que se van a confrontar con los morenistas románticos, como Martí, va a ser el de la disputa por la presidencia nacional de Morena.

Ahí también, y de manera patética, Martí lleva de aliada a Yeidckol Polevnsky, quien pretende una suerte de reelección luego de haber estado de encargada del puesto y adjudicarse el triunfo electoral. Su fuerza, luego de infinidad de tropezones, no parece le vaya alcanzar para mucho.

La otra candidata es Bertha Luján Uranga, la mamá de la secretaria del Trabajo, Luisa María Alcalde, quien representa a lo más romántico del morenismo, y ahí hace residir su potencial.

Con ese panorama, la mesa parece estar puesta para que Mario Delgado se convierta en el próximo presidente nacional de Morena, que sería en realidad el primero, pues antes ejerció ese puesto el fundador, Andrés.

El grupo que ve con perspectiva el paso de Morena por el poder sabe que necesita de un partido organizado, pues el grupo tumultuario que es hoy puede poner en riesgo lo conseguido.

Apenas hay tiempo, y no es momento para otras consideraciones: como sea, hay que quitar el partido a los ingenuos, a los que creen en la fuerza moral de la 4T.

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José Argueta

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Lo que queda del PRI, un partido para el autoconsumo

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Lo que queda del PRI, un partido para el autoconsumo

“A nadie le es dado escoger su momento.

Pocos de los que han iniciado conspiraciones

han disfrutado del provecho de estas.

Por supuesto es preferible ser el último rebelde que el primero.

Pero a nosotros no nos queda más que ser los iniciadores”.

“Sálvese quien pueda”. Jorge Ibargüengoitia.

El síntoma definitivo del fin del PRI  que conocimos, el partido que dominó la vida pública de México por ocho décadas, no fue su baja votación presidencial del año pasado sino la escasa participación de su militancia para elegir dirigentes nacionales.

De 6.7 millones de afiliados, solo fueron a votar 1.8 millones, y de estos una gran cantidad fueron “acarreados”. En Guanajuato la tragedia fue mayor, pues de los 150 mil priistas afiliados solo votaron 22 mil, incluyendo también un alto porcentaje de acarreados.

Esto significa que los priistas realmente existentes son muy pocos (muchos, mercenarios), aunque en proporción a la identificación partidaria, respecto a los demás partidos, el PRI es el partido que más fieles tiene.

Esto se pudo corroborar el domingo pasado en la elección interna del PAN, en donde hubo una buena participación, pero no por fidelidad partidaria sino por lealtad a la nómina. Su padrón lo domina una clara mayoría de empleados del gobierno estatal, de los gobiernos municipales y de legisladores.

Si en un momento dado el PAN tuviera que dar batallas desinteresadas con su militancia no podría. Y si se altera la correlación de fuerzas que ponga en riesgo “chambas” muchos de los hoy “panistas” dejarían de serlo.

Ese fenómeno, que comparten todos los partidos, ha venido vaciando al PRI de manera consistente, al menos desde 1988, cuando la Corriente Democrática de Cuauhtémoc Cárdenas se desprendió, jugó contra él y acabó dando origen al PRD.

En su época dorada, el PRI tenía en su padrón a todos los mexicanos, lo supieran o no. Y también los hacía votar a su favor a todos, estuvieran vivos o muertos. Su identidad con el país le daba esa patente de corso.

Irónicamente, ahí fraguó su desgracia. Protegido por el presidente de la República, toda su vida partidaria fue una simulación. Eso le impidió cultivar una militancia y tener una organización y una estructura funcional.

Su verticalismo, el tráfico de posiciones y su sistema de premios y castigos impidieron la vida partidaria, pues bastaba tener las relaciones adecuadas o ser parte de las organizaciones corporativas para avanzar.

Lo que hoy le ha quedado, exiliado del poder, no es vida partidaria sino reuniones de la nostalgia, pláticas motivacionales, apuestas por la esperanza…

La fama de corruptos y tramposos de los priistas en el ejercicio del poder se convalida ampliamente en la lucha política. Contra otras fuerzas han sido implacables, baste recordar las famosas “casillas zapato”, en donde el PRI se llevaba todos los votos y los demás nada. Pero también contra sí mismos.

Por eso sorprende que Ivonne Ortega, quien perdió con Alejando Moreno, renuncie al PRI porque: “El pasado domingo, durante la jornada electiva vivimos uno de los episodios más vergonzosos del PRI y de los que se puedan recordar en el país”. Ella habrá visto cosas peores, y hasta se habrá beneficiado de alguna de ellas.

Lo que revela es que la lucha está en otra parte, porque con Moreno ha regresado la exclusión de los que no son de su grupo. Un grupo variopinto, de fuerzas caciquiles reales, que comparte el interés de usar la franquicia priista para mantener su dominio a cambio de la lealtad a Moreno.

Es una regresión irónica, aunque así la querrían algunos priistas románticos. El PRI vuelve a sus orígenes. Esto es, a ser un conjunto de partidos regionales y grupos de poder antes que un partido nacional.

Es una federación de caciques, la “cúpula” a la que se refiere Ivonne, manejada por los once gobernadores priistas y otros personajes detrás.

Lo que queda del PRI les servirá para refrendar presencias regionales y sectoriales y negociar lo que se ofrezca con Andrés Manuel López Obrador.

Pragmatismo puro. No hay visos de refundación partidaria porque no le ven sentido.

No se puede imaginar a un Alejandro Moreno reivindicando un proyecto de nación ni iniciando un proceso del cual no le tocara recoger los beneficios. No tiene esa generosidad ni ese talento.

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José Argueta

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Guanajuato violento, la realidad y sus versiones

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Guanajuato violento, la realidad y sus versiones

“Pero la voz de Scotland Yard lo interrumpió.

-¡Oh, no! -decía- tenemos al asesino…

De eso no cabe duda ninguna.

Es el cadáver lo que ha desaparecido”.

“Una salita cerca de la calle Edgware”. Graham Greene.

Cuando los tortilleros de Celaya no lograron que las autoridades les creyeran que los extorsionadores les hacían imposible su comercio y su vida, decidieron emprender otras acciones.

Organizaron un paro laboral el fin de semana anterior, y luego una manifestación en la Presidencia celayense el lunes.

La reacción inmediata no fue de las autoridades sino de los extorsionadores. Esa tarde, mataron a tres mujeres en la tortillería “La Indita” y a un hombre en la cementera “La Fortaleza”.

Los delincuentes cerraban así su círculo de terror de la extorsión, frente a las propias autoridades, atemorizando aún más a los extorsionados y ahora también a los extorsionables.

Las autoridades, de la alcaldesa Elvira Paniagua al gobernador Diego Sinhué Rodríguez, pasando por su vocera de Seguridad, Sophia Huett, descreían de las denuncias informales de los tortilleros, por lo cual los conminaban a ir al MP. “Para así nosotros poder intervenir”, decía el gobernador.

Con algo de empatía y otro tanto de comprensión de la realidad que enfrentan los extorsionados, tenía que habérseles dado crédito, facilitarles la denuncia sin exponerlos más, darles vigilancia especial, rastrear números de celular de los extorsionadores y las cuentas en las que se deposita el dinero de la extorsión…

Pero no, era más conveniente mantener la noción oficialista de que el mayor porcentaje de la extorsión no se concreta, y como no se denuncia no existe. Se descuenta de la estadística oficial.

Los asesinatos del lunes provocaron, al menos, mover a los funcionarios de su cómoda posición burocrática. El fiscal general, Carlos Zamarripa, se apuró en informar que ya tenían identificado a uno de los asesinos del lunes.

También, y como parte del apoyo extra a la alcaldesa de Celaya, que puso a funcionar una Unidad Especializada para recabar denuncias de extorsiones y conseguir información de gente que está siendo extorsionada y no ha denunciado. La cuestión es por qué no lo había hecho.

Especialmente porque agregó la información de que las extorsiones a comerciantes y empresarios están creciendo grandemente, ahora también en Salamanca y Villagrán, además de Celaya.

El doloroso proceso de la extorsión que vivimos muestra cómo la versión oficial acaba siendo inútil y hasta riesgosa cuando se desentiende de la realidad. Y en este caso hasta de otra versión, la de los afectados.

La tragedia sobre cómo se percibe la realidad criminal se extiende. En el afán de demostrar que funciona el “Golpe de timón”, el gobernador hace publicar cada fin de mes una gráfica para mostrar el descenso en homicidios a partir de febrero, pero con cifras menores a las reportadas por los medios.

Luego de un fin de semana delirante, Huett declaró que, por los cuerpos colgados en puentes, Guanajuato no será escenario para los fines propagandísticos de grupos criminales…

También, que “no nos vamos a resignar a ser a ser escenario de confrontaciones de grupos delictivos…”, así en futuro, cuando estas confrontaciones desangran al estado desde hace mucho.

Hay un evidente extravío en el modo de apreciar el fenómeno criminal, cuyo crecimiento está provocando extrapolaciones riesgosas, tanto en las esferas oficiales como en las opositoras.

Mientras desde el gobierno se intenta demostrar eficacia en una estrategia que, por desgracia, derrota la realidad en varios frentes, desde la oposición se hace crecer la noción -política- de que todo está mal.

La versión opositora, dentro y fuera de los partidos, se resume en culpar de la crisis de inseguridad a los funcionarios responsables y en convocar a una suerte de linchamiento.

De ahí la demanda de destitución del secretario de Seguridad, Álvar Cabeza de Vaca, y de la alcaldesa de Celaya. Algo que, evidentemente, no resolvería los problemas.

Una mayor flexibilidad oficial, con una dosis de imaginación, tendría que llevarnos a compartir diagnósticos, crear instancias reales de intervención ciudadana, no solo empresarial…

También a asumir los hechos, por crudos que sean, y su publicación sin cargas morbosas ni intencionalidad política, evitando versiones con fines propagandísticos, de cualquier signo…

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