Una mamá solicitaba recomendaciones para una situación de la que fue testigo.

“Me enfrenté a algo nuevo para mí: en la clase de mi hija una mamá golpeó en repetidas ocasiones a la suya frente a nosotras y frente a las demás nenas (todas no mayores de 3 años). La nena gritó y lloró a mares, y después del último golpe recibido en las manos, le pidió un abrazo a su mamá, pero ella la sacó a jalones. Las demás niñas comenzaron a llorar, incluso la mía… No supe qué hacer. No sabía si abrazar a la mía o a la otra chiquita”.

Pensé que la solicitud de recomendaciones sería con relación a qué hacer cuando golpean a una niña en nuestra presencia, inquietud recurrente. Pero no, iba en otro sentido:

“Desde entonces, desde que mi hija vio tal cosa —continuó— llora por todo y se pega ella solita si le pongo un límite. Ya le expliqué que nadie la va a lastimar, que no es necesario golpear, pero la siento exaltada”.

Su inquietud consistía en saber cómo ayudar a su propia hija impactada después de ser testigo de la violencia ejercida por una mamá hacia una de sus compañeras.

Este es un ejemplo lamentable de los daños colaterales del maltrato infantil en su versión castigo corporal.

Las personas, sin importar la edad, son afectadas al presenciar este tipo de escenas, pero las niñas y los niños tienen menos recursos para procesar el evento. Observar que una mamá —como la suya— es capaz de golpear a una niña pequeña —como ella misma— es una experiencia aterradora y amenazante difícil de procesar antes de los tres años. El estrés se activa en la testigo de la misma manera que en la víctima directa.

¿Cómo ayudar a la niña testigo a procesar el impacto? Primero evitando la tentación de hacer como que nada sucedió o minimizando el suceso. Es mejor alentarla a que exprese el impacto generado por la escena, a través de cualquier medio: hablándolo, dibujando, actuándolo, representándolo, pues, con cualquier recurso al alcance de su desarrollo infantil.

Se trata de ayudarle a expresar lo que en ese momento está a nivel sensorial, por lo tanto, fuente de confusión, ansiedad y estrés, se trata de ayudarle a poner afuera lo que está molestando adentro. El impacto emocional ya está en su cuerpo, en su mente. Expresarlo es la vía para expulsarlo.

A los 22 meses de edad se puede recrear la escena utilizando títeres, muñecos, juegos, diálogos imaginarios y cosas por el estilo. El lenguaje verbal puede ser limitado pero en la suma del lenguaje corporal la niña puede expresar lo sucedido y su mamá podrá ir complementando la historia.

Probablemente la niña seguirá relatando con su estilo lo sucedido una y otra vez hasta que termine por “desgastarse” el evento y pase a ser un recuerdo más. Contar lo ocurrido una y otra vez permite entender el suceso, salir de la confusión, del pasmo y darle un lugar y un sentido en la mente, sentido que vaya en la línea de ayudarle a entender que lo que vio estuvo mal, que no se les debe pegar a las personas —y las niñas y los niños son personas, que no se nos olvide— ni una vez, de ninguna manera, bajo ninguna circunstancia, que la niña víctima no fue culpable del castigo recibo, sino la mamá que perdió los estribos

Esta situación deja claro que para garantizar la salud mental de nuestras hijas/hijos no basta con que estos sean bien tratados sino que es necesario que sus pares, sus compañeras y compañeros, también lo sean, de lo contrario unas y otras lo padecerán.

Para ello debemos tomar un papel activo en la promoción y defensa de sus derechos, sobre todo al acceso a una vida libre de violencia.

En este espacio he mencionado que son muchas las cosas que podemos —y debemos— hacer cuando somos testigos de este tipo de situaciones: desde estornudar o toser para hacerle saber nuestra presencia a la persona agresora, hasta pedirle que frene su acto, pasando por ofrecerle ayuda con la situación o con la niña o el niño. Lo que sea, menos la pasividad, el silencio o voltear para otro lado.