La pandemia ha sido un episodio doloroso y, a la vez, ocasión para que las virtudes ciudadanas afloren y sean un rayo de esperanza que apunta hacia la solidaridad y la empatía, valores supremos que dan al comportamiento humano la dimensión que deseamos encontrar; cuando la aflicción enturbia el horizonte de miles de gentes agobiadas por la incertidumbre generada por el peligro inminente de un mal que llega intempestivamente y no podemos contener.

El origen del mal, no ha podido ser ubicado, a pesar de los adelantos científicos y tecnológicos; nos ha hecho ver la fragilidad de la especie, que lleva miles de años sobre el planeta, que ha logrado rebasar sus fronteras y; de repente, un ser microscópico, destruye todo un mundo que habíamos levantado, con  base en la certeza científica pero; acaso, lo súbito de su presencia, nos hará reflexionar sobre lo ajenos que permanecemos, al deber primordial de asegurar nuestra sobre vivencia; cuyo riesgo, muestra que, a pesar de todo lo alcanzado en el área cognoscitiva, nos hayamos olvidado de lo fundamental.

El desarrollo del ser humano sobre el planeta, requiere del dominio, sobre sus ambiciones. Sin embargo es evidente que no hemos asimilado el consejo evangélico ¿de qué sirve a la especie, ganar todo el mundo, si se pierde a sí misma?

Cómo podremos asegurar la sobrevivencia, si no aprendemos a respetar la vida en todas sus manifestaciones, si la ambición nos ciega sin que acertemos a compartir el planeta y; en cambio sacrifiquemos a millones congéneres, para después firmar la paz, cuando ellos fueron impedidos, por la sevicia, de disfrutar lo grandioso de la existencia humana; si acaso, les fue negada la posibilidad de amar y ser amados y, su vida, fue caricatura ridícula de lo que puede ser, en la oportunidad de realizar valores, en el desarrollo de la ética, la estética y la verdad.

Conquistar el conocimiento que rige la naturaleza, es sin duda, apasionante. Pero ocuparnos de la evolución contenida en la propia naturaleza ¿no es acaso más importante?

Los médicos y todos aquellos que arriesgaron y ofrendaron su vida, para hacer posible que sus congéneres siguieran disfrutándola, aún en su brevedad, merecen el aplauso sincero, pues exigieron,  como único pago, la satisfacción de haber cumplido con el juramento que, al inicio de su elevada misión hicieron. 

Vaya la gratitud sincera al médico Juan José Medina Tafoya, por habernos dado la oportunidad de constatar, que es posible ser empáticos y solidarios. El ejemplo de su vida, florece en la cantidad de mujeres y hombres cuya recuperación, es la felicidad de quienes les aman.