El presidente de casilla llegó puntual a las 7:30 de la mañana, tal y como se lo habían enseñado en sus cursos de capacitación en el INE. Estaba emocionado. Había llegado la fecha en que sería presidente por un día.

Desde el arranque, la jornada fue tensa. A pesar de haber doce ciudadanos confirmados para trabajar en esa casilla como funcionarios electorales, entre los seis titulares y sus respectivos suplentes, sólo se habían presentado tres personas. Sería el primer dilema del día.

La situación no era agradable pero parecía atendible. Lo que no imaginaba nuestro presidente, es que las decisiones que tomaría sobre estas cuestiones que parecerían de relevancia menor, serían determinantes para mantener válida la votación de la casilla entera. Esto es así, porque una causal común de nulidad de una casilla, tiene que ver con la forma de instalarla.

Por ejemplo, el Presidente decidió esperar la llegada de los funcionarios faltantes hasta las ocho de la mañana. Fue el primer error. Una decisión guiada por el sentido común, se convertiría en una irregularidad electoral que abriría paso a la impugnación de la casilla. En el acta de instalación quedaría asentado que la votación no inició a la hora que marca la ley.

La espera fue inútil. Una vez que quedó claro que los funcionarios nunca llegarían, el presidente inició el reclutamiento de los sustitutos entre los ciudadanos. La solicitud de voluntarios recorre toda la fila de las personas formadas para votar, pero nadie se anima. Nadie está dispuesto a abandonar su plan del domingo y sumarse al viacrucis de permanecer en la casilla hasta la media noche, más aún, sin haberse preparado para esa misión. Después de muchas rogatorias y súplicas, el presidente logra reclutar a los funcionarios faltantes. Para entonces, el reloj araña las nueve de la mañana y la causal de nulidad se ha materializado.

El presidente cometió un segundo error de manera casi simultánea. En medio del estrés del reclutamiento, no se dio cuenta de que uno de los voluntarios para sustituir a los faltistas era en realidad una empleada de rango medio en el gobierno de la entidad. De hecho, era una médico legista de la Fiscalía del Estado. En la elección de esta funcionaria sustituta no hubo dolo. Ella había aceptado de buena fe y con sentido de sacrificio porque no había forma de dar inicio a la votación. El presidente, por su parte, no recordaba que existía la restricción de no integrar a la mesa directiva de casilla a funcionarios de gobierno. A pesar de las buenas voluntades de ambos, la decisión de ella en participar y de él en reclutar, daría pie a la nulidad de la votación entera en su casilla ante un tribunal electoral.

Cada tres años, en cada elección, miles de casillas en las que hubo sustitución de funcionarios de casilla como el narrado, son anuladas y los votos emitidos en ellas, borrados para siempre. Esta es solo una de las formas comunes de perder los votos ciudadanos. De hecho, cada paso de una contienda electoral, es un paso hacia el vacío de la incertidumbre electoral.

Nuestras votaciones son frágiles porque nuestras autoridades lo permiten y tal vez porque así lo quieren. Porque nuestros legisladores y los órganos electorales estatales y federales, desde sus escritorios, maquinan complicados procedimientos que, aberrantemente, le exigen a la realidad cómo comportarse. Ella no hace caso y todo fracasa.

* Basada en información proporcionada por observadores electorales en la elección del 6 de junio 2021.