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Enrique R. Soriano

Chispitas del lenguaje

Escribir como se pronuncia

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Escribir como se pronuncia

Una de las particularidades del español es que se escribe como se pronuncia. Y a pesar de la sencillez de esta regla, su aplicación crea conflictos, imprecisiones e inseguridad al enunciar algo.

Uno de esos aspectos, ya tratado en anterior ocasión, es asignar sonidos a ciertas consonantes que no les corresponde en nuestra lengua. Por influencia de otros idiomas creemos que el español coincide fonéticamente con otras lenguas y no es así. Es el caso de las personas que son registradas como Janet que lo pronuncian como si la jota tuviera sonido ye. Lo mismo pasa con el nombre Cristian, al que añaden una H después de la C, cuando en nuestro idioma esa combinación produce el sonido che.

Casos como los señalados no están admitidos pues no corresponde a la fonética de nuestro idioma. El uso mayoritario no lo reconoce, que es lo identificado por las Academias en todos los países hispanohablantes.

La función del idioma es para comunicarse. Por eso, si en una determinada región funciona una palabra, aunque no sea reconocida, admitida oficialmente por los académicos, ello no la invalida para esa zona, pues cumple con la función de forma satisfactoria.

Hace unos días charlaba al respecto con mis amigas Magdalena Patlán y Guadalupe Tierrablanca, de profesiones alejadas de la lingüística. Con la primera de ellas, abordamos el tema de la conjugación con el pronombre vos, característico de Argentina, pero también presente en algunas regiones de Uruguay y Paraguay. A pesar de no ser común fuera de esa zona, la cantidad de gente que la usa hizo necesario incorporar oficialmente su acento. Por ejemplo, en esa zona se conjuga el verbo mirar como «mirás», a diferencia del resto de hispanohablantes que ese imperativo lo conjugan como «miras». Por supuesto, como esa palabra, casi todo el vocabulario en español tiene otra acentuación (gráfica y fonética).

Por su parte, Guadalupe Tierrablanca, originaria de San Miguel Octopan en Celaya, Guanajuato, México, observaba que en un chat de habitantes de ese poblado cuando alguien pregunta por algún lugar de venta de algo suelen responder: «Antá Amelia» o «Antá Chucho». La palabra *antá, desde luego, no está recogida en el Diccionario (ni siquiera el de mexicanismos), pero cumple a cabalidad con la función de hacer comprender «En el negocio de…».

En este último caso, frente al anterior citado, no se incorpora a la gramática y ortografía académicas porque es muy restringido su uso. Las Academias no recogen todas las particularidades regionales. Aunque esto, de alguna forma está medio compensado por el Diccionario de americanismos y, por supuesto, los diccionarios del léxico local, como el de argentinismos, mexicanismos, uruguyismos, etc.

Voces comunes en toda América como andenantes, ansina, truje, jallar, etcétera, no están recogidas porque son arcaísmos. Es decir, esos vocablos eran parte de nuestra lengua y los actuales documentos que describen nuestro idioma se centran en el español moderno.

El apego a las normas generales de la actual Ortografía, Gramática y Diccionario es no perder unidad, pero siempre con respeto a las particularidades regionales.

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Enrique R. Soriano

Historia de la puntuación

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Historia de la puntuación

En otros momentos, he referido en este espacio la importancia del uso de la puntuación. Siempre he sostenido que una coma puede cambiar totalmente el sentido de un texto. Para explicarlo, me he valido del pasaje de Juan 23:43 de la Biblia. En las diferentes traducciones aparecen en distintos lugares la coma de enlace de oraciones y por ello, cada corriente religiosa obtiene conclusiones distintas. La versión Latinoamericana enuncia: «En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Reino de los Cielos», de donde se deduce que al morirse (si se portó uno bien o al menos se arrepintió en el último momento), se va uno de inmediato a Cielo. En tanto en otras versiones, la coma aparece después del hoy: «En verdad te digo hoy, estarás conmigo en el Reino de los Cielos», de donde se deduce que se irá el Cielo, pero no de inmediato. Con base en otros, pasajes algunos dicen que hasta el tercer día y otros, hasta el final de los tiempo.

Para efectos de este comentario, no me detendré en los aspectos teológicos de las interpretaciones. Lo que importante es admitir cómo una coma altera totalmente la comprensión del texto. En ello radica el uso adecuado de la puntuación y no abandonar su aplicación a imprecisiones como «usa la coma donde te falte el aire».

Ahora, el otro aspecto relacionado con el encabezado es que las comas son un producto moderno… relativamente; aparecen hasta el siglo VII de nuestra era (600 d. C). Ni el latín, ni el griego clásicos usaron comas (el original de donde se obtuvo el pasaje bíblico citado, no tiene coma).

Ello es natural, pues el origen del idioma es la oralidad, el discurso, no el registro escrito. Además, entre más elemental y básico es un idioma –es decir, que no posea mucha riqueza interpretativa– menos demandante es el uso de puntuación.

Antes de la aparición de la puntuación, para reflejar el pausado natural del discurso se empleó un espacio entre palabra (largo o corto), pero, desde luego, no resultaba tan eficiente como era debido.

El inventor de los primeros signos de puntuación tiene nombre y apellido: san Isidoro, arzobispo de Sevilla. Proclamado Doctor de la Iglesia (25 de abril de 1722 por el papa Inocencio XIII), fue quien introdujo la coma y el punto y coma en la escritura latina moderna a mediados del año 600 de nuestra era.

La introducción de los signos de puntuación ya había arraigado lo suficiente para cuando Alfonso X, el sabio, 600 años después, migró del latín al castellano la escritura oficial. De ahí que hoy el español cuente con una enorme variedad de signos no alfabetizados para facilitar la comprensión y lectura de un texto. De ahí, inició la variedad.

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Enrique R. Soriano

Combinación de reglas

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Combinación de reglas

Hace unos días observé en un anuncio de una red social una publicidad con faltas ortográficas. El hecho no es extraño, incluso es más común de lo que la mayoría supone. Es difícil darse cuenta de ello si no contamos con la información sobre las reglas ortográficas o si nuestra formación es deficiente. Por desgracia, el segundo caso es mucho más común, pues abundan los profesores que no se actualizan.

La falta de orografía en específico me llamó la atención por tratarse de dos reglas combinadas: un cargo que ya no ejerce el involucrado.

Por alguna extraña razón la gente supone que los cargos públicos y privados deben enunciarse con mayúscula inicial. Cuando he preguntado al respecto a personas no ligadas a la corrección ortográfica, suponen que se debe al respeto. Es decir, argumentan una razón extraortográfica.

En la página 470 de la Ortografía de la lengua española (RAE, 2010) se especifica que los cargos, títulos nobiliarios, dignidades y cargos o empleos de cualquier rango (sean civiles, militares, religiosos, públicos o privados) deben escribirse con minúscula inicial porque son nombres comunes. Es decir, que aunque nos refiramos al papa Francisco, por más que sea la mayor jerarquía religiosa católica, debe enunciarse con minúscula.

De ninguna forma hay falta de respeto en ello. El cargo que ostenta es nombre común para las personas que ocuparon la silla papal. Es decir, que Francisco no es único y, por tanto, su título religioso debe escribirse con minúscula, mientras el nombre propio (en este caso Francisco), con mayúscula inicial.

No sucede así en otros idiomas (inglés, francés, alemán, por ejemplo). Pero en esas lenguas privan otros criterios ortográficos. Por ello, no hay razón alguna para usarlas como referencia.

Lo mismo pasa con: general Álvaro Obregón; presidente Madero; el rey de España, Felipe VI; el juez del Segundo Tribunal Colegiado en Materia Administrativa; el magistrado Eduardo Pérez, el notario público Saúl Solórzano…

Ahora, decía que se trata de dos reglas la falta observada en el anuncio de la red social porque refería a alguien que ya no tenía el cargo público. Por ello, añadieron de forma errónea el prefijo ex.

Actualmente, los prefijos solo se enuncian separados si el concepto que afectan se escribe con más de una palabra. Por ejemplo, derechos humanos es uno el concepto enunciado en dos palabras. En ese caso el prefijo debe enunciarse separado de la primera palabra: «Soy pro derechos humanos…». Pero si el concepto está en un vocablo, debe unirse: «…por eso soy antifascismo».

El anuncio al que me refiero, se hablaba de una persona que fue ex Ministro de Comercio (forma errónea; pero cambiada para no evidenciar a quien cometió el error). Debió haber escrito: exministro de Comercio.

Incluso, la regla ortográfica prevé, si fueran dos prefijos (ex y vice), aun así quedarían unidos al concepto que afectan: exviceministro de Comercio. Diferente de ex vice primer ministro de Comercio porque la palabra primer no es prefijo y el concepto se enuncia en dos palabras.

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Enrique R. Soriano

Extranjerismos

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Extranjerismos

Se llama extranjerismo a cualquier tipo de palabra o expresión que no se desarrolla en nuestro idioma. No se conceptúan así, las voces que tienen su origen en el territorio y que también se han incorporado a la lengua (en nuestro caso, el náhuatl, purépecha y maya, principalmente). Por ello, no hay un español totalmente puro en el mundo. Aunque sí existen libros oficiales de Gramática y Ortografía, al que se suma el listado de vocablos reconocidos en nuestra habla (diccionario), esos solo son modelos conceptuales. La lengua viva se ubica en la localidad del hablante y por ello incorpora vocablos de la zona (regionalismo). De ahí las diferencias del español de México al español de Argentina (aunque en algunos países le llamen castellano, como sucede en la propia España).

Entonces, extranjerismos son las palabras que se usan en una región, que no están recogidas por los marcos teóricos (Gramática, Ortografía y Diccionario) y que proceden de otra lengua fuera del territorio propio, pero son regionalismos los vocablos de una lengua vernácula y que las hemos incorporado a nuestro idioma cotidiano (aunque no estén recogidas por las obras citadas).

Los extranjerismos de mayor influencia proceden del inglés y ellos se llamarán anglicismos. En menor medida tenemos los del francés, que reciben el nombre de galicismos. Y en mucho menos medida de las otras lenguas.

Los anglicismos más comunes son los que proceden de la tecnología. Eso se debe a que, por supuesto, los creadores de la tecnología formulan los nombres de la técnica y el procedimiento en su propio idioma. Al difundirse la tecnología, muchos desconocen el nombre apropiado y recrean o formulan el nombre lo más parecido a la lengua local. De ahí que si en su momento fueron los Estados Unidos de América los impulsores de la tecnología, la mayoría de las palabras procedan del inglés, sean anglicismos.

También por tratarse de la economía más importante, aunado a una de las más grande fronteras y a que muchos de nuestros parientes migraran hacia el vecino país, nos influya tanto la tecnología, como la vida cotidiana.

En tanto, los regionalismos, por su parte, reciben el nombre de la lengua de la que proceden. En México los de mayor difusión son los del náhuatl, los nahuatlismos. Ese fue el idioma de la civilización más extendida, ese imperio dominaba casi la totalidad de Mesoamérica. Por tanto, influyó en las lenguas de otras regiones. Por otro lado, a los propios conquistadores les eran más familiares esos vocablos y por ello terminaron por ser aceptados e incorporados al lenguaje cotidiano. En este sentido influyeron los productos que no había en el viejo continente y que enriquecieron la comida que trajeron los españoles.

El nombre anglicismo se debe al origen último del idioma: los anglos fueron los que llevaron el idioma a las islas británicas.

El francés también aportó, sobre todo en palabras que se relacionan con la moda: belleza y urbanismo. Se llaman galicismos por la tribu de los galos, la que dominaba esa zona en tiempos romanos.

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