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Enrique R. Soriano

Chispitas de lenguaje

Pobreza de vocabulario

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Pobreza de vocabulario

Hace unos días pedí a dos grupos universitarios de diferente especialidad que leyeran y comentaran un relato breve sobre un naufragio. Se trataba del mismo texto. No obstante, en ambos grupos surgieron dudas sobre el significado de las mismas palabras. Desconocían vocablos como acaudalado, orla, cesó (verbo conjugado), bajel, don (habilidad) y alguna que otra palabra más.

Todas esas palabras son de uso común, lo que no sucede con bajel y orla, que pertenecen a un lenguaje más especializado.

Evidentemente, desconocer el significado de esas voces hizo incomprensible el texto.

El libro de Metodología del Aprendizaje del sistema de preparatoria abierta (SEP) expone un dato francamente grave: las personas en promedio usan solo 250 palabras en su vida cotidiana. El Diccionario de la lengua española, DLE, elaborado por las Academias de la lengua contiene más de 100 mil palabras definidas (no son todas las voces, porque no están contempladas las de materias especializadas). Cada una de ellas cuenta con varias acepciones. Ello representa que la mayoría de gente mexicana vive con apenas el 0.25 % de la riqueza de vocabulario con que cuenta el español. Recuerdo que en una publicación en Internet se aseguraba que en Argentina ese promedio baja a 200. El promedio no se elevaba para otros países. No recuerdo la confiabilidad de la fuente, pero ello significa que ni siquiera usamos el 1 % de las alternativas que nos da el idioma.

Si al desconocimiento de palabras añadimos que se presta poca atención a la ortografía; el asunto se complica una enormidad. Me refiero a que una línea dice: «Las condiciones hicieron que el náufrago considerara muy seriamente su situación…» y en vez de considerara (tiempo subjuntivo) los lectores interpretaron considerará. La oración con esa conjugación supuesta dejó de tener sentido. Los muchachos están acostumbrados a poner tonos en las palabras acorde a su familiaridad. Como han dejado de recurrir a las tildes o acentos gráficos, entonces recurren a la experiencia y suponen una lectura, cuando la realidad es otra.

Un escollo más es la puntuación. Una coma puede cambiar el sentido total de la oración. No es lo mismo «Enrique se cayó» a «La queja, se atendió en tiempo y forma». La segunda oración sin la coma se interpreta que la misma queja se atendió a sí misma; con la coma, se comprende que hay cambio de orden: «Se atendió en tiempo y forma la queja».

Una lectura de comprensión obliga al lector a interpretar cada enunciado u oración de cualquier texto. Ello incluye la ortografía, el significado de cada palabra y la estructuración –acorde con una puntuación impecable–. Solo de esa forma podría interpretarse correctamente un contenido. Pero para lograrlo es necesario ejercitarse. Leer documentos bien escritos lo garantiza, no así los textos en redes sociales y mensajería personal.

La experiencia referida es universitaria. Pero, como profesionistas ya en ejercicio, si se tratara de un documento mediante el debiera tomar decisiones, el asunto podría acabar en desastre. Los riesgos no son mínimos. Por eso, quien no lee regularmente, pone en riesgo su futuro.

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Enrique R. Soriano

La palabra mande

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La palabra mande

Hoy he retomado un comentario del muro Historia de México de Facebook, publicado por Mery Castillo. En él hace un recuento y reflexiona sobre el uso de la expresión mande, muy común en nuestra sociedad. Trascribo textualmente, salvo la última línea que la dejé seguida, no aparte cada recomendación, como aparece en el original.

«¿De dónde viene la costumbre de responder “mande” o “mande usted”? Esta costumbre es muy común en México. Incluso, hasta hace muy poco, nuestros papás solían corregirnos: “No se dice qué, se dice mande, no seas irrespetuoso”. A mí me pasó. Los niños del siglo XX fueron educados con el “mande”. A quienes fuimos niños en el siglo pasado nos educaron a decir “mande”, cuando alguien nos llamaba, o si no escuchábamos bien alguna indicación. Si se te ocurría contestar con un “qué”, eras considerado maleducado o irrespetuoso.

»“Mande” es apócope o supresión de “mande usted” o “mándeme usted” y sí, en teoría la palabra significa mandar, que alguien con autoridad exprese la voluntad de que se haga algo. Es por eso que quienes promueven el movimiento “No se diga mande”, afirman que al decirla y seguir educando a los niños con esa expresión, literalmente nos ponemos a las órdenes.

»¿De dónde surge la expresión? Muchos dicen que el uso de los términos “mande” o “mande usted” proviene de la colonia. Se cree que era la manera en que castas inferiores (indígenas y mestizos) eran obligados a mostrar sumisión a las castas superiores (blancos y criollos) que gobernaban durante el Virreinato. De ser una actitud servil, con el paso del tiempo fue asumiéndose como un una manera de cortesía, el matiz a respuestas directas y “golpeadas” como “qué”.

»Sin embargo, aunque la hipótesis de su origen colonial es la versión más extendida, también hay quienes afirman que proviene de mucho antes. Hay investigadores que afirman que la palabra es un arcaísmo (vocablo en desuso) que deriva del catalán y que fue “contagiado” al español.

»En algunas regiones de Cataluña se siguen usando algunas variantes como “mani’m?” (¿Mándeme?) O “mana?” (¿Mande?) y no representa sumisión, se usa entre iguales, sobre todo entre las personas mayores.

»El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española no tiene alguna acepción particular al uso del verbo mandar como una respuesta gentil, pero la Academia Mexicana de la Lengua sí lo reconoce como una expresión usada para “responder al llamamiento de alguien”.

¿Qué alternativas hay?

»Sean peras o manzanas, la realidad es que México es de los pocos países que usan la expresión. Muchos extranjeros se sorprenden cuando vienen a nuestro país y la escuchan pues, aunque aquí es solo cortesía, para el resto del mundo remite a sumisión.

En la actualidad es cada vez más raro escuchar que los padres hagan la corrección “No se dice qué, se dice mande”, está cada vez más en desuso. Y aunque respeto la opinión de quienes defienden su empleo como muestra de gentileza, pero prefiero utilizar otras alternativas. Por ejemplo: Dime, ¿Sí?, ¿Cómo?, ¿Qué necesitas?, ¿Cómo dices?, No te oí».

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Enrique R. Soriano

Cordura

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Cordura

El vocablo cordura tiene como origen la raíz indoeuropea kord que produjo, a su vez, la palabra griega kardia, que es el antecedente de corazón en español. Pero también ha generado términos como cordura y cuerda. Todas estas son voces que se pueden vincular a un proceso de confinamiento (afortunadamente se anunció su fin) producto de la pandemia.

El sufijo –ura implica continuidad, como en las palabras escritura, pero también aventura y cultura. Entonces, cordura implica la continuidad de lo que el corazón mantiene como ritmo. De ahí que en nuestro idioma pasó a significar sensatez, antónimo (lo opuesto) de locura.

Perder el hilo (cordón) de la normalidad, es una de las razones por las que es fundamental escribir. El proceso de ordenamiento de ideas, su vinculación y, finalmente, su expresión; obligan al cerebro a mantener un ritmo y una línea de trabajo; lo que permite combatir la confusión que provoca el aislamiento.

La humanidad ha padecido a lo largo de su historia varias pandemias. El confinamiento fue una de las estrategias para la supervivencia de mucha gente. Del confinamiento, como seguramente sucederá ahora, salió una humanidad distinta. En buena medida el Renacimiento tiene su antecedente en el confinamiento a que obligó la peste negra. Ello llevó a la reflexión, el análisis y la producción escrita.

Lo más destacable a mi juicio, es la producción escrita. Grandes obras aparecieron una vez pasada la emergencia; pero no solo literaria, también científica. Y es que todo confinamiento obliga a la reflexión y la mejor forma de que ello no se pierda, incluso para profundizar en las mismas reflexiones, es la escritura. No solo porque permite el ordenamiento de las ideas; sino porque, precisamente, combate su antagonismo: perder la cordura, la cognición, la conciencia. Esta es la razón por la cual, los confinamientos productivos suelen ser de mucha utilidad.

Ese trabajo de razonamiento durante la peste negra en la Edad Media provocó un replanteamiento de la forma de pensar. Es decir, recopilar experiencia, sistematizarla y reflexionar sobre ello, dio con las fórmulas de higiene para iniciar el combate a futuras pandemias. Entonces, reflexionar no solo se queda en el pensamiento, sino que también propicia la toma de decisiones, el actuar personal y social.

No hay razón para que no se presente en esta ocasión una evolución similar. Incluso, con los resultados en el ambiente ecológico, en el ámbito económico, en el aspecto social o hasta en el higiénico-alimenticio la pandemia está obligando a replantear nuestro desarrollo como humanidad.

De ahí, retomo las ideas iniciales, para mantener la cordura, es muy importante imprimir el corazón al escribir. Desarrollar textos con pasión y profunda reflexión aporta no solo a la estabilidad emocional de cada persona, sino que también ofrece resultados positivos a la humanidad en general. Ya no volveremos a ser los mismos; seremos mejores si todo esto se acompañó de un proceso consciente de análisis.

La variable en esta ocasión han sido las redes sociales: aprovecharlas para el intercambio de puntos de vista y reflexiones nos fortalecerá. Ahora, solo nos falta aprender a discutir.

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Enrique R. Soriano

Resiliencia

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Resiliencia

Este vocablo se ha puesto de moda. Actualmente, en psicología se usa para reconocer la capacidad de un ser humano para superar situaciones traumáticas. En virtud de las condiciones a las que estamos sometidos por la pandemia, muchas personas la están usando para motivar esa fortaleza interna para superar las condicione de confinamiento. He leído en algunos muros de redes sociales: «Sé resiliente».

El vocablo originalmente inició en la industria. Está integrado por el prefijo re-, que tiene sentido de nuevamente o insistir; por el verbo latino salire, del que derivaron las palabras en español como salir, saltar; y el sufijo –ia, que imprime a la raíz que se añade el sentido de frecuencia. En su conjunto, entonces, introduce la idea de «siempre regresar a la forma original».

Se aplicó en la producción para reconocer la capacidad de ciertos materiales para regresar o esforzarse en recuperar su forma original, como en el caso de los resortes.

En 1973, Crowfor Stanley, un ecologista canadiense, ocupó el término fuera del contexto industrial para referirse a la búsqueda constante de los ecosistemas por recuperar sus condiciones originales en su artículo Resilience and stability of ecological systems (Resiliencia y estabilidad de los ecosistemas).

De ahí pasó a formar parte de otras muchas ciencias como en la psicología que trata de identificar con ella la capacidad de los seres humanos para no verse afectado por condiciones traumáticas o de estrés que causan desequilibro emocional.

Actualmente, las condiciones pandémicas nos están sometiendo a condiciones de resistencia emocional más allá de lo que traumas o momento tensos ocasionan. Ello debido a que normalmente el momento de tensión o es instantáneo o muy breve. Sin embargo, en las condiciones de riesgo actuales, donde la amenaza a la salud, de estabilidad emocional y económica se prevén prolongadas, la cordura se altera.

La amenaza de desequilibrio, entonces, genera inquietud, desasosiego, irritabilidad o franco pánico. De ahí el llamado a ser resilientes, es decir, a recuperar nuestro estado de normalidad a pesar de las presiones.

El agobio suele paralizar. El miedo, como mecanismo de defensa (recuérdese la forma de reaccionar de algunos animalillos que fingen su muerte para ya no ser atacados, como los ratones ante el acoso de un gato), lleva a dejar de actuar o, en otros casos, a sentirse desorientado. De ahí la recomendación de dejar de exponerse a catastrofistas (que abundan en las redes sociales) o, si es imposible alejarse de las computadoras o el teléfono inteligente –porque el trabajo o la escuela así lo obliguen–, cuando menos poner en tela de juicio o definitivamente verificar la información antes de aceptarla.

Ya en otra colaboración señalaba que la salud está directamente vinculada al estado emocional, no solo físico.  De ahí la recomendación de leer cuentos o novelas alejadas de catástrofes o de condiciones de tensión o dramáticas.

Sea cuidadoso con el vocablo resiliencia porque ofrece dificultad en su pronunciación por el diptongo ie a mitad de la palabra. Poca educación emocional recibimos y quizá es tiempo de preocuparse por ella.

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