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Enrique R. Soriano

Chispitas de lenguaje

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¿Español o castellano?

La polémica no se ha zanjado. Aún persiste la discusión si lo que hablamos es español o es castellano. Es decir, que el nombre del idioma, aún levanta las más airadas discusiones. Cada postura tiene argumentos válidos. En España casi de forma mayoritaria le llaman castellano. Fuera del país de origen, es irregular; pero es más común la primera. Incluso, aquí en México, algunos profesores en sus clases de Español insisten en que debería llamársele castellano. ¿A qué se debe esta polémica?

Cierto es que la base del idioma que hablamos tuvo su origen en Castilla. De ahí el nombre de castellano. Sin embargo, hoy día es muy diferente –por evolución e influencia de otras lenguas– a lo que podríamos llamar el original. Este último concepto es francamente difícil ¿En qué momento exacto un niño deja de serlo para pasar a la adolescencia? Nunca será un momento específico. Lo mismo sucedió al castellano. Como todo idioma registra una evolución constante, sólo hay posibilidad de llamarlo así cuando se diferenció totalmente del latín y de otras también derivadas. Los documentos más antiguos del castellano se encuentran en San Miguel de la Cogolla, en la Rioja, España.

Pero, ya no hablamos estrictamente castellano. Ese idioma actualmente nos quedaría muy limitado para hablar. Alfonso X, el Sabio, fue el rey que decidió adoptarlo como lengua oficial en el siglo XIII. Dejó el latín, considerado en casi toda Europa como la lengua por excelencia, para abrazar la lengua popular que ya llevaba más de trescientos años como lengua de uso. Así, al ser oficial, leyes, decretos, tratados científicos y literatura se redactaron en castellano.

Como toda la Edad Media, la expulsión de no católicos propició la conquista de territorios bajo el dominio árabe. Por ello, por la unión de las distintas regiones bajo el nombre de las Españas, pasó de ser castellano a llamarse español.

El detalle es que no es la única lengua de origen hispano. El mismo argumento aplica para llamar idioma español (por su origen) al asturiano, al vasco, al gallego, al valenciano y al catalán (sin la menor intención de ofensa al nacionalismo de aquella región del mundo). Por ello, en la propia España a nuestro idioma se le reconoce como castellano.

Sin embargo, tampoco las otras lenguas españolas se han mantenido inmutables. Todas han recibido influencia de otras de la misma península (el castellano incorporó la palabra ‘chaparro’ del vasco). Lo que hoy llamamos español o castellano a lo largo de los siglos se ha nutrido de todos los idiomas del mundo. Tenemos ‘tsunami’ del japonés y ‘huracán’ del maya, por mencionar sólo algunas.

En lo personal, me gusta más la idea de llamarle español. No sólo por el origen, sino porque se ha universalizado tanto, que ahora es la voz de uso de más de 500 millones de hablantes. El término castellano lo encuentro limitado frente a un nombre como español. Además, así lo identifican otros idiomas y el nombre España también procedió de fuera de la península. Poco queda hacer si así lo llaman las mayorías hispanas y no hispanas.

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Enrique R. Soriano

Riqueza del vocabulario

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Riqueza del vocabulario

La mayoría de las personas coinciden en reconocer la importancia de enriquecer el vocabulario. Escucho a muchos adultos insistir que a los jóvenes y niños les hace mucha falta.

Pero las anteriores generaciones hacemos poco para que las nuevas lo enriquezcan. Los adultos si sabemos de una palabra novedosa (por poco usual), extrañamente la aplicamos en nuestra comunicación cotidiana. A veces, la registramos como un caso curioso o anecdótico y hasta ahí llega el esfuerzo. Ninguna palabra podrá arraigar en las nuevas generaciones si no la escuchan con regularidad y la oportunidad de oírla solo puede venir de los mayores.

Somos los adultos los responsables que los muchachos tengan un vocabulario pobre. Si nos ven consultar el diccionario, propiciamos que el joven se habitúe a usar el diccionario. Igual, si nos escuchan palabras nuevas, las usarán. Por ello, los más obligados somos los adultos. Antes de recomendar algo a las nuevas generaciones, consideremos nuestra propia acción.

Un ejemplo representativo es la palabra pandemia. Hace un año, no era vocablo entre niños o personas lejanas a aspectos de salud. No obste, hoy, por ser tema de charlas formas e informales, es comprensible para cualquiera. Una palabra no usada, es un vocablo extraño; término en la boca de todo, es expresión genérica.

Las palabras extrañas, llamadas popularmente domingueras en México, dejarían de serlo si fueran de uso común. Y sólo pueden ser comunes si todos nos habituamos a usarlas. El diccionario oficial (el de las academias de la Lengua) tiene cerca de cien mil entradas (palabras ordenadas alfabéticamente y con definición). Seguramente contendrá la palabra requerida para expresar la idea que nos ronda la cabeza. Evidentemente, si no conocemos, ni usamos alguna palabra nueva o recién conocida, se olvida y será difícil expresar con exactitud. A todos nos ha pasado. En ocasiones cuando intentamos explicar algo, nos faltan las palabras precisas. Y, a pesar que la idea es clara en nuestra mente, nos resulta difícil exponerla porque no tenemos el vocablo a la mano.

En buena parte, el problema de un vocabulario pobre se debe a que, en términos generales, recurrimos a palabras comodín.  Somos perezosos, pocas veces meditamos sobre el término preciso o no buscamos en el Diccionario. Incluso, a pesar de conocerlas, recurrimos a palabras que las sustituyen sin mucho esfuerzo.

Es el caso de la voz cosa o de los pronombres ese, esa, este, esta, etc.  Es regular usar o escuchar a alguien decir “pásame esa cosa” o “pásame la esa, la que está junto al ese”. Estos casos reflejan que los adultos poco nos esforzamos por encontrar la palabra precisa para definir lo requerido. Y con ello se va perdiendo el uso regular de algún vocablo. Así hacemos propicio que a las nuevas generaciones les resulten cada día más extrañas y difícil lograr la riqueza de vocabulario, tan reclamada a las generaciones menores… como si fura su única responsabilidad.

Enriquecer el vocabulario de las nuevas generaciones depende en buena medida de las anteriores, sin restarles la responsabilidad de sentires legítimos herederos de un legado léxico sumamente rico.

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Enrique R. Soriano

Comprender mediante el idioma

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Comprender mediante el idioma

Múltiples problemas nos agobian hoy. Entre la pandemia, la crisis económica mundial –producto del freno en seco de todas las economías– y violencia por las calles a causa de la delincuencia organizada. Para colmo, estamos desorientados, por permanecer recluidos tanto tiempo para evitar contagios.

En ese marco, recibimos un mensaje de un amigo. En él nos dice: «Te necesito: estoy en la sima». Entonces, nos sentimos aliviados porque al fin alguien nos arroja un cabo. No leer pendientes de la ortografía nos ha tendido una trampa: no nos informa nuestro amigo que lo alcanzó el éxito, sino que, al igual que nosotros, está en el hoyo (una cavidad honda y profunda en el suelo).

Las palabras homófonas son vocablos que se pronuncian igual, pero se escriben diferentes. La modificación hace que su significado también varíe. Ello obliga, entonces, no solo a estar pendiente de cómo escribimos sino también cómo está escrito un vocablo.

En otros tiempos se contaba un chiste para hacer consciente al ejecutivo de lo imperioso de revisar lo trascrito por su secretaria. Se decía que un juez resolvió un caso de esta forma: «Inocente, imposible ejecutar sentencia». La secretaria, poco habilidosa en redacción, no identificó dónde colocar la coma y la incluyó después (porque no le faltó el aire antes). La sentencia quedó: «Inocente imposible, ejecutar sentencia». ¡La secretaria trasformó totalmente el veredicto! Pero ahí no acaba el problema: si el ejecutivo no tiene idea de ortografía o redacción, jamás identificará los errores.

Los casos anteriores hacen reír. Son ejemplos de problemas ortográficos y de puntuación, pero yo padecí algo similar por un significado diferente de una palabra. Llamé a una oficina y pregunté por una persona: no se encontraba. La señorita que respondió al teléfono me indicó muy amablemente: «El licenciado está hasta las 15:00 horas». Como llamé muy temprano, supuse que me hacía entender de su llegada más tarde y que después de la hora indicada no lo encontraría. Entonces me comuniqué nuevamente a las 14:30 hrs. y resulté regañado: « ¿No le dije que estaba hasta las 15:00hrs?». El tono insolente me incomodó mucho. No se percató que estaba usando la palabra hasta con sentido de desde, a partir de, que no le corresponde, pues es opuesto a su significado original (límite).

Para interpretar correctamente una idea se conjugan diversos factores: la puntuación (reflejada en el pausado), la ortografía (enunciada en la forma como se escribe un vocablo) y el significado de la palabra. Sin dominar los tres elementos, francamente estamos en condición de desventaja frente a quien sí los maneja. El lenguaje debía ser prioritario para todos.

Nuestro idioma es muy rico y, por ello, tiene muchos detalles por definir o explorar. Asistir a la escuela solo para acreditar materias es una falsa meta. El propósito debiera ser aprender, particularmente el idioma. Eso permitirá comprender mejor matemáticas, biología e historia. El idioma y su debida interpretación es la base de nuestro pensamiento… de entender la realidad.

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Enrique R. Soriano

Robótica

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Robótica

La robótica es una especialidad de la informática. Apenas en 1992, el entonces DRAE, hoy Diccionario de la lengua española, DLE , incorporó esa palabra. La define como: «Técnica que aplica la informática al diseño y empleo de aparatos que, en sustitución de personas, realizan operaciones o trabajos, por lo general en instalaciones industriales». Esa voz procede de la palabra robot, incluida a su vez en el diccionario oficial en 1970, con el sentido de: «1. m. Máquina o ingenio electrónico programable, capaz de manipular objetos y realizar operaciones antes reservadas solo a las personas. // 2. m. robot que imita la figura y los movimientos de un ser animado. 3. m. Persona que actúa de manera mecánica o sin emociones. 4. m. Inform. Programa que explora automáticamente la red para encontrar información».

Los hablantes son los que forjan su idioma. Cuando aparece una voz y satisface las necesidades de la sociedad, de inmediato se adopta. De lo contrario, simplemente no se presta atención y se relega. Es el caso de autómata, que en nuestro idioma pudo haberse usado en vez de robot.

El fenómeno de incorporar palabras es local. Un grupo adoptaba ciertos vocablos y así construye una lengua diferenciada de otras. Pero uno de sus vocablos podría satisfacer a otros grupos. Es el caso de robot y robótica: palabras incorporadas a la mayoría de los idiomas.

Robot, con el sentido moderno, fue usada por primera vez por el dramaturgo checo Carel Kapel en su novela R.U.R., publicada en 1920. Se trata de una historia de ciencia ficción, donde una supuesta compañía del futuro —llamada Robots Universal Rossum— se dedica a fabricar seres para trabajos forzados. La característica de esas máquinas es que tenían forma humana, pero carecía de conciencia. Kapel tomó el vocablo robota del checo, que significa trabajador forzado o esclavo y lo aplicó a los artefactos. En la historia, la maquinaria autómata debía obedecer ciegamente a sus dueños. El propósito de esos mecanismos es que respondan a una programación determinada de forma absolutamente fiel. La palabra gustó y tanto novelistas como cuentistas empezaron a echar mano de ella para definir a esa mezcla tecnológica humanoide entre sistemas motores y procesador de datos.

Fue Isaac Asimov —científico, divulgador, novelista, ensayista ucraniano, nacionalizado norteamericano— quien forjó el término robótica para referirse a todas las actividades relacionadas en el diseño, producción, operación y mantenimiento de los robots. El concepto previsto por Asimov hoy es una realidad en la tecnología, además de una especialidad profesional.

Robot es una de las pocas palabras admitidas que se pluraliza sólo agregando S al término, sin una vocal intermedia entre las consonantes finales: robots.

Dudo, sinceramente, que alguien cree sistemas tan complejos que se cuele una programación diferente a la prevista, como describen los relatos de ciencia ficción. Jamás serán una amenaza los robots. Siempre estarán al servicio del hombre, como sus parientes lejanos, la maquinaria. Ningún instrumento del hombre es malo o negativo; su uso inadecuado o programación inadecuada es lo que amenaza. Pero eso pertenece a las debilidades del ser humano.

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