Las Ventanas Opinión

Censura a un presidente

Hay un debate curioso que se ha dado en los últimos días sobre la decisión que tomaron algunas redes sociales como Facebook o Twitter para cancelar la cuenta de un usuario, especialmente cuando estamos hablando de un personaje como Donald Trump. ¿Es correcto que estas compañías censuren a alguien de la talla de un presidente? Las voces van en todos los sentidos y nos llevan a entender el poder que han generado estos monstruos corporativos que crecieron en forma inconmensurable en apenas unos cuantos años.

Dice el dicho que: no tiene la culpa el indio sino el que lo hace compadre. Anteriormente, las formas que las organizaciones tenían para dar a conocer sus mensajes eran canales institucionales. La Casa Blanca, por ejemplo, tenía un salón oficial en el que se llevaban a cabo las conferencias de prensa. Para acceder, era preciso contar con una acreditación y ese documento era preciadísimo; el portador era un reportero de cierta estatura periodística y no cualquiera lograba tener acceso. Sólo medios muy importantes conseguían tener un asiento en ese lugar.

Efectivamente, en aquellos años, los primeros en enterarse de noticias relevantes eran aquellos que contaban con ese pase. Se convertían en personajes muy poderosos ya que tenían la primicia de lo que se convertiría en las ocho columnas al día siguiente. Eran los tiempos en los que las cadenas de televisión, de radio, los periódicos y las revistas administraban la información masiva. El oficio del informador corría de la mano con un filtro de estilo y redacción y eran los editores los que decidían que peso darle a cada pieza informativa. Por supuesto, eran empresas que acumularon mucho poder.

Los vientos cambiaron y el presidente Trump le dio un giro al manejo de la información. Decidió que el trabajo de su vocero no era tan relevante ya que el podía ejercer ese trabajo. Eligió como canal para entregar sus mensajes las redes sociales y Twitter fue su mejor medio de contacto para informar. De un plumazo, la sala de prensa de la Casa Blanca perdió lustre. Ya no tenía razón de ser. Las primicias se conseguirían en línea y estaban al alcance de todo el que quisiera seguir sus cuentas. No mediaba ningún tipo de filtro. El contacto entre el receptor y el emisor era directo.

En general, la idea pudo haber sido muy buena y no lo fue. De un momento al otro, la diversidad de puntos de vista periodísticos se desvaneció y se le dio la primicia y casi la exclusividad a Twitter que servía de tubo de desfogue a un hombre estridente que en cuatro años dijo lo que quiso sin cuidar las formas, el vocabulario, las intenciones y el mínimo requisito de verosimilitud y honestidad. Así, vimos a Donlad Trump aconsejar inyectarse gel antibacterial para aniquilar el coronavirus que causa el Covid-19, insultar, faltar a la verdad, ofender, ser racista, misógino, grosero y, en última instancia, arengar e insitar a la violencia.

En estricta justicia, fue Donald Trump quien le dio ese lugar privilegiado a las redes sociales y ninguneó a los otros medios. Es cierto, otras administraciones retiraron las acreditaciones a periodistas que les parecieron incómodos, o que no cumplieron con los estándares dictados por la Casa Blanca, pero jamás se vio que la Sala de Conferencias de la Presidencia de los Estados Unidos se quedara vacía. Sin cuentas, Donald Trump está más solo que la una, más amordazado que si le hubieran puesto un bozal.

Es cierto, Facebook, Twitter y las redes sociales son empresas que han acumulado mucho poder, quizás demasiado. En la reflexión, es pertinente analizar quiénes son los que se los otorgaron. Lo curioso es que quienes les entregaron esa dádiva tan generosa pueden ser censurados por ellos, sin que las compañías tengan algún tipo de afectación. Ni modo, la niña es risueña y le hicieron cosquillas. ¿Fue correcto cancelarle la cuenta a un presidente? No lo sé, pero lo que sí se es que fue posible.

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