Falta alrededor de un mes para Navidad. A estas alturas, otros años ya estábamos en la parafernalia de los adornos, el arbolito, las luces, las celebraciones. Hoy, el espíritu anda flojito. No habrá ese vértigo de brincar de una reunión a la otra, de un compromiso al que sigue y los brindis estarán brillando en el recuerdo. Se ponen de moda reuniones en las que vemos a nuestros amigos y familiares a través de una pantalla y, la verdad, no sabe igual. El mundo cambió en muchos sentidos y hay que reconocer que no todo está tan mal: nos hemos vuelto más resilientes, más flexibles, más propositivos.

Sin duda, el corazón está latiendo a otros ritmos. En muchos hogares hay tristeza por lo que se ha perdido: unos se quedaron sin trabajo, otros sin posibilidad de ir a la escuela, algunos cerraron sus negocios, las familias de más de un millón de mexicanos han luchado con la enfermedad y más de cien mil mexicanos perdieron la batalla frente a virus. Sería irrespetuoso no reconocer que hay tristezas y preocupaciones que no se pueden soslayar. Quisiéramos estar más cerca de nuestros seres queridos y los expertos y científicos nos siguen advirtiendo que debemos guardar distancia por el bien de los propios y los extraños. Las autoridades en México y en el mundo siguen en el tono de la sana distancia.

n embargo, no podemos cerrar el corazón a la posibilidad de mostrar amor, gratitud. Estos tiempos nos llevan a contemplar los escenarios desde una perspectiva distinta. Es un tiempo propicio para poner en juego nuestra creatividad y darnos la oportunidad de imaginar alternativas. Por lo pronto, algo de lo que podemos estar agradecidos es que este año no nos vamos a someter a un maratón de compromisos a los que asistíamos más por obligación que por gusto. No tendremos que rendirnos a dar abrazos que no nos nacen ni a darle el beso de judas a ese personaje a los que en otros momentos le hubiéramos dado una patada. Al menos, eso no lo vamos a padecer este año.

En esta ocasión, podemos elegir y hacernos presentes con quienes verdaderamente son importantes para nosotros. Otros años, subidos en una prisa de brincar de un evento al otro, parecíamos una versión rara del Conejo Blanco de Alicia en el País de las Maravillas que corría a toda velocidad sin ton ni son, sin propósito ni perspectiva. Ahora, nos podemos dar el tiempo de elegir, de ralentizar el ritmo, de pensar y de sentir.

Extrañaremos ciertas tradiciones tanto como cualquiera, el sonido de las sartenes ruidosas en la cocina y el olor de la canela y la vista de la sonrisa brillante de los niños que parten las piñatas en las posadas. Nos hará falta mirar alrededor de la mesa y sentir todo ese amor familiar de cenas multitudinarias en las que aprovechábamos para convivir con los parientes y amigos que sólo vemos en esas ocasiones. Pero, este año será diferente.

Será distinto porque tenemos la esperanza y queremos volver a reunirnos pronto, porque no queremos imaginar cuál de los asientos estará vacío el próximo año. Queremos ser conscientes y no ser agentes de contagio. Es nuestro privilegio ser pacientes. Eso es lo que estará en nuestra lista de brindis este año. Elevaremos las copas, las chocaremos y diremos ¡salud! con una intención mucho más potente.

Celebraremos la resiliencia que hemos aprendido a tener. Siempre hemos escuchado que el momento más oscuro de la noche es cuando está a punto de amanecer. Cuando esta crisis pase —porque va a pasar— nos quedará esta capacidad para adaptarnos a circunstancias duras, para superar situaciones difíciles, para adaptarnos y estar por encima de la dureza y la crueldad. Hemos aprendido a ser más fuertes, menos frágiles.

Por esta razón, aunque de repente sentimos que los espíritus se aflojan, nosotros podemos sostenernos el corazón y celebrar que, a pesar de las adversidades, seguimos dando la batalla. Y, eso es algo que vale la pena festejar.