Azotados por una pandemia que ha cobrado más de 100 mil vidas en nuestro país, esta semana han resonado fuerte las voces del Poder Legislativo y de la OMS, en torno a que ya debe considerarse la reapertura de las escuelas. 

El pasado jueves, el Congreso del Estado inquirió al Gobernador mediante un exhorto para que las escuelas particulares reciban estímulos vía exenciones de cobros por supervisión, con el fin de que la crisis económica por la pandemia les sea menos gravosa y eviten cerrar los servicios educativos. Como buena intención de solidaridad gubernamental con la estructura económica parece justo, sin embargo, la instrucción legislativa de valorar la reapertura de estancias infantiles y escuelas parece temeraria y de alto riesgo.

En similar postura, donde el hartazgo y la desesperación parece ser el común denominador, el director regional de la OMS en Europa, Dr. Hans Kluge, refería que el confinamiento es evitable si se siguen las medidas sanitarias y que la clausura de las escuelas no se considera una medida eficaz para el control del Covid-19.

Es muy cierto que el sistema educativo ha resentido fuertemente las limitaciones de un modelo a distancia que no ha podido fraguar en su andamiaje pedagógico, sin embargo, los esfuerzos del Magisterio, la SEG, el valiente puñado de niños, niñas y padres de familia le mantienen a flote y funcionando, a pesar de las condiciones tan deprimentes que lo dominan.

Imaginar en estos momentos que los niños no sean considerados como principales medios de transmisión del virus y que el cierre de las escuelas no ha sido medida eficaz contra la dispersión de la enfermedad, es tanto como desconocer la enorme capacidad de difusión y tránsito de un bicho por medio de los mecanismos infantiles y juveniles de la interacción diaria.

Imaginar que ya porque los menores son la población menos afectada serán inmunes, es tanto como creer ingenuamente que la convivencia extremadamente cercana e inocente de los niños, niñas y adolescentes encerrados en espacios de 6 x 4 metros no será un gran caldo de cultivo virulento, que viajará en mochilas y enseres escolares hasta el corazón mismo de todas las familias.

Hoy el mundo se convulsiona con más de 46 millones de personas infectadas por coronavirus, casi un millón y medio de muertos por esta causa y amenaza de rebrote aterrador en todos los rincones del planeta. En nuestro país ya las campanas tocaron a duelo por más de 100 mil muertos por Covid-19 y el segmento de infectados ronda el millón 25 mil casos positivos.

La situación que se cierne sobre nuestro estado parece igual de amenazante y letal que en el resto del país, los casos avanzan, los pacientes que requieren hospitalización van en aumento, del miércoles al jueves pasado la cifra de hospitalizados graves creció de 308 a 544, es decir, a manera de muestra circunstancial los enfermos delicados crecieron un 76 por ciento en tan solo 24 horas y la capacidad instalada de camas especiales para esta enfermedad, ya se encuentra en el 44 por ciento de ocupación.

Bajo esta tesitura pandémica no se puede jugar al indolente y temerario, las clases presenciales no se pueden retomar si antes la SEG no realiza, conjuntamente con la representación de la SEP, un muy riguroso análisis situacional de las condiciones en que se encuentran las escuelas para la implementación de protocolos que aseguren al menos la preservación elemental de nuestros niños, niñas y adolescentes.

Recordemos asimismo que nuestro estado se encuentra entre los ocho con mayor índice de niños enfermos por Covid-19 con 2665 casos positivos, 53 sospechosos y 14 fallecimientos, de acuerdo con datos al 9 de noviembre aportados por el Colegio de Pediatras del Estado de Guanajuato, Capítulo León. O sea que abrir escuelas puede ser aún de alto riesgo, aunque lo pidan los diputados.

La preservación de la vida de nuestros infantes, debe ser prioridad de conciencia de nuestros gobernantes.