Siendo niño pronto dejé de ser específico en los regalos solicitados a los Reyes Magos debido a que les pedía una cosa y generalmente me traían otra. Lo cual no me afectaba significativamente porque mi mentalidad infantil consideraba que en una familia tan numerosa como la mía resultaba complicado que esos señores barbones y bigotones fueran selectivos y, aun magos, una noche no les era suficiente para atender a la medida a la gran prole.

Yo sólo ponía mi zapato por la noche junto con la ilusión de encontrar algo a su lado unas horas después (y nunca me fallaron). Al amanecer recibía los regalos agradeciendo al cielo lo recibido, para acto seguido, voltear a la tierra y experimentar emociones variopintas al ver los obsequios que mis hermanos y primos habían recibido.

Hoy pienso que fui afortunado al no obtener todo lo que pedía. ¿Por qué? Porque tal cosa me permitió experimentar a temprana edad una importante gama de sentimientos que pronto aprendí a manejar, los cuales iban desde la envidia al ver que el otro recibió el juguete que yo anhelaba, hasta la alegría cuando empezábamos a prestárnoslos y a compartírnoslos, pasando por los derivados de los respectivos procesos de negociación: tensión, en ocasiones enojo… empatía, solidaridad, cooperación…: “Te cambio este por aquel”. “No me conviene”. “Bueno, sólo préstamelo un rato”. “Está bien”.

Ahora que soy adulto me pasa, con los Reyes Magos, algo parecido: les pido una cosa y me traen otra. El año pasado les pedí plata y me trajeron trabajo; les pedí dicha y me trajeron salud; les pedí creatividad y fortaleza y trajeron una pandemia; les pedí momentos de alegría y me trajeron nuevas amistades; les pedí paciencia y me trajeron problemas e incertidumbre; les pedí por los pobres y trajeron más; les pedí buen trato entre las personas y me trajeron varias invitaciones para promoverlo…

Lo bueno es que desde niño aprendí a no estacionarme eternamente en la pena o en la queja por lo que no llegaba, sino a sacarle provecho a lo recibido y transformarlo en lo deseado, y aunque no siempre consigo dicha transformación, con el sólo hecho de intentarlo con todas mis fuerzas, la satisfacción no se hace esperar.

¿Qué les pido para este año? Que pronto termine la pandemia y regresen los abrazos, los encuentros y reencuentros humanos presenciales, y mientras tanto nos cuidemos unos a otros; que los gobernantes no utilicen a la pandemia y la respectiva vacuna para sus propios fines; que dejen de pretender dormirnos con cuentos de hadas; elecciones intermedias limpias, campañas austeras y honestas, candidatos y políticos –hombres y mujeres– responsables, inteligentes, visionarios y humanos; participación y organización ciudadana; menos impunidad y corrupción, más empleos y recuperación económica, mejores salarios, menos pobreza y violencia (sobre todo feminicida); más sabiduría y fortaleza; igualdad, paz, justicia, educación, honestidad…

Se requerirá de mucha “magia” para que tales cosas sucedan, ¿quién habrá de activarla? Los Reyes Magos, o sea, nosotros. Porque se acabó la edad de la inocencia. Se acabaron, también, los días en que podíamos pedir y esperar pasivamente los regalos que otros nos daban. Ahora nosotros, los adultos, somos los otros. Ahora nos toca devolver lo recibido, nos toca mirar al cielo al mismo tiempo que nos ponemos a trabajar para que tales cosas sucedan en la Tierra.

Que haga más quien más pueda. Que dé más quien más ha recibido. Que proponga más quien más sepa. Que exija más quien más cumpla. Que ría más quien más ame. Que se arriesgue más quien tenga más fuerza y recursos. Que viva más quien más sirva. Que no me contagie, y si me contagio que no enferme, y si enfermo que no duela tanto, y si duele mucho que no muera, y si muero que sea sin agonía y si agonizo que sea con sentido, para no sufrir demasiado, y si sufro, que haya alguien a mi lado, y si no hay alguien a mi lado, que desde lejos piensen en mí, y si no pueden pensar en mí que sea porque están procurando la salvación de los que aún están vivos. Son mis anhelos, son mis propósitos. Más los indispensables de Joaquín Sabina: Que ser valiente no salga tan caro / Que ser cobarde no valga la pena.