Quienes tienen a su cargo el estudio del Derecho, deben propiciar su evolución. Tal pareciera que se han hecho añadidos que no forman parte de un todo, que tenga como finalidad incrementar la relativa felicidad humana.

Son desgarradoras del alma las escenas y los relatos del sufrimiento de quienes se ven obligados a dejar sus familias, bienes y ancestros, porque la insuficiente evolución del Derecho, no se ocupa de impulsar, aun con un mínimo, la caridad en la conciencia de los seres humanos.

Los valores supremos, como la bondad, la verdad y la belleza, no deben ser desplazados del espíritu del Derecho, cuya objetivación, se convierte en el alma del Estado.

Empero, la educación es el quehacer humano, a través del cual, se ha de reforzar la tarea de crear condiciones, para que los valores enraícen en la concienciad de la humanidad, de tal manera, que se tenga la seguridad de que sin ellos, nuestra voluntad, transitará al garete ocasionando una vida colmada de atrocidades que no dejarán vivir en paz.

La incertidumbre es un estado mental cuya duración, debe ser transitoria; sólo en ese caso es productiva, porque cuando parezca no tener fin, es causa de trastornos graves en la salud.  Esa es la razón, por la que el ser humano debe tener capacidad para volver a la cordura, usando la duda, solamente para llegar a la certeza.

Darnos cuenta que obramos bien, sólo cuando creamos condiciones para actualizar potencialidades socialmente positivas, es un imperativo de la educación. Si ella  no nos lleva a esa convicción, le falta, para asegurarnos el acceso a la paz duradera en el contexto social.

Enterarnos que cuando somos causa de malestar o sufrimiento por falta de reflexión o cuidado en nuestros actos, obramos reprobablemente, debe ser objetivo de la educación, que cuando no se logra, se pierde la paz en la conciencia.

Ser capaces de reflexionar, si la conducta propia es generadora de armonía interpersonal, será también muestra de que hemos avanzado en el objetivo de fomentar una relación, en la cual no soy causa de malestar o sufrimiento entre quienes me rodean.

Acaso sea lamentable omisión, realizar la tarea educativa, sin tener en cuenta que, quienes están frente a mí, son seres con capacidad de llegar a ser libres; y, que debo contribuir a su realización en libertad.

 Probablemente hayamos caído con frecuencia en el error, de creer que podremos ser libres en medio de personas que no lo son; o que han perdido su empeño por actualizar esa potencialidad, por la que todos debemos de trabajar en aras de la felicidad o la virtud.

La educación debe acercarnos al ejercicio responsable de la libertad, que no alcanzaremos a cristalizar en la sociedad, si hemos perdido la capacidad para disfrutar del respeto del prójimo; ni aprendido ni reconocido, en la propia persona, la importancia de respetar y ser respetados.

Hemos marginado las normas de trato social, como generadoras de armonía y vida tranquila en el seno de una sociedad. Hemos llamado a la libertad, de manera tácita o expresa, a disfrutar de la violación del derecho y encontrar con ello, no sólo la ganancia ilícita, sino el orgullo nefasto de pasar por encima del otro.

Que el Estado eleve y cumpla su función educativa, es quehacer en que debemos empeñarnos, todos.