La carrera política de Andrés Manuel López Obrador se ha fincado, toda, en un mismo principio que es a la vez su principal línea discursiva: “la defensa de los más pobres”. Con esa bandera y un slogan que se convertiría después en programa de Gobierno: “Por el bien de todos, primero los pobres”, logró ganar la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México en 2000 y construyó, desde ahí, una exitosa campaña presidencial en 2006, en la que esbozó y socializó la que sería después su plataforma política para conquistar finalmente la Presidencia en 2018: los apoyos económicos directos a los sectores más necesitados de la población.

Así, del programa de pensión para adultos mayores, que lo catapultara desde el entonces DF al conocimiento nacional y que después fuera imitado y copiado por los gobiernos del PAN y del PRI, López Obrador pasó a instaurar los apoyos para madres solteras, los apoyos económicos para jóvenes que ni estudian ni trabajan, el polémico “Jóvenes Construyendo el Futuro”, hasta los subsidios de “Sembrando Vida” a productores y campesinos que siembren árboles frutales o maderables en sus tierras. Ese conjunto de programas sociales, todos basados en la entrega directa de recursos a la población necesitada, es como el presidente pretende “salvar a los más pobres y ayudarlos a salir de la pobreza”.

La realidad es que más allá de entregar dinero directo y sin intermediarios a los grupos de más bajos deciles de ingreso, no hay ningún otro planteamiento de fondo en su política económica, industrial o laboral que fomente la idea de apoyar a esos sectores a salir de la pobreza y mejorar sus ingresos y sus capacidades adquisitivas, de educación, salud y desarrollo.

Y ¿entonces? Si no los está ayudando realmente a salir de la pobreza ni es ese su objetivo real, ¿cómo es que Andrés Manuel dice querer tanto a los pobres y que son el eje principal de su proyecto de “transformación” del país? La respuesta a esas preguntas se puede encontrar en al menos tres frases que se le han escuchado al ahora presidente cuando se refiere al sector de la población que dice estar en primer lugar de su programa político.

La primera la dijo el 29 de marzo de 2019, en una respuesta en su conferencia mañanera: “La justicia es atender a la gente humilde, a la gente pobre. Esa es la función del gobierno… hasta los animalitos —que tienen sentimientos, ya está demostrado— ni modo que se le diga a una mascota: ‘A ver, vete a buscar tu alimento’. Se les tiene que dar su alimento, sí, pero en la concepción neoliberal todo eso es populismo, paternalismo”.

Luego, el 15 de noviembre de 2020, durante las inundaciones que vivió Tabasco, el presidente sobrevolaba las zonas afectadas en su estado a bordo de un helicóptero militar, y confesó públicamente que en el dilema entre inundara a Villahermosa o a las comunidades chontales, las más pobres del estado, su gobierno optó por afectar a los más pobres.

La referencia más reciente, para entender su visión del problema de la pobreza, la hizo ayer: “En el caso de lo de la Línea del Metro, los más afectados, Iztapalapa, Tláhuac, gente humilde, trabajadora, buena, entiende de que estas cosas desgraciadamente suceden y ahí no impacta política-electoralmente, sin embargo las colonias de clase media, media alta, ahí sí”.

Esas tres expresiones ilustran lo que representan los sectores sociales más necesitados y marginados en el discurso y el proyecto de López Obrador: clientelas políticas fieles y leales, que le garantizan votos, siempre y cuando él los cuide y alimente como si fueran sus mascotas y les entregue sus ayudas en dinero en efectivo. La semana pasada, el viernes, el presidente repetía su admiración por Cristo, y se equiparaba con él porque fue perseguido por defender a los pobres. Sólo que Cristo les ofrecía a los marginados el cielo y la vida eterna a cambio de una vida de resignación y sufrimiento, y Andrés Manuel ¿qué les ofrece más allá de 3 mil o 4 mil pesos mensuales?