Hace unos días el presidente ejecutivo de la Cámara de la Industria del Calzado del Estado de Guanajuato, Alejandro Gómez Tamez, asentó en sus redes sociales, con suma preocupación, que no encuentra asidero para pensar en que la economía tendrá un mejor desempeño en 2022.

El economista señaló “Me siento profundamente pesimista respecto de lo que sucederá con la economía este año. El costo para México de “subsidios” a gasolina será astronómico, viene una enorme carestía en alimentos y la inflación puede superar 10% muy pronto. La economía está anémica y viene este golpe”.

Su comentario, hecho en Twitter, desató una serie de comentarios, muchos de ellos influenciados por la polarización política existente en este país gracias al gobierno de la Cuarta Transformación, donde antes de cualquier consideración se insulta o descalifica ante la crítica; atacaron su tesis sobre el subsidio federal a las gasolinas y ni siquiera se dieron cuenta de las demás consideraciones hechas en su planteamiento. Pero así son las redes sociales, donde la vulgarización es la característica.

Lo cierto es que el directivo de la CICEG puso sobre la mesa una preocupación que debiera ser de todos. La inflación está desbocada en relación con lo que este país ha vivido en al menos los últimos 20 años. Diversos análisis, privados y de instancias financieras internacionales, ya anticipan una inflación que muy probablemente llegue, e incluso supere, el 10 por ciento. La última vez que México vivió esta circunstancia fue en 1999.

La inflación, como se sabe, afecta tremendamente a las familias. Las empobrece, en la medida que el valor de sus ingresos, obtenidos por su trabajo, se reduce ante el aumento de los precios; trabajan igual o más, pero no pueden adquirir lo que antes podían. Lo más grave, en este momento, es que los costos al alza son mayores en alimentos y energéticos.

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También es importante señalar que el problema no es únicamente de orden local. En esta ocasión hay graves factores internacionales que inciden en el costo de las cosas. Por ejemplo, la FAO, organismo de Naciones Unidad para la alimentación y la agricultura, ha informado que en febrero de este año el índice de precios de los alimentos en el planeta se ubicó en un máximo histórico, al incrementarse 20.7 por ciento de forma interanual.

Los efectos de la pandemia de COVID-19; del cambio climático que ha provocado sequía extrema en diversas partes del mundo o lluvias torrenciales; la crisis de transportes, derivada de la propia pandemia y más, habían incidido en el alza de costos de los alimentos de forma global. Cuando la FAO elaboró sus datos, aún no se sumaban los efectos de la guerra entre Rusia y Ucrania, dos de las principales naciones productoras de trigo y de fertilizantes, de los cuales, por cierto, dependen en buena medida los agricultores mexicanos. Ahora la organización asienta que la tendencia al alza de los precios de alimentos no bajará.

Algo similar pasa con los energéticos. Clima, transportes, alta demanda de ellos, sobre todo en América del Norte, China y Europa, presionaron sus precios en la temporada invernal. La guerra desató sus costos. El precio del petróleo se fue a las nubes, incluyendo el crudo mexicano, pero con ello, también sus productos derivados, como la gasolina. Y como en México no producimos lo suficiente, dependemos de su importación a costos internacionales.

En afán de contener su incremento y no “romper” la promesa presidencial de que en este sexenio no habría “gasolinazos”, el gobierno federal ha dejado, por decreto, de cobrar el impuesto especial IEPS. Dinero que debe ser de todos los mexicanos, presupuestado, que no ingresa a las arcas del país, a cambio de sostener artificialmente el precio de la gasolina. Se han hecho ya cálculos sobre los efectos en los ingresos federales, se dejarán de ingresas 300 mil millones de pesos para este año, los cuales no se invertirán en programas sociales o deberán salir de otro lado. Los ingresos del crudo, más amplios a los pronosticados, cierto, se desviarán a cubrir ese hueco, pero serán insuficientes, porque no producimos mucho petróleo actualmente.

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Con el dinero de todos, financiamos a los que tiene auto. Claro que también se puede añadir que con esto se trata de evitar que los precios se sigan disparando si aumentara la gasolina a precios mucho más altos, por un efecto dominó, pero la contención es menor. Ya es una medida tomada en el pasado y señalada, por cierto, de “populista”.

En este entorno, las empresas no logran levantar su producción como se esperaba. El secretario de Finanzas estatal, Héctor Salgado Banda, por cierto, evalúa como apoyar a la iniciativa privada ante esta crisis.

Viene un año difícil, como dice Gómez Tamez, aunque no les guste a los furibundos críticos en redes sociales que idolatran a un gobierno que ha soltado las amarras de una economía que estaba controlada. Mejor hay que prepararnos para algo inédito en este siglo, pero los que lo vivimos en el siglo XX, sabemos sus orígenes y parece que la historia se repite.