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Lorenzo Meyer

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La mente reaccionaria

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La mente reaccionaria

*Monsiváis retrató bien a México porque lo vivió de abajo a arriba, con mente abierta y generosidad.

El título de esta columna corresponde al libro publicado por Corey Robin en 2011, The reactionary mind (Oxford U. Press), que modificó en una segunda edición (2017) y subtituló Conservadurismo de Edmund Burke a Donald Trump. El libro busca descubrir las raíces ideológicas de la derecha.

La propuesta central del profesor del Brooklyn College y la City University de Nueva York, es clara y sostenida por un análisis a profundidad de sus fuentes. Para Robin, la visión moderna de la política y de la sociedad de los conservadores sigue anclada en la respuesta que en su momento dieron a la Revolución Francesa. El conservadurismo o la mentalidad reaccionaria —para el autor son términos intercambiables— nace del sentimiento de una injusta pérdida de privilegios: la superioridad del blanco sobre el negro, de la autoridad incuestionable del patrón sobre el trabajador, del pater sobre la esposa e hijos. Por eso, su objetivo último no fue, no es, la preservación del poder sino su recuperación, la restauración (p. 56). En México, en los siglos XIX y XX y en la actualidad, se dan estos procesos.

La ideología de la derecha moderna, señala Robin, surge de la experiencia de aquellos que ejercen el poder político, económico o cultural y de quienes se identifican con ellos, ante la posibilidad de perderlo. Los fundamentos de esa teoría fueron elaborados por un irlandés, Edmund Burke, (1729-1797), cuya influencia en el pensamiento conservador no ha desaparecido, aunque ahora ese pensamiento ya no puede rechazar de manera tan abierta como en el origen la legitimidad de la democracia.

La abundante bibliografía y las consideraciones de Robin están ancladas en la experiencia histórica británica y norteamericana, pero tienen un valor para otras experiencias políticas modernas, incluida la mexicana.

Lo que Burke vio y reprobó en la Revolución Francesa no fue sólo su violencia contra personajes de las clases dirigentes —el rey, María Antonieta, los aristócratas o el clero—, la expropiación de sus propiedades y la anulación de sus privilegios, sino algo más profundo: la pretensión de trastocar la obligación de la deferencia que las capas populares deben a sus superiores y, sobre todo, negar el derecho al mando de éstos últimos. Ese trastrueque equivale, según Burke y sus sucesores, a pervertir el orden natural de las cosas.

En este contexto, la actitud hoy de personajes como Salinas Pliego al cuestionar y contradecir recomendaciones de las autoridades sanitarias para disminuir el agresivo contagio del virus SARS-CoV-2, es un ejemplo del “derecho” de los dueños de la riqueza a ejercer un mando que no proviene de la legalidad, ni de elección alguna, sino de la naturaleza misma de las divisiones naturales entre élites y masas.

Examinando discurso y conducta de ciertos grandes capitalistas, Robin concluye que la imagen que algunos de estos tienen de sí mismos no se genera en su éxito para acumular riqueza sino, sobre todo, en verse como exitosos dirigentes de hombres. Estos personajes tienden a comportarse como los grandes señores antes del capitalismo: quien tiene el derecho a disponer del trabajo de otros también se considera con derecho a imponerse sobre ellos. Por eso, entre otras cosas, tales personajes se piensan no como meros “capitanes de la industria” sino generales de la sociedad, a la que pueden y deben dictarle órdenes porque su superioridad económica prueba su superioridad intelectual y moral, (pp. 36-47). Algo o mucho de esto lo exploraría Max Weber al ligar capitalismo y protestantismo.

En principio, los conservadores siempre tienen una ventaja sobre sus rivales de izquierda: que no necesitan buscar y ensayar fórmulas políticas nuevas porque no pretenden remodelar a la sociedad, sino apenas retornarla al camino de la “normalidad”. En esas condiciones, el problema para la derecha es lograr que parte de las clases subordinadas les respalden sin cuestionar su propia subordinación, y eso es posible si a esos subordinados se les convence que no son tales porque hay otros grupos en peores condiciones. Por eso, en el siglo XIX, políticos sureños norteamericanos proponían que todo blanco tuviera un esclavo pues de esa manera incluso los blancos pobres se considerarían “clase propietaria”. En 2016 otros blancos pobres se identificaron con Donald Trump en su animadversión por las minorías de color, entre ellas, la mexicana.

En suma, si se acepta que el pensamiento conservador es “una meditación y una elaboración teórica de la experiencia de tener [o creer tener] el poder, verlo amenazado e intentar recuperarlo” (p. 4), entonces se entiende mejor la naturaleza del esfuerzo de la coyuntura política mexicana actual.

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Lorenzo Meyer

Entre Monroe y Washington

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Entre Monroe y Washington

En su discurso del pasado 8 de julio al lado del presidente Donald Trump en la Casa Blanca, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) decidió dar un consejo al gobierno del país vecino: que, al menos en su relación con México sustituyera la odiosa “Doctrina Monroe” —declaración unilateral de 1823 frente a Europa y que reclamaba para Estados Unidos el papel de poder dominante en nuestra región— por lo que podría considerarse la “Doctrina Washington”: el consejo que aquel primer presidente norteamericano dio a sus conciudadanos: no aprovecharse del infortunio de otros pueblos.

Citar ese consejo del máximo héroe norteamericano a sus conciudadanos, puede interpretarse como una sutileza para recordar que tal principio es parte de un todo más amplio: un conjunto de reglas de política externa que Washington enumeró en su despedida de 1796 y que constituyen una auténtica doctrina política. En este campo el mandatario fue un realista pues partió del principio que en el trato entre naciones soberanas no tiene sentido usar y menos creer en el concepto de amistad sino sólo en el de los intereses nacionales y que estos son básicamente económicos. En ese contexto, Washington propuso que “una gran regla de conducta para nosotros, en relación a las naciones extranjeras [debe ser] extender nuestras relaciones comerciales con ellas, pero procurando las menores conexiones políticas posibles”. Y resulta que esta premisa de política externa diseñada cuando Estados Unidos aún no era un imperio, es una que hoy cuadraría muy bien con el principio central de la actual política de México: la no intervención de un país en los asuntos internos de otro. Es difícil suponer que en la Casa Blanca se haya captado ese fondo del mensaje, pero como sea AMLO puso su pica en Flandes.

Esta primera gira del presidente mexicano al exterior está llena de detalles a examinar e interpretar. Uno de ellos es el motivo mismo del viaje. No fue, como él pretende que se le vea: una visita de trabajo al poderoso país vecino para hacer visible la importancia de haber sustituido el viejo TLCAN por el nuevo T-MEC. El primer ministro canadiense estuvo ausente y eso en nada afectará el acuerdo, ni éste va a significar un gran viraje en la naturaleza de la relación económica dependiente de México con Estados Unidos. Sólo Trump se empeña en calificar al viejo TLCAN como el peor tratado comercial firmado por su país y al nuevo como el mejor. Como sea, el hecho evidente es que la puesta en marcha del T-MEC no requería de la reunión de los jefes de Estado signatarios. Todo permite suponer que fue AMLO quien aprovechó la coyuntura y decidió correr el riesgo de medirse frente a Trump en el propio terreno de aquel y lo logró, aunque no sin alguna raspadura.

Trump no debió creer nada de lo que dijo en su discurso de bienvenida sobre amistad y respeto hacia AMLO y los mexicanos, pero el mero hecho de haberlo dado significó un conveniente olvido de la postura antimexicana adoptada desde 2015 y de la humillación que le infligió a Enrique Peña Nieto en 2016. En esas ocasiones el hoy ocupante de la Casa Blanca era el abanderado de la defensa contra una supuesta invasión de mexicanos caracterizados como narcotraficantes, criminales y violadores, y por eso había que separar a la Norteamérica morena de la blanca. En contraste, frente a AMLO, Trump caracterizó a la comunidad mexicano-americana y al presidente mexicano de manera muy positiva pese a que sus ideologías son de signos antagónicos: de derecha la del norteamericano y de izquierda la del mexicano.

Finalmente, los críticos de AMLO le echaron en cara que su presencia en la Casa Blanca sería usada por Trump en su empeño en reelegirse, pero al votante norteamericano promedio lo mueven los grandes problemas propios: la forma en que percibe el manejo de la economía, la pandemia, el desempleo y las manifestaciones contra el racismo. En ese panorama la relación con México simplemente no está. En el periódico de la ciudad de Washington —The Washington Post— fue apenas noticia para la página 12, mientras que aquí lo ha sido por varios días noticia de primera página y discutida en innumerables columnas.

Al final, quien pareciera haber obtenido mayor benefició del viaje, fue el que más se arriesgó: el presidente mexicano. Sin embargo el elogio de Trump a la cooperación mexicana forzada en el control de la migración proveniente del sur fue un raspón para AMLO. La asimetría de poder entre los vecinos hace de la presión norteamericana la constante inevitable de nuestra relación con el exterior.

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Lorenzo Meyer

La batalla por el pasado

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La batalla por el pasado

Es claro que nada ni nadie puede cambiar lo que ya ocurrió, pero sí se pueden modificar las maneras y sentidos en que en el presente se interpreta y reconstruye lo ocurrido, lo que se ha recibido del pasado. Hoy somos testigos de una fase muy llamativa e interesante de este fenómeno en Estados Unidos, una lucha política por reinterpretar aspectos de lo ocurrido hace más de siglo y medio —la guerra de secesión (1861-1865)— e incluso antes. Algo similar ha ocurrido en otros países con traumas colectivos.

Se ha argumentado repetidas veces que “la historia la escriben los vencedores”. La afirmación es cierta… hasta cierto punto. La historia —esa memoria parcial y selectiva del pasado— la escriben muchos. Obviamente destaca la narrativa de los vencedores, pero los vencidos no necesariamente dejan ese campo libre a sus rivales y a veces, con el paso del tiempo, vuelven a la batalla en sus aspectos simbólicos.

La guerra civil norteamericana, la lucha de los estados del sur (la Confederación) por separarse de los del norte (la Unión) y construir una nueva nación fue terrible —entre 600 mil y 750 mil muertos. Tuvo varias causas; una de ellas fue la oposición en el norte a la persistencia y posible expansión de la “institución peculiar” del sur: la esclavitud; institución que también existió en México pero que fue abolida tras la independencia de España.

La derrota sureña fue total y por un período esa parte de Estados Unidos experimentó lo que es vivir bajo un ejército de ocupación. Sin embargo, cuando las fuerzas del norte se retiraron los blancos sureños estructuraron una forma de vida política, económica y social donde sus antiguos esclavos y sus descendientes siguieron llevando las de perder: la segregación racial. A fines de ese siglo e inicios del siguiente, asociaciones de blancos empezaron a erigir en la antigua Confederación una multitud de estatuas conmemorando las hazañas de los generales sureños más notables —empezando por Robert E. Lee— hasta las de un soldado típico de infantería. Se calcula que se erigieron más de 700 de estos monumentos. Y es que, para una buena parte de los sureños, sus antepasados fueron militarmente vencidos, pero no su espíritu.

La lucha de la minoría afroamericana contra las condiciones históricas de opresión y discriminación que ha padecido ha sido larga, cuesta arriba y siempre llena de incidentes violentos. Un acto de brutalidad policiaca en Minneapolis que cobró la vida de un afroamericano en mayo de este año y que fue difundido por las redes sociales, fue el combustible que avivó un incendió que ya existía. Las manifestaciones multitudinarias a lo largo de semanas se hicieron no sólo contra la brutalidad policiaca sino contra todo el complejo entramado de discriminación de las minorías raciales. Esta movilización derivó, entre otras cosas, en una lucha por la reinterpretación del pasado histórico norteamericano y que ha llevado a remover, destruir o desfigurar estatuas de héroes sureños en Carolina del Norte, Virginia, Alabama o Florida, pero también en Detroit o Nueva Jersey.

Y de esa defenestración no se ha salvado ni Cristóbal Colón ni el conquistador español Juan de Oñate, ya que ambos son símbolos de la destrucción y explotación de las poblaciones originales de América. Lo más revelador fue el ataque o remoción de estatuas o bustos de George Washington, el padre de la patria, por haber sido esclavista o de Ulises Grant, el general norteño que derrotó al sur pero que durante corto tiempo también fue dueño de un esclavo.

En México la guerra de las estatuas también ha tenido lugar, aunque de manera menos espectacular. Para empezar no hay una del conquistador, Hernán Cortés, y la ecuestre de Carlos IV se le tolera por ser obra de Tolsá (1803) y por la belleza del animal que monta el monarca (el modelo fue un caballo mexicano) y se le conoce como “El Caballito”, el monumento a la pierna de Santa Anna fue destruido, el de Miguel Alemán en el campus de la UNAM fue dinamitado y la estatua ecuestre de José López Portillo no duró mucho. En Chiapas, el movimiento indígena se encargó de derribar con un marro la estatua del conquistador Diego de Mazariegos en 1992.

De surgir en nuestro país un movimiento de reinterpretación del pasado similar al que hoy tiene lugar en Estados Unidos, tendría una tarea agotadora: defenestrar algunas estatuas, pero sobre todo sustituir los nombres de calles, avenidas, colonias, viaductos, etc. Y todo ello como parte de la reinterpretación del pasado, que siempre es una forma de encarar los temas problemáticos del presente.

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Lorenzo Meyer

El virus y la protesta

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El virus y la protesta

En principio las manifestaciones masivas de protesta en Estados Unidos y con diferente intensidad en otros países, México incluido, podían ser coincidentes con la pandemia provocada por el SARS-CoV-2, pero nada más. Sin embargo, en muy corto tiempo ambos fenómenos se han enlazado hasta parecer uno solo.

De entrada, protestas y pandemia tienen un punto inicial de coincidencia: el 25 de mayo. Fue entonces cuando George Floyd (GF), un ciudadano afroamericano, fue asesinado por policías en Minnesota. Cuando lo mataron, GF llevaba ya varias semanas desempleado a causa de la pandemia, es decir, por el cierre de los dos clubs nocturnos en Minneapolis donde él trabajaba para mantener la paz entre la clientela que se divertía bailando, bebiendo y consumiendo platillos estilo mexicano. El cierre fulminante de esos y de cientos de miles de otros sitios de encuentros colectivos, fue resultado de las medidas adoptadas para disminuir los contagios del agresivo virus.

GF había nacido 46 años atrás en un viejo y bronco barrio afroamericano de Houston —”The Bricks”—, había ingresado varias veces a la cárcel y por salir de ese entorno decidió marcharse al norte, a Minneapolis, donde encontró trabajo como chofer y vigilante de clubs nocturnos. Como millones de personas de extracción social similar, GF vivía al día y el inesperado desempleo lo dejó sin recursos. Por eso, cuando intentó comprar un paquete de cigarros pagando con un billete falso volvió a encontrarse con “la ley y el orden”, (The Economist, 06/06/20). El resto de la historia ya se conoce: pese a que no se resistió a su arresto, la brutalidad de un policía acabó con su vida.

El video que captó su trágico final y que se difundió en redes sociales coincidió con dos fenómenos que hicieron posible que en un abrir y cerrar de ojos, millones de personas se identificaran con la víctima de Minneapolis y se volcaran a manifestar agravios acumulados por décadas en Estados Unidos y otras partes del mundo: la violencia innecesaria de agentes del Estado contra ciudadanos indefensos y lo que se considera un origen de ese tipo de conductas y políticas: racismo, clasismo e impunidad.

Lo notable de estas manifestaciones de protesta fue la velocidad con la que se extendieron —como la del virus— en docenas de ciudades de Estados Unidos primero y luego en otros países con raíces históricas similares, notablemente en Inglaterra, Australia y Canadá, pero también en la Francia de los choques entre policías y “chalecos amarillos” para luego extenderse a España, Italia, Alemania, Polonia, Corea del Sur o Senegal. En México, la protesta tuvo su primer referente en Guadalajara tras la muerte de Giovanni López, un albañil, a manos de policías municipales por algo tan baladí como no usar tapabocas en un lugar público en tiempos de pandemia.

Y en tiempos de pandemia los manifestantes tomaron las calles conscientes de que podían enfrentar no sólo a la policía sino a un virus muy agresivo que se expande doquier que encuentra una multitud. Los medios internacionales han recogido testimonios de manifestantes que justamente por el peligro de contagio que implica su congregación, le da más valor a su desafío. En Estados Unidos se calcula que las reuniones de protesta pueden contagiar a unas 3 mil personas diarias, (The New York Times, 07 y 10/06/20), pero que es justamente en este momento crítico cuando debe pedirse cuentas por los abusos policiacos y la discriminación, así como enfrentar abiertamente algo que la pandemia ha puesto en evidencia: la indefensión en la que transcurre la existencia de millones de George Floyd en Estados Unidos y sus equivalentes en todo el mundo, que son millones y millones: los que deben exponerse diario al virus por no poder darse el lujo de aislarse, los que viven hacinados, los desempleados, los que combinan pobreza con enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión o sobrepeso —males que los sistemas públicos de salud no han podido enfrentar por falta de recursos o por abundancia de recursos económicos y políticos de las industrias que contribuyen a esas enfermedades. Así, por ejemplo, en Washington D.C. la población afroamericana representa 46% del total, pero sus muertos por coronavirus el 76%. Entre la población blanca —37% del conjunto— las defunciones por la misma causa sólo representan el 11% del conjunto, (Washington Post, 27/05/20).

Como en 1968, hoy las causas concretas del descontento global son particulares de cada país y región, pero finalmente las une un mismo sentimiento: un hartazgo con las fallas de fondo de estructuras de poder percibidas como abusivas e injustas.

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