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Lorenzo Meyer

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La décima de una milésima de milímetro

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La décima de una milésima de milímetro

La gran pandemia que azotó a México y al mundo hace poco más de un siglo, la influenza de 1918-1920, se originó en un virus A-H1N1 que probablemente pasó de las aves a los humanos en Estados Unidos. Su efecto fue brutal y global. Se calcula que infectó a centenas de millones y causó la muerte de entre 40 y 100 millones de personas, (John M. Barry, ‘The great influenza’, Penguin, 2004).

Las fuentes no permiten saber con exactitud como afectó a México este virus. Los censos de población de 1910 y 1921 nos dice que en vísperas de la Revolución nuestro país contaba con 15.1 millones de habitantes y once años más tarde sólo registraron a 14.3 millones. Si la demografía hubiera seguido su trayectoria normal –como la que tuvo en el último decenio del porfiriato- cuando la población aumentó en 1.5 millones, entonces el censo de 1921 no hubiera registrado descenso alguno sino, al contrario, un ascenso, y la población total hubiera rondado los 16.7 millones. Sin duda la Revolución fue el factor interviniente más dramático en la caída demográfica de la época, pero por sí sola no explica los 2.4 millones de mexicanos faltantes en los registros. Ese número hipotético debe de estar compuesto por las víctimas de la violencia, (aunque los grandes encuentros, como la Decena Trágica en 1913, Zacatecas en 1914 o Celaya en 1915, registran muertes del orden de 6 mil civiles y combatientes la primera, 7 mil la segunda y alrededor de 1400 la tercera), pero también por las hambrunas, la disminución de la natalidad, la migración masiva a Estados Unidos y las enfermedades: fiebre amarilla, tifo, tifoidea, sarampión, viruela y, desde luego, la pandemia de finales del 18.

El trabajo de Lourdes Márquez Morfín y América Molina del Villar (‘El otoño de 1918: las repercusiones de la pandemia de gripe en la Ciudad de México’, Desacatos, No. 32, [enero-abril, 2010]) ofrece datos, análisis y la textura social y política en que se desarrolló esa pandemia en la capital mexicana. El virus llegó de las ciudades del norte y de Veracruz –las zonas de contacto con el mundo externo por ferrocarril y barco-, las autoridades locales reaccionaron con lo que pudieron: ordenaron el cierre de escuelas, teatros y lugares de reunión, examinaron el estado de salud de los viajeros en las terminales de ferrocarril, recomendaron la cuarentena a los infectados y evitar saludos de manos y besos, limpiaron las calles, y habilitaron al Hospital General para atender a contagiados “menesterosos” hasta saturarlo, a ese y otros hospitales. En suma, la autoridad sanitaria local hizo un esfuerzo por detener la cadena del contagio y atender a los infectados. En los tres meses que duró la emergencia, una ciudad de poco más de 600 mil habitantes, registró 7,375 muertes por influenza. Otras ciudades, sobre todo en el norte, corrieron con igual o peor suerte. Al final, los infectados se contaron por centenas de miles y los muertos fueron muchos. Un ejemplo fue la Villa de Guadalupe; ahí la prensa reportó el contagio del 45% de sus 3 mil habitantes y calculó en 25 los decesos diarios en octubre.

La pandemia de hace un siglo, como la de ahora, no pudo ser prevista. En ambos casos la vacuna simplemente no existió como opción, sino apenas la organización de medidas de higiene y la atención posible de los afectados. En 1918 la tarea de organizar el aparato de salubridad recayó en los gobiernos locales, hoy la batuta la ha tomado el gobierno federal para implementar una coordinación nacional de una defensa que se empezó a construir en cuanto se supo del peligro. En 1918 el gobierno presidido por Carranza simplemente no tuvo que tomar en cuenta a la oposición organizada porque ya había sido destruida y la crítica de la prensa a las instituciones públicas se quedó a nivel local y no tuvo mayor efecto en la vida pública.

En México, la pandemia del 18 se desarrolló cuando un antiguo orden político acababa de ser reemplazado violentamente por otro. En contraste, la actual está teniendo lugar en el marco de una feroz pugna entre una vieja estructura de poder que se niega a desaparecer y un gobierno que busca rehacer la vida pública mexicana. Sin que nadie se lo propusiera, hoy el Covid-19 es un factor –un actor- central en el drama político mexicano y de otros países. ¿Quién iba a suponer que parte del futuro mexicano lo iba a determinar un virus que apenas mide la décima parte de una milésima de milímetro? En política y desde siempre, la sorpresa es rutina.

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Lorenzo Meyer

Déficit de empatía en las élites

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Déficit de empatía en las élites

En esta coyuntura, Joaquín Estefanía, periodista y exdirector de un diario español, considera útil recurrir a visiones críticas del arreglo social como la de Christopher Lasch –un historiador norteamericano de finales del siglo pasado- y poner de cabeza a José Ortega y Gasset (‘El País’, [15/05/20]). Hoy tiene poco sentido preocuparse por ‘La rebelión de las masas’ (1929) que tanto inquietó al pensador madrileño y a los elitistas de su época. Lo que hoy ofende es lo que Lasch analizó en su último libro: “La rebelión de las élites y la traición a la democracia”, (‘The revolt of the elites and the betrayal of democracy’, NY, Norton, 1995).

Si a Ortega le alarmó la creciente mediocridad moral e intelectual del “hombre masa”, a Lasch le perturbó la conducta de “los que mandan” (concepto de José Luis de Imaz), de las élites meritocráticas, globalizadas, desnacionalizadas –consideran que su patria es el mundo, no un país-, separadas física, política y anímicamente de las formas de vida y preocupaciones de la mayoría de sus connacionales. Esas élites están conformadas por los dueños del gran capital y por quienes surgieron de las clases medias, vía las universidades locales e internacionales también de élite, e ingresaron al círculo de los managers, de la tecnocracia pública y privada y de los intelectuales “de alto rendimiento”, todos identificados con los intereses, formas de vida y visión de mundo de los concentradores de la riqueza.

Para las élites que Lasch fustiga, pareciera que las demandas de las clases mayoritarias no son problemas para resolver sino algo que hay que administrar pero sin que absorban muchos recursos ni colapsen estructuras estatales. Desde esa perspectiva el Estado no necesita invertir demasiado en bienes públicos sino dirigir parte de las demandas a la esfera del mercado. Después de todo, la salud de la élite ya está cuidada por la medicina privada de alta calidad, la educación ya corre a cargo de las escuelas y universidades privadas y la residencia familiar está protegida con sistemas de seguridad privada. De ahí, el interés e insistencia de los grupos que controlan (o controlaban) la actividad económica, la maquinaria del gobierno y la elaboración de teorías, en mantener los impuestos bajos y reducir la acción del gobierno en la esfera económica y en los servicios públicos

La crisis actual de la salud pública es un ejemplo de lo anterior. En México, como en otros países, se dejó deteriorar el sistema de salud a cargo del Estado. Antes de que nos sorprendiera el ataque feroz del SARS-CoV-2 pero cuan do ya había ocurrido la epidemia de influenza A (H1N1), un médico que sabía bien de lo que hablaba y en referencia a una de las grandes cadenas de farmacias con consultorio al lado, advirtió con resignación e indignación: “ese es hoy nuestro verdadero sistema nacional de salud: por cuarenta pesos y sin cita ni burocratismo, un médico mal pagado pero educado en una universidad pública y con poco futuro, te ausculta y te extiende una receta que surtes ahí mismo y de inmediato… si tienes dinero: un sistema barato pero muy limitado e injusto”.

La pandemia del Covid-19 ha dejado perfectamente claras las limitaciones del peculiar sistema de salud mexicano y, también, que no hay alternativa a uno público, bien financiado y administrado, con personal profesional preparado, remunerado adecuadamente y dispuesto a ganarse la confianza y respeto de la ciudadanía. La emergencia también ha hecho evidente que en México la obesidad y sus múltiples consecuencias están ligadas a la abdicación del Estado, y desde hace mucho, de su papel de custodio de la salud pública. Una abdicación descarada en favor de la poderosa industria alimentaria y refresquera que ha impuesto sus intereses por sobre la salud colectiva.

En México, las élites antiestatales pero gobernantes, tan globalizantes como irresponsables y encubridoras de la corrupción a gran escala, perdieron mucho terreno en la elección de 2018. Castigadas en las urnas, hoy se muestran resentidas, agresivas y dispuestas a recuperar las posiciones perdidas. Sin embargo, el resultado de décadas de su gestión está marcado por lo que Lasch calificó como una traición a la democracia real, la inclusiva.

La dramática emergencia generada por un virus, ha dejado en claro que el grueso de la élite marginada por el voto del 18, tiene un historial irredimible de falta de honestidad e identidad con las necesidades y aspiraciones de la mayoría nacional. Si volvieran a mandar, no retornaríamos al pasado sino a un callejón sin salida.

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Lorenzo Meyer

Los esenciales

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Los esenciales

La pandemia provocada por el feroz ataque del SARS-Cov-2 está sacudiendo estructuras políticas, económicas y sociales. Difícil saber qué tan profundos y duraderos serán los cambios que provoquen y hasta qué punto el estatus quo volverá a imponerse.

En el último siglo los arreglos que han dado forma al sistema de poder social de México se han visto desafiados por fenómenos como el cardenismo, el movimiento del 68 o por la apertura de la economía y la globalización, pero finalmente el corazón de ese arreglo de clase sigue operando. La pandemia actual dejará huella, pero ¿qué tan profunda? La coyuntura debería llevarnos, como conjunto nacional, a rediseñar el sistema de salud y el de educación y, sobre todo, la contrahecha estructura social. La “nueva normalidad” debería ser no un remiendo de los defectos estructurales que el virus ha puesto en evidencia sino su superación.

Al ordenarse las cuarentenas de poblaciones completas en China y luego en otros países de Asia, Oceanía, Europa y América, surgió el concepto de los “no confinables”. Por un lado, aquellos que simplemente no tienen donde confinarse –los pobres entre los pobres- o los que por vivir al día no pueden modificar sus actividades cotidianas -generalmente trabajadores informales. Por otro, aquellos que la propia sociedad les obliga a laborar por ser “imprescindibles”: los trabajadores del sector salud, los que producen, procesan y distribuyen alimentos y medicamentos, los transportistas, los encargados de la seguridad, de compleja red de servicios municipales o bancarios y un largo etcétera.

Un ejemplo concreto y extremo de personas que prácticamente de un día para otro el Covid-19 transformó de marginales, ilegales e incluso peligrosos en imprescindibles es el que presenta Alfredo Corchado, un periodista norteamericano con raíces mexicanas, en una columna del ‘ The New York Times’, (06/05/20) titulada ‘A former farmworker on American hypocrisy’. Este ejemplo de la centralidad de un grupo cuya importancia buena parte de esa sociedad se niega a reconocer, pero que el coronavirus puso en evidencia, es norteamericano, pero en México podríamos encontrar equivalentes.

Su argumento central es que en vísperas de la pandemia el grueso de los trabajadores sin documentos empleados en las duras labores de los campos agrícolas de California –mexicanos en su mayoría- viven bajo la constante amenaza de ser descubiertos y deportados por “la migra”. Los padres del periodista y él, sus hermanos y primos cuando niños, vivieron esa experiencia. En su caso, el propietario de los plantíos, también de origen mexicano, trató de protegerlos, entre otras cosas, porque no encontró –y sigue sin encontrar- a ciudadanos norteamericanos que pudieran y quisieran remplazarlos.

Al llegar la etapa del confinamiento masivo para controlar la expansión del SARS-Cov-2 en Estados Unidos ¿de quién dependía el abastecimiento a los supermercados de frutas, legumbres y otros alimentos? pues en buena medida del trabajo duro, ininterrumpido y mal remunerado de miles de indocumentados, (ellos representan entre el 50% y 75% de la mano de obra empleada en ese sector). Para permitir que en la emergencia estos trabajadores “esenciales”, por insustituibles, no interrumpan su labor, hoy portan un documento formalmente avalado por el Departamento de la ‘Homeland Security’ que los transforma de indocumentados en “elementos de importancia crítica en la cadena alimentaria [de Estados Unidos]” ¡Vaya vuelco el que impulsó el virus!

Es claro y ellos están conscientes, que cuando pase la emergencia el estatus de trabajadores agrícolas indocumentados puede volver a ser el de antes, como sucedió con los trabajadores mexicanos expulsados en los 1930, luego aceptados por el ‘Programa Bracero’ como resultado de la emergencia creada por la II Guerra Mundial y vueltos a rechazar pasado el apremio hasta llegar a ser señalados como “un peligro para Estados Unidos” (Trump dixit), lo que no impidió seguirlos aprovechando como fuerza de trabajo barata.

Hoy Alfredo Corchado es ciudadano norteamericano y entre sus familiares hay un abogado, un educador y un proctólogo. Ellos, por su empeño y esfuerzo ya dejaron las filas de los “esenciales” pero indeseables. Otros mexicanos les han sustituido. La pandemia debiera llevar a reconocer el papel clave de esos trabajadores en la seguridad nacional alimentaria norteamericana.

Igual que allende el Bravo, en México la actividad de la gama de “esenciales” con poco o ningún reconocimiento es fundamental. Parte central de la “nueva normalidad” debería ser empezar a reivindicarlos social y económicamente.

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Lorenzo Meyer

Que el futuro no sea lo que era

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Que el futuro no sea lo que era

Las grandes epidemias tienen la posibilidad de ser coyunturas que rompen inercias; eventos mayúsculos e inesperados que modifican elementos centrales de las estructuras económicas, políticas y culturales de las sociedades que afectan. Un ejemplo al que se recurre con frecuencia es la “peste negra” que azotó a parte de Asia y a casi toda Europa a mediados del siglo XIV. Esa epidemia despobló los campos y la escasez de mano de obra obligó a la parte occidental de ese continente a modificar la relación entre siervos y señores, abriendo paso al capitalismo, especialmente en Inglaterra.

Otro ejemplo es la epidemia de influenza de 1918. Pareciera que esa epidemia segó la vida de millones pero no tuvo grandes efectos políticos, económicos y sociales porque coincidió con otro gran evento que sí los tuvo: la Gran Guerra de 1914-1918.

Antes de que tuviera lugar el sorpresivo salto del SARS-CoV-2 de los animales a los humanos, había una gama de visiones del futuro en cada país y, aunque más nebuloso, a nivel global. Sin embargo, con la pandemia empiezan a surgir interrogantes y la posibilidad y conveniencia de modificar los futuros imaginados a la luz de las debilidades de las estructuras expuestas por el ataque del virus. Aunque muchos hoy se muestran deseosos o resignados del retorno al status quo ante (77% en Estados Unidos), hay voces que advierten o desean que la coyuntura actual sirva para identificar y enfrentar las fallas en las estructuras

institucionales de sociedades nacionales y del sistema mundial mismo, para que el futuro ya no sea como era antes de enero de 2020.

Esta pandemia ha cobrado pocas vidas, pero su carácter ha sido genuinamente global y ha afectado a todos los sistemas económicos. El FMI calcula que este año la caída del PIB mundial será del 3%, pero en ciertos países y regiones, como en el caso de México o de la Unión Europea, el porcentaje se duplicará e incluso en Inglaterra se quintuplicará. Respecto a nuestro principal mercado externo, Estados Unidos, la caída será del 4% (‘El País’, 14/04/20).

Sin embargo, no es a nivel de la macroeconomía donde se experimentarán las peores consecuencias —hasta ahora, las bolsas de valores no han sido afectadas—, sino en las capas de la población con menos ingresos: los que han quedado desempleados y sin recursos, las minorías étnicas o las micro y pequeñas empresas que ya no podrán reabrir cuando retorne la nueva normalidad. En México, la tasa oficial de desempleo no mide el verdadero fenómeno (aquí, si una persona ha trabajado al menos una hora por semana, ya cuenta como empleada), pero en Estados Unidos, con datos más realistas se calcula que los sin trabajo pasarán de 3.5% a finales de 2019 al 16 o 20% (33 millones).

La pandemia está reafirmando una realidad: es a los pobres a los que el coronavirus afecta y afectará de manera desproporcionada, y lo mismo en sociedades ricas como Estados Unidos o Inglaterra que en países como el nuestro. Y esa desigualdad frente a la desgracia, socavará aún más la legitimidad de aquellos sistemas que en los últimos tiempos han propiciado que la disparidad mantenga niveles incompatibles con un mínimo sentido de lo socialmente justo: hoy el 1% de la población mundial controla el 50% de la riqueza global.

La pandemia y el confinamiento de millones ha hecho más evidente que en tiempos normales, que el funcionamiento cotidiano de las sociedades depende, sobre todo, de los llamados trabajadores esenciales. Y que los imprescindibles, en todo momento, no son ni los dueños de la riqueza ni los que viven en su entorno y lo que Thorstein Veblen estudió en su Teoría de la clase ociosa (1899), sino los médicos, enfermeras, los que siembran, cosechan y procesan los alimentos, los transportistas, los mensajeros, repartidores, quienes mantienen los servicios municipales, los tenderos y trabajadores de supermercados, los empleados bancarios, etcétera.

La pandemia está mostrando que en situaciones críticas no es el mercado quien mejor asigna los recursos –siempre escasos- para responder a las demandas del conjunto social, especialmente en aquellas naciones con grandes desequilibrios de clase, como la nuestra, que también se necesita un Estado capaz de administrar con visión de conjunto, intereses y demandas inevitablemente en pugna.

Finalmente, sería de desear que, tras la epidemia, logremos que el futuro no sea mera prolongación del pasado inmediato, sino algo menos desequilibrado, más justo, que incorpore positivamente las lecciones de nuestras fallas durante la emergencia.

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