“Lástima que esta vez sólo cuento con 60 mil pesos para mi regalo de cumpleaños”, dice Roberto mientras observa una motocicleta que cuesta más de 100 mil.

Oscar tiene 32 años de edad. Sigue dudando casarse con Erika: “No estoy seguro que el matrimonio sea para mí, quita mucha libertad y todavía me quedan muchas cosas divertidas por vivir”.

Alberto es un profesionista recién titulado. Mientras consigue trabajo pasa los días frente a la computadora y la TV. Su única actividad fija consiste en levantarse de la cama para que su mamá la tienda. Su padre está a punto de regalarle un auto “para que pueda asistir puntualmente a las entrevistas de trabajo”, así como la nueva videoconsola con los respectivos videojuegos que Alberto le ha pedido.

Rocío y Miguel se han divorciado después de dos años de matrimonio. Las razones: a él no le gusta tener que informarle de sus movimientos y ella extraña los detalles del noviazgo.

Esta es una nueva generación de adultos que se niegan a crecer, alargan la adolescencia y postergan su independencia mientras continúan viviendo con sus padres.

Son muy apreciados por el mercado porque la mayoría de ellos cuentan con suficiente dinero para comprar lo que desean. Tienen alma de niño y billetera de adulto.

Los adultescentes retozan en el paraíso familiar. Son reyes en casa ajena. Viven a la sombra de los padres bebiendo de su sabia porque temen convertirse en árboles frondosos y maduros que den sombra a los demás.

¿Por qué esta nueva generación de adolescentes eternos? El psicólogo y especialista en jóvenes, Gabriel Sedler, lo explica de la siguiente manera: “Montados sobre el discurso de la crisis económica y la falta de inserción laboral, se suman otros motivos: irresponsabilidad, padres sobreprotectores y un ambiente de crecimiento con demasiadas libertades y ningún tipo de exigencias”.

La mayoría de los adultescentes se encuentran entre los 25 y 35 años, son profesionistas de clase socioeconómica media y alta, casi todos tienen trabajo. Llegan a gastar en ellos mismos hasta el 80 por ciento de su sueldo en ropa de marca, viajes, gadgets, autos, juguetes y productos creados especialmente para estos adultos-niños… También les asusta mucho el compromiso.

“Quisiera ser bebé otra vez”, me dijo mi hijo cuando tenía ocho años. “¿Para qué?”, le pregunté. “Para no tener que ir a la escuela ni hacer tareas… pero quisiera poder hacer lo que hago hoy: jugar mucho con mis amigos”.

Tal argumento resulta jocoso y hasta tierno en boca de un niño: divertirse todo el tiempo sin asumir responsabilidades. Pero en boca de un treintañero suena irresponsable y peligroso. Porque si ellos no crecen, la sociedad tampoco.

Y en una sociedad que se niega a crecer nadie asume funciones ni responsabilidades, todos confunden deseos con derechos y se desentienden del otro; su energía, dinero y expectativas lo invierten en el inútil intento de detener el tiempo en sus vidas (cirugías, psicofármacos, consumo desenfrenado, superficialidad en las relaciones) olvidándose de todo lo demás; no hay líderes sapientes, tampoco proyectos ni visión trascendente, parafraseando al crítico analista de las problemáticas cotidianas, Sergio Sinay.

En una sociedad así la convivencia no es posible, la vida no se puede sostener y los niños y las niñas no pueden crecer. Porque para poder hacerlo alguien debe ser adulto.

Que cada quien viva a plenitud la etapa que le corresponde para que la existencia tenga sentido.